'LOBEZNO INMORTAL'. Garras del más allá


CRÍTICA DE CINE

'Lobezno inmortal' (James Mangold. Estados Unidos, 2013. 126 minutos)

El primer acierto que tiene el regreso de Lobezno es el de no continuar la acción de su anterior y decepcionante parte, ‘Lobezno’, sino que da un salto y se coloca tras la tercera entrega de  X-Men. Todas las referencias son llevables para un público ajeno al mundo de los mutantes. ‘Lobezno inmortal’ se adentra en la lucha de un Logan que vive en una cueva para esconderse de quién es, emulando a Zaratustra en lo alto de la montaña acosado por los recuerdos envueltos en pesadillas.

La llegada de las evocaciones del pasado con las claras imágenes de lo acontecido en Hiroshima le llevan a acudir a Japón a despedirse del hombre al que salvó la vida y que le ofrece la solución a la inmortalidad para poderse reunir con sus amores pasados. Todo es demasiado previsible en cuanto al truco del engaño y saber que hay trampa. Es lógico, es una película de superhéroes.  Lo acontecido por Nolan y su trilogía de Batman ha conseguido que este tipo de películas se tomen algo más en serio y el peregrinaje emocional tome más relevancia que el de las sucesivas luchas. De la noche a la mañana, intentando cumplir una promesa, Logan se enfrenta a los Yakuza –brutal escena de pelea en lo alto de un tren a 500 kilómetros por hora-. Al combinar hábilmente el mundo onírico con el del deseo, el presente y las pesadillas, Lobezno está herido y sus heridas, al igual que las de su alma, tardan más en cicatrizar. El regreso a la mortalidad y el miedo por perder a los seres que está aprendiendo a querer hacen que Lobezno añore esa inmortalidad que ahora parece haber sido vulnerada.

Evidentemente hay otro mutante que se entromete en el aprendizaje emocional de Logan y su bella compañera nipona. El antagonista sale en las dosis justas para no entorpecer demasiado la trama. Lobezno tarda en reconocerse y en tener claro cuál es su lugar. La lucha por el poder, el desarraigo familiar,  la tradición y la falta de lealtad combinan correctamente con ese Lobezno que despierta de su letargo. La dirección de James Mangold es muy habilidosa y el modo de emplear los efectos es muy interesante. El guion se ha trabajado correctamente y el centrarse en todos los miedos del aparentemente inmortal Logan ofrece el cariz necesario para que la película, en su ritmo pausado, consiga captar el interés del espectador.

Ya consiguieron los japoneses tener presencia en los grandes personajes de las megaproducciones –como con James Bond en ‘Solo se vive dos veces’- y con Lobezno no iban a ser menos. La película tiene momentos exóticos destacables y la banda sonora se ajusta con destreza en un montaje hábil y generoso en las escenas de lucha.

El último tramo de la película, aparte de predecible, se convierte en un guiño a  lo que se espera de una película de estas características. La atención decae y se asiste a un final que no podría ser otro. Resulta fundamental quedarse a los créditos  por unas imágenes que acontecen dos años después de lo sucedido en la película y que abren la puerta a nuevas producciones. Veremos lo que ocurre con ellas, enunciadas quedan.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'LO ÚNICO QUE NECESITA UNA GRAN ACTRIZ...'. Vaca 35 Teatro en Grupo



CRÍTICA DE TEATRO

'Lo único que necesita una gran actriz es una gran obra y las ganas de triunfar'
Dramaturgia: Versión a partir de 'Las criadas' de Jean Genet
Compañía: Vaca 35 Teatro en Grupo
Dirección: Damián Cervantes
Escenario: Matadero (Madrid). Festival Fringe Madrid 2013

¡CABRONCÍSIMAS!
 
Un chupito de aguardiente, un sótano inmundo, un escenario exiguo, una fregona, unos zapatos colgados, una mujer pequeña y otra gigante, un autor maldito en sus bocas, la sombra de un asesinato, la transmutación continua entre dueña y criada y la paradoja de siempre, ¿por qué no rebelarse ante tu condición de esclavo?
 
Así podría terminar tranquilamente la reseña de esta adaptación de 'Las Criadas' de Genet, recién llegada de México al Festival Fringe 2013 de Madrid, si no fuera porque el aguardiente, la bebida de los obreros en buena parte del mundo, era bueno, y porque el sótano estaba creado en un minúsculo espacio del gigantesco Matadero de Madrid consiguiendo un encajonamiento de los asistentes -no más de veinte por función- que te obligaba a sentir en la piel nuestras limitadas colmenas urbanitas. Si no fuera porque una de las criadas, Solange, era la mujer más bella del mundo y la otra, la hermana Claire, la más gorda del universo, terminaría la crítica ya. Si no fuera, a la vez, porque ambas son actrices que buscan en el teatro una expiación, una solución a su explotación laboral sin pasar por el crimen que sí plantea explícitamente Genet en el original. Si no se mezclara tanto en ellas el amor y el odio. Si no preparasen la cena  -huevos revueltos con mendrugos de pan, a bocados– en escena. Si no fueran tan tiernas y tan monstruosas a la vez. Quizá si no hubieran venido de Mexico, terminaría la crítica con gusto allí donde las imagenes están acostumbradas a mutar, de la vida a la muerte,  de la Catrina a la Guadalupe, de ritual en ritual, entre el cielo y la tierra.
 
El equipo de Vaca 35 Teatro en Grupo realiza un trabajo riguroso en torno a la idea primitiva de Genet de relativizar el mal, de implicarse en las causas que lo motivan. A través de una escenografía sencilla y coherente con el mundo de las criadas, llena de útiles laborales - el contrapunto  lo ponen unos zapatos de baile que cuelgan, como los sueños cuelgan en nuestras paredes de adolescentes -, la obra avanza sin tapujos por el imaginario de Claire y Solange, convirtiendo su cotidianeidad en un rebujo de anhelos y  rituales que andan entre la ficción y la realidad, desde la necesidad de comer a la necesidad de bailar, del querer lavar sus cuerpos a la necesidad de narrar un cuento antes de dormir. 
 
Reza el programa de mano una frase del pintor mexicano Siqueiros: “Todo cuánto he hecho revela necesidad de ritmo, de simbolismo y de composición”. Una declaración de principios que estos talentosos teatreros mexicanos trasladan a su montaje con precisión, buscando la cercanía física con el espectador, ese que tanto se queja a veces de lo que ve cuando no se siente esclavo.
 
FRANCISCO VALERO

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'AHORA ME VES'. Palomitas y Magia Borrás



CRÍTICA DE CINE

'Ahora me ves' (Louis Leterrier. Estados Unidos, 2013. 115 minutos)

Este producto simpático y veraniego no aporta nada nuevo ni gozoso al  amplio mundo  de las películas sobre magos. Toda la historia está construida bajo las evidentes premisas de entretener a cualquier precio. No hay ningún elemento del llamado ‘taquillazo’ que falte en los ingredientes: persecuciones, intrigas, tensión sexual, patochadas, risas, previsibilidad, personajes arquetipo… y si a esto se le añade la magia, el resultado final parece ofrecer algo aparentemente nuevo y llamativo. 

La primera hora de película está bien planteada. La magia, los trucos y los atracos tienen el ingenio y el atractivo de lo aparentemente desconocido. Las idas y venidas de los cuatro magos capitaneados por una figura enigmática –que si se está un poco atento se descubre en la primera secuencia- captan la atención de un espectador que comparte ese anhelo de enriquecerse a base de bancos o estafadores. Ninguno de los personajes  desprende carisma –el que menos, un previsible Jesse Einsenberg, que se interpreta a sí mismo con una sobreactuación que da absoluta pena- porque son prototipos desdibujados, que salvo el polifacético Woody Harrelson, se quedan en nada más que comparsas.

Toda la historia tiene un eco de venganza que queda patente en un acontecimiento del pasado y que por si el espectador más despistado no se hubiese percatado, está narrado  de diferentes maneras –todas  misteriosas y mágicas-. No se trata de ser complejos ni de despistar. Las pistas no se esconden y el atributo de la magia proporciona esa dosis de entretenimiento que camufla una historia tan repetida como exitosa.  Las trampas-trucos que ofrece la película son tantos que poco importan. Evidentemente su único fin es despistar al espectador. El elemento de thriller encierra otro truco más, al igual que el personaje de Morgan Freeman, pero esto es más previsible.

Tras un planteamiento que consigue captar la atención, llega el momento de dejar patente ese gran presupuesto. Los planos desde helicópteros, persecuciones, viajes, engaños, trucos, más trucos, trampas, más helicópteros, más persecuciones, más accidentes, más trampas… consiguen que la dirección de Lois Leterrier –cuya mejor película por el momento es ‘Hulk 2’- se vuelva farragosa y mareante. Se dan tantas vueltas a las posibles soluciones que el final parece sacado de la manga para ofrecer el truco final, aquel que posiblemente ni el propio equipo conocía.

‘Ahora me ves’ combina esos elementos de entretenimiento veraniego y que no van más allá de lo que ofrece una megaproducción con conejos que salen de chisteras y de bancos que se roban mediante trucos. La mezcla conseguirá que la recaudación sea tan gozosa como un sueño. Y todo a través de la magia del engaño.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'LA INVENCIÓN DEL AMOR'. José Ovejero




CRÍTICA LITERARIA

'La invención del amor'
Autor: José Ovejero
Editorial: Alfaguara
Páginas: 242
Año: 2013


AÑORAR LO QUE JAMÁS SE TUVO

El  paso firme con el que avanza José Ovejero por la narrativa ha tenido su  recompensa –una más en su carrera- con el Premio Alfaguara de Novela. Es cierto que Ovejero va creando su propia voz, aunque no está de más decir que en ‘La invención del amor’ hay ecos del  Javier Marías de ‘Mañana en la batalla piensa en mí’; no solo con algún elemento común en el argumento, sino también en el tono de la propia narración.

El autor juega con la máxima de que ‘el mayor enemigo de la felicidad no es el dolor, es el miedo’ y por medio de una escalofriante coincidencia, el protagonista decide aventurarse en un pasado que no es el suyo. Por medio de reflexiones certeras, la trama es conducida de modo notable por los recovecos de un dolor que se alía con las coincidencias del secreto, formando unos condicionantes indispensables para que la historia avance sin cautela.
 
El estilo cuidado que emplea Ovejero –en ocasiones el protagonista parece una firme representación del solipsismo- es ameno y su conducción en las transiciones es hábil. Es consciente de que algunos diálogos son demasiado poco reales, y el propio ‘yo’ que narra la historia lo reconoce y lo achaca a su propia sintaxis.  La trama se sigue con interés y curiosidad por esa vida tan aparentemente vacía que lleva un protagonista que se acerca en ocasiones a ser un huraño camuflado. Necesita un cambio y la mentira le da ese refugio. ¿Hasta dónde puedes suplantar a un ser que existe y con el que solo coincides en el nombre? La muerte en esta ocasión, en la figura de la enigmática Clara, se alía con él y con unos recuerdos que finge a través de una fotografía robada. Los paralelismos y el talento de Ovejero logran camuflar posibles puntos suspensivos de un argumento que se extiende demasiado. La lectura nunca es pesada, pero un cierto punto de previsibilidad recorre el último tercio de la novela. Se podría haber prescindido de ciertas acciones que no aportan, restan. El protagonista juega en un vacío que es atractivo porque ese aparente amor a unos rasgos y a unos recuerdos asociados a un ser que no tuvo  comienzan a avanzar para así cobrar forma en el cuerpo de la hermana de la fallecida. Este aspecto tiene un punto morboso, que Ovejero recrea con acierto y sutileza para que la historia no se vea entorpecida por esa alianza de coincidencias.  Otra cosa son los personajes más desdibujados, como el marido de Clara, que poco ofrece, al igual que al personaje que el protagonista suplanta. Evidentemente su existencia tiene una justificación, eso no evita que  ralenticen el buen ritmo de la narración.

Pese a ese último tramo de la novela, ‘La invención del amor’ es un texto notable que no sería extraño que fuese llevado a la gran pantalla, porque se mire por dónde se mire, es un thriller sobre el sentir que no se sintió pero que se siente.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'LAS LÁGRIMAS DE SAN LORENZO'. Julio Llamazares




CRÍTICA LITERARIA

'Las lágrimas de San Lorenzo'
Autor: Julio Llamazares
Editorial: Alfaguara
Páginas: 200
Año: 2013


MEMORIA Y DESENCANTO

En su regreso a la novela, Julio Llamazares ha elegido el terreno en el que mejor se desenvuelve: la  memoria evocadora con tintes melancólicos.  El peso de la ‘Lluvia amarilla’ es constante y el autor, bajo una prosa poética -sin llegar a Gabriel Miró-, desarrolla una historia repleta de añoranzas y lugares comunes en el acontecer de la vida de ese profesor que no ha dejado de dar tumbos por diferentes universidades  huyendo de sí mismo bajo la premisa de encontrarse.

Con el pretexto de asistir a la famosa lluvia de estrellas con su hijo de 12 años –fruto de una relación truncada-, el protagonista  comienza a enlazar aquella noche en la que contempló lo mismo con su padre. Esto le otorga al autor las argumentaciones suficientes para que recree lo que fueron instantes de su vida en los que llegó a pensar que se podía ser feliz. Quizá, casi como recurso borgiano, parece encontrarse consigo mismo en la figura de su hijo, que casi formula las mismas preguntas que él dirigió a su padre. Los ecos, las rupturas, los enamoramientos, las pasiones y las desgracias familiares sacuden un relato que no posee un interés lineal, sino que es más bien discontinuo. Hay cierta reiteración de acontecimientos que paralizan el desarrollo de la historia.

Ibiza es otro personaje más en la evocación de un pasado que a todas luces luce mejor. Lo observa con la certeza de saber que su propia vida es un fracaso tormentoso que le ha llevado a ser un hombre con recuerdos y que cada vez se detesta más. Las clases en las diferentes universidades no le han dejado más poso que el de la huida. El problema de la narración es lo intermitente que se presenta. Si bien hace una radiografía clara de quién fue este personaje, todo lo difumina esbozando algunas escenas que podrían tener más empaque –fundamentalmente sus relaciones- para combinarlo con otros momentos redundantes que poco pueden aportar.

Llamazares por momentos parece jugar en el territorio de la novela dentro de la novela, ese anhelo que el protagonista parece mostrar con contar aquella noche que vivió con su padre contemplando las lágrimas de San Lorenzo, pero este intento queda algo desdibujado o es posible que el autor se quite protagonismo y tenga que ser el lector el que lo juzgue. La lástima es que este juego, que podría haber enriquecido la trama, lo deja en un esbozo que no le da mucha cancha para ir más allá del aparente mundo cíclico que plantea.

El peso del tiempo que no regresa, la vejez y el desencanto de no llegar a ser nada de lo que quizá uno pensó, son las armas de un Llamazares que ha regresado a la novela con buenos momentos pero sin que los argumentos lleguen a ser ni tan contundentes ni tan evocadores como podrían haber sido en esta novela lírica.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'MONSTRUOS UNIVERSITY'. La importancia de fracasar



CRÍTICA DE CINE

'Monstruos University' (Dan Scanlon. Estados Unidos, 2013. 102 minutos)
 
Hasta en producciones que podrían pasar por rutinarias Pixar ofrece un extra. La compañía, es incuestionable, tiene chispa, desprende carisma, se sabe evadir de la rutina y se desvía de la línea recta en el instante propicio. Es lo que le ocurre a ‘Monstruos University’, precuela de una de las más reconocibles –e infravaloradas- películas de Pixar y que tras rozar en todo momento el notable un giro final la lleva a la excelencia por la valentía del planteamiento.
 
Ante los recortes en educación, aquí y allá, la productora estadounidense propone una vuelta a la universidad, una película de campus, tan poco entendidas generalmente fuera de sus fronteras. ‘Monsters University’ se erige, por encima de hermandades, clases magistrales y novatadas, como una reivindicación del valor de fracasar, sobre todo si se hace en compañía. No debe haber demasiadas películas de animación y que se dirijan a todos los segmentos del público en las que los protagonistas no cumplan sus sueños. O tal vez sí, eso ya se encargará de dirimirlo el espectador, puesto que Pixar deja de lado cualquier idea tendenciosa, edulcorada o manipuladora. Lo cierto es que nada brilla más en esta propuesta que la amistad a prueba de caídas, sueños rotos y proyectos frustrados, aquella que crece, y no solo a lo largo. Mejor a lo ancho. En una época en la que se ha hecho del amiguísimo y la mezquindad las vías más fáciles para prosperar –sobre todo si se habla de un entorno académico, como ocurre en ‘Monsters University’- que se muestre todo lo contrario con tal sencillez, sin necesidad de cortar cabezas ni hacer sangre, resulta una genialidad.
 
Sin tocar la categoría de obra maestra –la animación puede puede pasar por rutinaria dentro de un nivel ya de por si elevado-, Pixar cumple los mínimos y al final los supera con distancia. Gana al tópico de la superación y da vida a unos personajes increíbles que terminan resultando muy cercanos: ahí está lo que verdaderamente asusta de estos monstruos. La historia va creciendo conforme se aproxima al desenlace, saltando clichés –no sin esfuerzo- y proponiendo otra vez al espectador un interesante juego de referencias. Van desde la comedia de campus -‘Desmadre en la universidad’- o la aventura –‘Los juegos del hambre’- hasta el terror –‘Carrie’-. Incluso hay luz fuera de la estandarización en el diseños de personajes que podían haber salido de la febril imaginación de Tim Burton, como esa decana inclasificable. Aunque la mejor referencia que dejará será, sin duda, la idea del fracaso como valor formativo.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'DIARIO DE INVIERNO'. Paul Auster




CRÍTICA LITERARIA

'Diario de invierno'
Autor: Paul Auster
Editorial: Anagrama
Páginas: 248
Año: 2012


EL 'YO' EN SEGUNDA PERSONA

Desde la excelente ‘La noche del oráculo´, Paul Auster no había vuelto a escribir una novela que fuese redonda. Algunas lo conseguían por momentos, pero nunca mantenían esa pulsión necesaria para ser consideradas como algo más que textos de tránsito. Algo similar ocurría con su guion y película ‘La vida interior de Martin Frost’, en la que las buenas intenciones se quedaban ancladas en una notable primera parte.

Con ‘Diario de invierno’ regresa un gran Auster. Lo hace a modo de curiosa autobiografía. Buceando en ese 'yo' en segunda persona es cuando rescata a ese gran narrador que puede ser.  El 'yo' desde la distancia cobra un sentido preciso. El tiempo, aunque haya podido moldear algunos recuerdos, es manejado con soltura. El lector se siente guiado por los años del escritor; el desorden elegido al seleccionar los acontecimientos es una especie de orden preciso que guía sin despistar. Casi no se centra en el aspecto de su vida como narrador –hay apuntes, pero nunca excesivos- más bien lo hace en la configuración de su persona, en las circunstancias que le han llevado a ser quién es.

La narración no está exenta de humor y ternura. Auster ofrece su infancia, sus decepciones, amores, los de sus padres, los fracasos, el amor, la paternidad, el adiós, el regreso al sentir, su falta de esperanza y el tiempo como extraña catapulta que selecciona vivencias. Su etapa en Francia deja detalles muy divertidos como la discusión –con los judíos y su empatía de por medio- con una vecina en la que unas palabras exactas sirven para resolver un problema. 

Todas las desventuras sentimentales de sus padres no son tratadas con demasiada indiscreción –como nada en el libro-. Ofrece una clara idea de la fragilidad de la vida y de ese tiempo que se agota sin cautela y en el que se va viendo reflejado Auster. La muerte se convierte en una figura relevante en el libro y más, el posicionamiento del escritor ante ella . Resulta muy destacable la valentía con la escribe acerca de su madre, de sus sentimientos, de sus propios vicios que algún susto le han dado –alcohol y puros-, de sus influencias familiares y de los juegos del destino. Llama la atención el momento epifánico por el que mientras su padre fallece haciendo el amor, él recobra la ilusión por la escritura; precisamente en la noche en la que la desesperanza había anclado. Asistir a un ballet –sobre el  que siente la necesidad imperiosa de escribir- le lleva a encontrar el origen de quién es y de a lo que se quiere dedicar… precisamente en el momento del fallecimiento de su progenitor: “Justo cuando estabas volviendo a la vida, la vida de tu padre tocaba a su fin”.

Su relación idílica y fructífera con la excelente escritora Siri Hustvedt lo describe como el punto de apoyo más importante.  Así lo sabe y así lo refleja con agradecimiento y entrega. Sin dar demasiados detalles radiografía quién es su compañera y el tipo de vida que llevan sin caer en ñoñerías repelentes.

Auster regresa con buen pulso a la narración, realizándolo con arrojo y sin esconderse. La única verdad es que no hay nada como buscar en uno para encontrarse.
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'HIJO DE CAÍN'. Un rey, algún alfil y los peones



CRÍTICA DE CINE

'Hijo de Caín' (Jesús Monllaó. España, 2013. 90 minutos)
 
Thriller que juega al engaño pese a llevar las cartas ya marcadas desde el título, ‘Hijo de Caín’ tiene en su manifiesta tibia ambición su mayor aval. Es lo que empuja a destacar a este producto correcto y aseado, fiado en su carrera comercial a la presencia de José Coronado. Es el rey de la función, otra más a sumar desde que ‘No habrá paz para los malvados’ relanzara su trayectoria y le hiciera un fijo en las alineaciones titulares del cine español. Todas estas circunstancias emparentan rápidamente a ‘Hijo de Caín’, adaptación de una novela de Ignacio García-Valiño, con ‘El cuerpo’, ahora sin cadáver ni incursión en el terror de por medio: Coronado, misterio, inquietud y ganas de juguetear zarandeando al guión.  
 
Hay un punto que la diferencia de otras propuestas al uso, adolescentes inadaptados de lado oscuro, que las hay a puñados. Es la inclusión del ajedrez mediante una subtrama que si bien no termina de enganchar con la principal, atrae por sí misma. En especial por esa potente idea de mostrar por dentro a algo similar a una secta infantil del tablero liderada por un gran maestro. Aunque se le podía haber sacado más provecho, es el alfil del proyecto, el factor diferenciador. Recupera incluso las ganas de volver a jugar, blancas o negras, cuando ya hace mucho que se perdieron. A la búsqueda del tablero, una vez reafirmadas las propiedades refrescantes para el intelecto que tiene esta práctica. 
 
El resto son peones, aunque bien movidos desde la dirección del debutante Jesús Monllaó. Las interpretaciones en general son correctas, la dirección sabe dotar de ritmo a un guión que solo se podía haber ahorrado cierta escena que se venía venir desde la distancia, el misterio se dosifica y casi nada chirría ni por exceso ni por defecto. En ningún momento se desvía de la ruta señalada y, aunque trate de arrinconar y dar la espalda a los clichés, esa misma intención le juega una mala pasada e incurre en la misma trampa. El efecto sorpresa se difumina ante ojos ya habituados al género, sin que por ello haya que desmerecer a lo que es, en definitiva, un producto perfectamente pautado –no esconde su planificación casi televisiva- con la noble intención de acumular espectadores. Cuando todas las piezas están sobre el tablero, y es el caso, no hay reproche posible.

RAFAEL GONZÁLEZ
 

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'15 AÑOS Y UN DÍA'. Abuelos, nietos y cicatrices

 
 
CRÍTICA DE CINE
 
'15 años y un día' (Gracia Querejeta. España, 2013. 96 minutos)
 
Que ’15 años y un día’ haya acaparado los galardones del último Festival de Cine de Málaga no deja en demasiado buen lugar al palmarés del evento. La nueva película de Gracia Querejeta es un trabajo pulcro y  correcto, dirigido con solidez y una cámara discreta, como es habitual en la cineasta, escoltada por un grupo de actores solventes. Todo firme y perfectamente atado en otra historia convencional de sentimientos, relaciones familiares complicadas, cicatrices del pasado sin cerrar y que busca oler y saber a realidad. Querejeta despacha así con profesionalidad y buen hacer una producción que se queda corta para lo que realmente cuenta y cómo quiere plasmarlo.
 
Como ya es una constante en su filmografía, ‘15 años y un día’ sigue la misma línea ya fijada y se cuelga sin esconderse la tan denostada etiqueta de cine social. En esta ocasión el guión presenta a un adolescente algo más que respondón y a un abuelo de vuelta de todo, pareja condenada al no entendimiento. Personajes reconocibles, como la mayoría de secundarios, y cuyo trabajo en general, añadido a una música por encima de la media y a una dirección seria –la apuesta por los primeros planos es manifiesta-, parecían llevar al largometraje hacia el notable. La nota  al final no solo baja, sino que se despeña tras el estrepitoso desenlace, una catarata de desaciertos que sirve que para dejar al descubierto otras grietas de la producción. Al igual que pasara con ‘Siete mesas de billar francés’, se percibe en los diálogos la intención, especialmente en los de los jóvenes, de reproducir la jerga de la calle. En ocasiones es tal la torpeza a la hora de recrearlo que lleva a recordar a aquellas poetisas de la calle alejadas de todo realismo de Fernando León de Aranoa. Aparecen especialmente desenfocadas las líneas de diálogo de la joven peluquera con problemas de memoria.
 
Apuntes al margen, este drama plantea una vez más el eterno conflicto entre jóvenes y mayores. Eso en un principio, porque después le pierde la ambición y se introduce en temas más espinosos para los que no estaba preparada, como el suicido y la homosexualidad. Siembra por el camino, no obstante, notables hallazgos, como ese Tito Valverde ex militar al que se le ha hecho envejecer con cierta premura y la arrogancia vívida de Arón Piper, rebelde sin o con causa. Gustará, en definitiva, al aficionado a ese cine social, a ratos cargante, que cautivara a crítica y público a principios del siglo XX, y dejará indiferente, como poco, a aquel que, no sin cierta razón, salga del cine y la introduzca en el cajón de “la típica película del cine español”.
 
RAFAEL GONZÁLEZ
 

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'EL RÉGIMEN DEL PIENSO'. Pienso luego trabajo



CRÍTICA DE TEATRO

'El régimen del pienso'
Compañía: La Zaranda (Teatro Inestable de Andalucía la Baja)
Dramaturgia: Eusebio Calonge
Dirección: Paco de la Zaranda
Escenario: Teatro María Guerrero (Madrid).

¡Qué jodienda saber que algún día se acabarán los espectáculos de la Zaranda! Joder, me digo, no quiero salir del teatro, quiero quedarme aquí, escuchando toda la vida pasodobles, cantos gregorianos, quiero seguir viendo como cuatro flexos se convierten en una máquina del tiempo ilustrada, cómo los hombres son oficinistas y cerdos, a la vez, de ida y vuelta, quiero ver por el hueco cómo cuatro estanterías metálicas se convierten en ventanillas de atención al público, quiero seguir escuchando voces quejumbrosas a punto del último estertor, al límite, oírlas repetirse una y otra vez hasta perder toda la psicología que acomoda y alecciona al espectador, quiero decir "¡qué antigüedad!" cuando vea a un grupo de modernetes en el barrio de moda,  quiero seguir viendo cómo la crisis es una epidemia y las empresas unas pocilgas, quiero seguir los pasos de este antihéroe para preguntarle cómo fue eso de vivir en aquellas cuatro paredes de la oficina, cómo se las ingeniaba para vivir en una cárcel que aparentaba ser una montaña,  cómo podía sentir entre tanto pienso, cómo no hizo nada para remediar aquello, cuando era cerdo y oficinista. 
 
Partiendo del hilo argumental de la novela 'Miau' de Pérez Galdós, a saber, la cesión de un empleado que se niega a aceptar su baja en la empresa, somos testigos de las argucias de un grupo de burócratas: oficinistas grises, cerdos infectados y médicos forenses que han de mantener la empresa porcina a flote, salvarla económicamente de la epidemia que la asola.
 
La Zaranda construye un gran aparato escénico, fiel a sus principios estéticos, donde la realidad social presente está más cerca que nunca, la ilusión de una vida aparentemente feliz en un mundo en decadencia, la simulación de esta vida, esta vez en el interior de una empresa de producción capitalista en forma de pocilga, de oficina y de sala de necropsias: causa, efecto y diagnóstico de nuestra sociedad actual.
 
De nuevo somos testigos del fascinante uso que hace esta compañía de los objetos, verdadero arte de la alquimia, transmutándolos en imágenes imposibles en la cotidianeidad, lejos de su valor común de uso. Así, las prendas se convierten en órganos humanos, los enchufes en la unión entre la vida y la muerte y las estanterías en carruseles de infancia, en cárceles y en laberintos.
 
El actor invitado en esta ocasión, Javier Semprún, realiza un trabajo riguroso, lleno de matices, adaptado perfectamente al coro que crean los zarandos, a su ironía; víctima de un despido  injusto, consigue transmitir la perplejidad y la tragedia del ciudadano común, un Don Quijote con los Duques de Barcelona o un antihéroe orwelliano, víctima de una sociedad sin cabida para los sentimientos, por modernizar una tragedia que tiene sus referentes artísticos más cerca de la modernidad y su diálogo con la ilustración y el romanticismo, que con la posmodernidad entendida aquí como diálogo vacío entre el sujeto y la nada.
 
Para entender que hay que salir de las pocilgas solo hace falta entender que hay que salir de las pocilgas, aunque esto me lo sumaré a la lista de cosas que me quedan por pensar, contar a mis amigos o rememorar cuando vuelva a estar a la salida de una función de este Teatro Inestable de Andalucía la Baja que tanto me gusta, quizá en Buenos Aires, ciudad amiga de la compañía, donde representarán entre el 15 y el 25 de Agosto en el Teatro Cervantes de la capital argentina, este juguete humano repleto de espejos y fantasmas.
 
FRANCISCO VALERO

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'AFTER EARTH'. La risa de Shyamalan



CRÍTICA DE CINE

'After Earth' (M.Night Shyamalan. Estados Unidos, 2013. 100 minutos)
 
O Shyamalan juega al engaño y mira de arriba abajo desde un púlpito de billetes color verde o, ya es indudable, lo suyo puede considerarse como un castigo autoimpuesto en la búsqueda de dilapidar lo más rápidamente posible una carrera que presagiaba cotas pocas veces holladas. Una de las dos opciones debe darse por válida si se quiere tratar de entender que supone ‘After Earth’ en la filmografía del cineasta de origen indio. Otro paso más hacia el desconcierto o el vacío, a la nada en ambos casos. Hay muy poco rescatable y menos respetable en su nuevo trabajo, una sinfonía chirriante a mayor gloria de la familia Smith. Y ni siquiera vale para eximirle la etiqueta de trabajo alimenticio o de transición, no puede serlo al tratarse de un megaproducción destinada a engordar egos, reventar cines y henchir de heroísmo a los embelesados espectadores.
 
Poco rastro queda de su firma en este videojuego infantiloide que hereda de Steven Spielberg su cansino gusto por mitificar al núcleo familiar y que se queda lejos, a una distancia transoceánica, del ritmo, gracia e interés de otras propuestas similares como ‘Los juegos del hambre’. Hay que rascar mucho para encontrar vestigios de ese pasado no tan alejado, como la firmeza con la que rueda determinadas escenas de acción, sin recurrir demasiado a una parafernalia ostentosa, o como cuando cuela alguna piraña que muerde un poco –la muerte en ‘flashback’ de la hermana del protagonista- entre tanto algodón. Poco, y si acaso en todo momento oculto por una historia insípida que parece diseñada en una tarde adolescente de hamburguesas con los colegas.
 
Nada funciona en ‘After Earth’, empezando por ese guion famélico y lineal. El estoque se lo da una de las peores interpretaciones que se recuerdan, la de un Jaden Smith superado de inicio a fin por las escasas exigencias de su papel, lo que habla de su talento. Lo de Will Smith, anclado a una cama durante buena parte del metraje, no sorprende tanto, era de esperar. Shyamalan no logra sacar ni un gramo de emoción a esa relación paternofilial. Sí hace reír –la escena del cumpleaños de la hija- cuando no era la intención. O acaso es Shyamalan el que se ríe de nosotros y hasta parodia de esta forma un género tan en boga en los últimos años, donde todo vale con tal de funcionar en taquilla.
 
Al final lo que queda es la certeza de que cada vez resulta más complicado no alistarse en la lista de detractores de Shyamalan. Todavía, en algún rincón del cinéfilo, se le agradecen los ratos vividos en la referencial ‘El sexto sentido’, la poderosa ‘El bosque’ e incluso el revolcón preapocalíptico que dio a tantos gurús del tema con ‘El incidente’. Todas tenían algo llamativo y especial que las diferenciaba del pelotón, algo imposible de encontrar tanto en ‘Airbender’ como, especialmente, en esta repelente ‘After Earth’.
 
RAFAEL GONZÁLEZ
 

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'TURISTAS'. Negra espalda sobre el amor en caravana



CRÍTICA DE CINE

'Turistas' (Ben Wheatley. Reino Unido, 2012. 89 minutos)

‘Turistas’ es una película tan mordaz e inteligente como cruel e hiriente. La trama se inicia con unas vacaciones en caravana de una pareja que lleva tres meses juntos y decide recuperar los paisajes de juventud de él de la campiña inglesa. En pocos minutos se expone la situación curiosamente caótica de la vida de ella junto a su madre y el duelo por la pérdida de hace un año de su perro en un disparatado accidente doméstico.

El viaje es una liberación de las cadenas que encadenan a ambos una monotonía tan salvaje como asfixiante. Lo que simula ser una comedia del tipo que suele denominarse ‘humor inglés’ comienza a tornar en una película oscura, de carretera, muerte y sexo. Los asesinatos y sus motivaciones –que van desde los celos hasta la sinrazón–  golpean con fuerza en la aparente serenidad de dos enamorados que buscan estrechar vínculos atravesando campings.

La inmediatez de las películas de carretera está magníficamente reflejada. Tratar temas tan brutales de un modo tan supuestamente ligero es tan agresivo como original. La muerte se sitúa como esa adrenalina que recorre ese punto de unión entre los amantes que se conocen y se sorprenden con sus puntos débiles y sus efusivas reconciliaciones. El sexo en esa caravana que se mueve es tan grotesco como original. No hay mucho detenimiento en él, pero la emotiva suciedad que desprende combina con los perturbadores sucesos de unos amantes que juegan a ser Bonnie&Clyde o a la pareja  de ‘Asesinos natos’.

Que los dos protagonistas sean también los guionistas ofrece aún más verosimilitud a sus interpretaciones. No hay que olvidar que 'Turistas' fue antes un piloto para la televisión o un montaje teatral –por lo que la pieza estaba ya ensamblada, como hacían los Hermanos Marx–. Quizá se podrían objetar algunos gestos un tanto exagerados por parte de la magnífica actriz Alice Lowe, aunque también es verdad que ayudan a potenciar la comedia. Los cambios en ella no sorprenden tanto si se tiene en cuenta la presión a la que es sometida por una madre que no duda en autoinflingirse lesiones imaginarias para ser el centro de atención. Steve Oram borda un personaje que poco a poco va desplegando numerosos puntos oscuros en lo que es un final que anuncian ebrios de amor. Su actitud cívica contrasta con la mordacidad de un hombre sin escrúpulos dañado por un despido que se entrevé como causante de sus impulsos criminales.

Contrasta muy bien ese extraño turismo que se muestra en sus visitas al museo del tranvía o del lápiz. No son destinos al uso, pero el guion, sin ser una pieza originalísima, sí alardea de todas las virtudes de saber contar una historia y cómo conseguir ser especial. Toda la inmediatez nunca es recargada. La adicción al llevar todo demasiado lejos no les pesa aunque discrepen entre sí por momentos. Las cargas morales se diluyen en saco roto, lo importante son ellos en esa encrucijada de sentirse vivos en algo en lo que por fin tienen un control, aunque sea descontrolado.

A pesar de exponer momentos muy crudos de violencia, no se regodea en ello. ‘Turistas’ consigue crear una incomodidad en el espectador que es aplastante. La muerte genera una sonrisa que se alía con la inquietud de que en cualquier momento un inocente va a morir.

La dirección de Ben Wheatley está muy acorde a lo que se expone. Se limita a filmar sin entorpecer un gran texto. Hay algunos momentos oníricos que se podrían haber ahorrado porque pueden llegar a confundir al espectador. Maneja muy bien los tempos del texto y lo combina con una sugerente fotografía y una música que acompaña con armonía a los personajes por la carretera.

Esta 'road movie' –con guiño final incluido– vuelve a dejar patente que el cine inglés no sólo es valiente, sino que posee las herramientas necesarias para constatar que está casi a la cabeza del mercado en cuanto a calidad y originalidad.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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