CRÍTICA DE CINE
'Citadel' (Ciaran Foy. Irlanda, 2012. 84 minutos)
A cuentagotas se deja caer el cine llegado de Irlanda. Más bien, se refugia en festivales especializados. Es llamativo, en ese sentido, tanto en calidad como en cantidad, el nivel de producción en el área de los cortometrajes. Y a las ya consabidas referencias, tanto en el plano autoral (Martin McDonagh, Jon Wright) como en el interpretativo (Blendan Glesson, Colin Farrell), se añade un repunte en el cine de autor centrado en el terror de raíces sociales. En esa área se inscribe ‘Citadel’, película dinámica y oscura desde la primera –y poderosísima- secuencia. Explora Ciaran Foy diferentes capas de terror contemporáneo: el miedo a lo desconocido se cruza con las heridas y traumas que no cicatrizan y termina fundiéndose con los gritos a la nada de los olvidados. A ese último punto se agarra ‘Citadel’ para diferenciarse de otras propuestas al uso. Foy pone nombre a ese pánico, lo encapucha, oscurece –la luz como refugio de esperanza no existe- y refleja mediante un ejercicio de estilo a veces demasiado obvio centrado en última instancia en qué pasa cuando a una persona desde que nace se le niegan todas las oportunidades de acercarse a una vida mínimamente digna.
Los protagonistas de Citadel son una pareja de jóvenes de clase media-baja. Presente gris y futuro imposible, como tantas. Tras sufrir un grave percance, el chico (Aneurin Barnard, capaz de aprehender todos los matices de una persona traumatizada) queda al cuidado de su hijo recién nacido. Solo y en medio de un ambiente suburbial y vacío se desatará el peor de sus temores: perder lo único a lo que agarrarse, su descendencia. ‘Citadel’ se mueve así de forma convulsa, al ritmo desequilibrado de su protagonista, envuelto en una pesadilla entre la realidad y la locura. Es un realismo casi documental, sin que sorprenda el viraje hacia lo fantástico que emprende en su recta final. No es brusco, ya deja pistas gracias a la desubicación de ciertos personajes secundarios –el religioso-, aunque se le puede reprochar el acusado tono de denuncia social, sin preguntas ni respuestas previas, que deja flotando en el aire tras su resolución.
Queda claro que al director no le bastaba la creación de unas criaturas casi hermanadas -menor apetito el suyo- con las mostradas por Neil Marshall en la fetén ‘The descent’. Quería algo más y lo deja patente al atar todos los cabos de una historia que, viendo la suciedad de sus escenarios y la falta de luz de cada fotograma, ya dejaba todo amarrado de forma concisa.
RAFAEL GONZÁLEZ






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