CRÍTICA DE CINE
'15 años y un día' (Gracia Querejeta. España, 2013. 96 minutos)
Que ’15 años y un día’ haya acaparado los galardones del último Festival de Cine de Málaga no deja en demasiado buen lugar al palmarés del evento. La nueva película de Gracia Querejeta es un trabajo pulcro y correcto, dirigido con solidez y una cámara discreta, como es habitual en la cineasta, escoltada por un grupo de actores solventes. Todo firme y perfectamente atado en otra historia convencional de sentimientos, relaciones familiares complicadas, cicatrices del pasado sin cerrar y que busca oler y saber a realidad. Querejeta despacha así con profesionalidad y buen hacer una producción que se queda corta para lo que realmente cuenta y cómo quiere plasmarlo.
Como ya es una constante en su filmografía, ‘15 años y un día’ sigue la misma línea ya fijada y se cuelga sin esconderse la tan denostada etiqueta de cine social. En esta ocasión el guión presenta a un adolescente algo más que respondón y a un abuelo de vuelta de todo, pareja condenada al no entendimiento. Personajes reconocibles, como la mayoría de secundarios, y cuyo trabajo en general, añadido a una música por encima de la media y a una dirección seria –la apuesta por los primeros planos es manifiesta-, parecían llevar al largometraje hacia el notable. La nota al final no solo baja, sino que se despeña tras el estrepitoso desenlace, una catarata de desaciertos que sirve que para dejar al descubierto otras grietas de la producción. Al igual que pasara con ‘Siete mesas de billar francés’, se percibe en los diálogos la intención, especialmente en los de los jóvenes, de reproducir la jerga de la calle. En ocasiones es tal la torpeza a la hora de recrearlo que lleva a recordar a aquellas poetisas de la calle alejadas de todo realismo de Fernando León de Aranoa. Aparecen especialmente desenfocadas las líneas de diálogo de la joven peluquera con problemas de memoria.
Apuntes al margen, este drama plantea una vez más el eterno conflicto entre jóvenes y mayores. Eso en un principio, porque después le pierde la ambición y se introduce en temas más espinosos para los que no estaba preparada, como el suicido y la homosexualidad. Siembra por el camino, no obstante, notables hallazgos, como ese Tito Valverde ex militar al que se le ha hecho envejecer con cierta premura y la arrogancia vívida de Arón Piper, rebelde sin o con causa. Gustará, en definitiva, al aficionado a ese cine social, a ratos cargante, que cautivara a crítica y público a principios del siglo XX, y dejará indiferente, como poco, a aquel que, no sin cierta razón, salga del cine y la introduzca en el cajón de “la típica película del cine español”.
RAFAEL GONZÁLEZ







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