CRÍTICA DE CINE
'Las brujas de Zugarramurdi' (Álex de la Iglesia. España, 2013. 112 minutos)
Álex de la Iglesia posee grandes virtudes técnicas para dotar a sus películas de una notable destreza visual. Otra cosa muy diferente son los guiones, que suelen ser deslavazadas piezas llevadas a un extremo que termina tirando por tierra la película completa. Buena prueba de ello vienen siendo cada uno de sus títulos –especialmente su vanagloriada ‘Balada triste de trompeta’- que concluyen condenadas a ser esa cama redonda de tiros y explosiones que no llevan a ningún lugar. Con la ayuda del que venía siendo sus colaborador más fiel, Jorge Guerricaechevarría, sus guiones suelen tener más aplomo aunque, desafortunadamente, terminan perdiéndose en esos horizontes difusos.
‘Las brujas de Zugarramurdi’ está más cercana a ‘El día de la bestia’ –su mejor película- aunque no es, ni mucho menos, tan redonda y divertida como aquella. Esa combinación terrorífica y apocalíptica le suele dar muy buenos frutos al director vasco. Todo el comienzo, con ecos a ‘Macbeth’ en la figura de esas brujas que vaticinan lo que va a acontecer y el plan urdido por el personaje de Hugo Silva y sus secuaces tiene un buen ritmo y su despliegue de medios en plena Puerta del Sol resulta impactante y satisfactorio. La mezcla de objetivos, violencia y desvaríos está muy correctamente resuelta y hace que la trama comience con buen pie. La historia se transforma en una película de carretera con típicas conversaciones de ‘machos’ que critican a sus mujeres y sus tejemanejes. Pese a estar en un taxi con el que huyen, el ritmo es muy acertado y el humor convierte todo en algo dinámico.
El director cada vez se siente más cómodo en esta especie de megaproducciones en las que maneja a su antojo y con mucho talento todo ese despliegue de medios que le sirven para generar atmósferas visuales tremendamente elaboradas y efectivas. La trama vira hacia la oscuridad y con ello, el misterio es su principal aliado. El exceso –aún mesurado- hace su aparición en ese rompecabezas pactado de aliados, brujas y aquelarres. El problema –o uno de ellos- son los efectos especiales. Su resultado no es bueno y hace demasiado evidente el engaño. Lo que solo eran sugerencias interesantes se convierten en acontecimientos explicativos y expuestos a ciertas deficiencias que ensalzan lagunas de la historia.
Con ello, lo que venía siendo una historia divertida, enigmática y original se transforma en una especie de aventura descabellada y lastrada por aspectos técnicos e interpretativos. Hugo Silva y Mario Casas hacen su mismo papel, uno de macarra, y el otro de hombre serio y bala perdida, ambos mujeriegos. Sus personajes son un reclamo para que la taquilla devuelva los seis millones de euros invertidos. Las subtramas de los policías compañeros, la madre desquiciada, la historia de amor y demás agonías no aportan más que algún chascarrillo sexual con Carolina Bang en ropa interior frotándose con una escoba o su entrega a la traición y al deseo. Manuel Tallafé y Jaime Ordoñez ponen el lado más cómico y Santiago Segura y Carlos Areces juegan a homenajearse a sí mismos.
La fotografía de Kiko de la Rica evoluciona en ese camino a la oscuridad que no es acompañada por un sonido poco nítido en varios tramos del film, al igual que el montaje que, pese a ser ágil, no permite que se aprecien detalles por la acumulación de planos. El primar el instante por encima del momento tampoco es de gran ayuda a un trabajo que podría haber sido mejor.
Toda la parte final pierde fuelle de un modo demasiado evidente. La desmesura se vuelve traidora para el cómputo de una película bien elaborada a la que el exceso le condena a no ser tan redonda como ‘El día de la bestia’ y a caer en una especie de nada argumental que pierde el interés y hace que el olvido sea su aliado. Hay claras referencias en la dirección –fundamentalmente en persecución a la salida de la cueva- que evocan a ‘28 semanas después’ de Fresnadillo y que De la Iglesia consigue insertar con empaque. Terele Pávez y Carmen Maura ayudan a que el resultado global tenga algo más de calado, pero es un tanto triste, que un talento tan admirable como el de Álex de la Iglesia se vea dañado por esa falta de control y desvarío argumental envuelto en planos aéreos y efectos que muestran la trampa.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ







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