'HOUSE OF CARDS'. El dulce aroma de las alcantarillas



CRÍTICA DE SERIE

'House of cards' (Netflix, 2013. 1ª Temporada)

El poder hace latir ‘House of cards’. Es el efecto que produce tanto el poseerlo como el desearlo. Modifica a las personas, altera la escala de valores y arrincona la ética, si todavía queda alguien que sepa qué significa. Y aunque la nueva serie de Netflix, basada en una producción de la BBC, se mueva por las altas esferas, todo lo que muestra es extrapolable a hasta el más pequeño de los contextos laborales. Es complicado abstraerse y no relacionar con situaciones reales las zancadillas, la red de intereses, la hipocresía y el cinismo que humedece la atmósfera de ‘House of cards’, semillero de ambiciones desmedidas. Ahí reside una de las mayores virtudes de esta lujosa producción: refleja las miserias de abajo radiografiando las de arriba, Washington, el Capitolio, esos metros cuadrados en los que se decide el porvenir de  tantas cosas.

No hay un solo personaje que no esté invitado a este baile de ambiciones y que se salve de la quema. Y si lo hay, se le tachará rápido de ingenuo, de mero instrumento accesorio. Aunque lo parezca, House of cards no empieza ni acaba en ese maquiavélico matrimonio formado por Frank (Kevin Spacey) y Claire (Robin Wright). Esta pareja de perros de presa forma el más temible tándem que se haya proyectado en la pantalla en mucho tiempo. Viven el uno para el otro. Se apoyan a muerte, unen fuerzas para sacar adelante sus proyectos. Sin secretos ni nada que les detenga. Una maquinaria perfecta a la que le falta dar el último paso. Es, sin embargo, cuando empiezan a asomar las primeras grietas en ese iceberg cuando estos personajes alcanzan su grandeza. No son indestructibles y lo mejor es que ni siquiera se lo habían planteado, de ahí la rapidez con la que se ensancha el boquete conforme avanza la primera temporada y por el, se percibe, que todavía pasarán muchas toneladas de secretos la próxima temporada.  

Y si esta serie pasa ya por ser una de las grandes  es por, aparte de lo ya citado, exhibir una de las más fascinantes galerías de secundarios que se recuerda. El cartel tiene de todo, desde el atormentado congresista Peter Russo –su ‘rush’ final de campaña, culminado en el 1x11, sobrecoge- hasta Doug, la inquietante mano derecha de Frank. Hábilmente, ‘House of cards’ introduce junto a política otro tema para el debate, incluso con mayor solidez que la idealista ‘The Newsroom’. Muestra a través de una importante subtrama la decadencia y los últimos coletazos de un periodismo que muere (el de papel) y la pujanza del que está sacando la cabeza (el online). Lo hace a través de Zoe Barnes, joven periodista fuera de todo código ético con tal de hacer crecer sus estatus como la espuma. La  interpreta con convicción Kate Mara. En sus duelos iniciales con Janine, la veterana de redacción del ficticio Washington Herald que se ve desplazada ante la pujanza de la becaria, saltan chispas que después se apagarán debido a un giro de guion que se puede incliur entre lo poco que no convence.

A nivel formal es mucho lo que ofrece ‘House of cards’. Se nota en el acabado la mano y ojo de David Fincher, productor y director de algunos episodios. La textura de colores, tan grisácea, es especialmente llamativa. Hay que decir, por otro lado, que no termina de resultar comprensible, ese recurso teatral que emplea el protagonista ocasionalmente a la cámara y dirigirse al espectador. Rompe la cuarta pared y sitúa lo que sucede en otro piso. Es un recurso que no termina de ser consecuente o al menos no se le saca el partido requerido. La mayoría de veces la información aportada solo subraya lo ya sabido.

Al terminar de ver la primera temporada de ‘House of cards’ retumba aquella frase que escuchó Pilar Miró al poco de acceder a la dirección de RTVE. Le decían que debía ser consciente de que esa decisión la convertiría en “criada con órdenes de acicalar una de las cloacas de Moncloa, tal vez la más sucia”. Se hablaba de vender el alma al diablo, de poder, de esos principios que tanto faltan en el aquí y ahora y que, sin embargo, tanto juego han dado, y darán, en esta serie apta incluso para aquellos que abominen del repertorio de producciones relacionadas con la política.

RAFAEL GONZÁLEZ

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