'WAŁĘSA. LA ESPERANZA DE UN PUEBLO'. La teoría de la roca



CRÍTICA DE CINE

'Wałęsa. La esperanza de un pueblo' (Andrzej Wajda. Polonia, 2013. 128 minutos)

El cine de Andrzej Wajda es como una roca. Es estático, férreo, estéticamente frío y de principios inamovibles. Nada puede modificar su aspecto. Se mueve con disciplina a lo largo del siglo XX polaco. Es el del longevo cineasta polaco ante todo un reto con ansias de perdurar, la realización de un fresco de un periodo histórico que bien podría conformar para el futuro un programa educativo. Accederían fácil los estudiantes a este puñado de películas, realmente una minucia en su prolija filmografía, con las que Wajda está dejando un testimonio casi documental. ‘Wałęsa. La esperanza de un pueblo’ sigue la estela dejada por ‘Katyn’, su anterior trabajo, aunque se relaciona más fuertemente con ‘El hombre de mármol’ (1977) y ‘El hombre de hierro’ (1981). Wajda toma ahora el librillo de biografías asépticas y lo sigue al dedillo, sin apartarse ni un milímetro de la recta indicada. Así da a conocer la ruta que llevó a un trabajador de los astilleros a ganar el Premio Nobel de la Paz y ser presidente de un país de cuarenta millones de habitantes.

La película se ciñe a ese periodo, comprimido prácticamente en una década. En ese sentido, ‘El hombre de mármol’ y ‘El hombre de hierro’ operarían de excelentes productos introductorios para el que no se quiera perder ningún detalle. Ahora Wałęsa aparece ya como un referente. Ha dejado de ser un hombre normal (“cien por cien polaco, católico y con seis hijos”) para ser una voz escuchada, respetada y también perseguida. El biopic se centra en el lado político-histórico y deja un reducido espacio al familiar. Emerge entonces un secundario de peso, la mujer de Wałęsa, confinada a cuidar de la familia y casa mientras su marido se dedica a apagar y encender fuegos políticos. Todo aparece esterilizado, hermético, atrapado en ese característico azul grisáceo de los cielos polacos. Wajda no se implica a fondo y en el relato apenas se advierten grises. Es amable hasta cuando retrata los defectos del protagonista, esa dejadez y frialdad familiar. La película navega por la superficie, cuando pasa por un periodo lleno de baches que pedía algo más de riesgo, un poco de profundidad. Deja Wajda, en lo positivo, interesantes rasgos sociológicos referidos a la vida de un ciudadano de clase media en la Polonia ochentera. La banda sonora es otro hallazgo, rock combativo de la época, capitaneado por una canción que se queda en la memoria, ‘Wolność’ (Libertad). Otro acierto es articular el relato a través de un hecho histórico como fue la entrevista que Wałęsa concedió a la periodista italiana Oriana Fallaci. Los sucesivos flash-back que cortan la conversación entran con suavidad y cronológicamente son fáciles de seguir para el espectador.

Un apunte especial merece la interpretación de Robert Wieckiewicz. Es un trabajo de mímesis perfectamente ejecutado, tanto en lo físico como con la famosa gestualización, tono, entonación y acento del político polaco. Una labor, en definitiva, milimétrica, casi épica, más teniendo en cuenta de tratarse de un personaje vivo y en la mente de todo ciudadano de Polonia. Es curioso advertir a modo de anécdota que esa búsqueda de un personaje mimético al real no ocurra con su mujer. Solo basta comparar las escenas de entrega –la real y la del filme- del Premio Nobel, al que acudió la esforzada Danuta, interpretada por Agnieszka Grochowska, para observar las diferencias. 

Música, actores y esfuerzo testimonial al margen, lo peor de ‘Walesa’ es que apenas hay escenas que dejen huella, que puedan perdurar, que sean significativas cinematográficamente. Hasta las huelgas en los astilleros de Gdansk parecen estar rodadas con cierta apatía, les falta energía. Todo queda en manos del irrefutable carisma de Lech Walesa, un hombre que, desde su simplicidad argumentativa (“digo en un minuto lo que otros tardan veinte”) supo ganarse el aprecio y el respeto en los 80, no solo de un país, sino del continente entero.

RAFAEL GONZÁLEZ 

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BUEN VIAJE, LOU


Querido y admirado Lou:

Realmente fue a los 14 años cuando me adentré –gracias a mi tío y amigo Viru- salvajemente en The Velvet Underground. Aquella voz tuya me hacía enfrentarme a ese yo que iba descubriendo entre sucesivos rechazos femeninos. Recuerdo el impacto que me produjo leer la letra de aquella canción que le repetía una y otra vez a mi madre en la cocina, ‘Heroin’. Desde el día que supe su significado sentí algo de pudor al cantársela, aunque nunca te dejé de lado y fue’ Venus in Furs’ la que nos empezó a acompañar, aunque su temática era aún más salvaje. Imitaba tu voz, aunque sin esa capacidad de hipnosis que produce, pero me sentía satisfecho. Poco a poco comencé a conocerte como ese indómito de la escena, y aunque no me influenciaste tanto como Jim Morrison, siempre me has ido acompañando a lo largo de mi vida. Descubrir discos como ‘Berlín’ o cualquiera que fuese escuchando, me daba una visión algo diferente de lo que era un yo en fase de búsqueda.

Todo lo que leía de tus ataques de ira, tus celos, tus caprichos, tus excentricidades o el recuerdo fingido de un concierto en el que mi tío estuvo y que no pudo llevarse a cabo porque te habías pinchado heroína y no estabas a ello, conseguían un magnetismo idílico hacia tu lírica envuelta en esa voz que me llevaba a jugar a intentar ser cantante y a escribir letras que tenían ecos de aquellas tuyas o de Morrison y que leía a mi abuela con canciones de la Velvet de fondo.

Mi querido Lou, ¿y aquel disco que dedicaste a Andy Warhol? 'Songs for Drella', una maravilla que repetía una y otra vez, un homenaje salvaje sobre ese destierro que sufrió vuestro mentor por vuestra parte. Aquella culpa de las despedidas y del silencio en vida te condenó a la amargura de los remordimientos. No quise verte en concierto en directo en tus últimas visitas a Madrid porque no me gustaban tus declaraciones y te habías vuelto demasiado “místico”, pero nunca te dejé de seguir. Realmente es posible que mi vida fuese otra si no te hubiese escuchado. Me gusta recordarme en esa cocina con mi madre cantando tus letras, inventándome significados y relacionándolas con aspectos de mi vida que no eran tales, pero que yo buscaba.

Luego surgió el teatro e imaginé aquel montaje de 'Ricardo III' con canciones tuyas. Ya solo queda lo que fuiste pero ten clara una cosa, querido Lou, sin ti, nunca hubiese escrito una sola palabra. Buen viaje querido amigo no conocido. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'PRISIONEROS'. Un 'thriller' enorme



CRÍTICA DE CINE

'Prisioneros' (Denis Villeneuve. Estados Unidos, 2013. 146 minutos)

Una gran película no tiene por qué ser original. ‘Prisioneros’ en todo su planteamiento no pretende serlo. Salvo detalles –que son los que realmente marcan la diferencia- cuenta una historia que se ha podido ver con anterioridad: un secuestro, unas niñas, unos padres, la policía que no ayuda mucho… La diferencia es el modo empleado para realizarla, que es tan brillante como demoledor. Mantener la tensión a lo largo de 146 minutos es aleccionante. Denis Villeneuve es un director espléndido y consigue manejarse por aguas turbulentas como un réptil adaptado. Su precisión al apostar por una dirección integrada en la desesperación de los personajes denota inteligencia y destreza.

No hace falta más que unos cuantos minutos para conocer al elenco perteneciente a esa América poco turística y la relación de camaradería familiar que hay entre ellos para comprender su posterior reacción. El guion derrocha ingenio y mesura que se combina con una fotografía tan excelente como oscura y asfixiante. La desesperación que viven las familias, con un desbordante Hugh Jackman –al igual que todo el reparto- es tan palpable como desintegradora. El objetivo de la búsqueda por encima de la ley, la nostalgia, la decepción, la perdida, la degeneración, el miedo, el tiempo pasado, la tortura, el mirar hacia otro lado, el convencimiento, la pérdida de la razón, el alcohol… todo comienza a agitarse en esa coctelera del dolor para que los personajes vayan entrando en esa automutilación de quiénes eran para entregarse a los derroteros intuitivos de la supervivencia. No hay alegrías en la película, no hay tregua, no hay momentos que apacigüen el dolor y el rencor. Nadie entra a calmar la agonía, sino que no hace más que aumentar en cada vuelco narrativo. La historia va entregando pequeñas dosis de lo que pudo haber pasado en otro tiempo, en otro instante, en otra agonía, pero no es tramposa ni manipuladora.

Hay demasiados instantes notables para remarcar solo alguno. La desesperanza unida a cierta prepotencia policial se alían para encender aún más si cabe a un padre que nada teme y  que no valora su vida sin su pequeña. ¿Hasta dónde nos permite llegar una intuición para olvidar la propia humanidad? ¿Cuál es el siguiente paso? Elegir una ciudad con un clima inclemente y desasosegante contribuye a que la armonía grupal sea aún más caótica. Los contrastes del dolor en los familiares son un aporte más en esa búsqueda agobiante por todos los rincones oscuros de unas personas que ya, suceda lo que suceda, nunca volverán a ser las mismas.

Evidentemente, los detalles son los que condicionan la resolución, que nunca es falsa. Hacer un 'thriller' con tantos elementos sobresalientes no está al alcance de muchos.  El canadiense Denis Villeneuve, versátil y productivo, siempre da en el clavo y en este caso borda la sugerencia, el amor, el dolor y la huida.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'ANTES DEL ANOCHECER'. Creo que ya no te quiero



CRÍTICA DE CINE

'Antes del anochecer' (Richard Linklater. Estados Unidos, 2013. 108 minutos)


El que será presumiblemente el cierre de la franquicia que inaugurase Richard Linklater con la exitosa ‘Antes de que amanezca’ parece encerrar unos puntos suspensivos antes de los créditos finales. La frescura de sus predecesoras –fundamentalmente de la primera entrega- se ve condenada a ciertos tempos fílmicos y diversos devaneos que no ayudan a lo que era la esencia de las películas previas. El paso del tiempo es el 'leiv motiv' de esta nueva aventura. La pasión ha permutado a cotidianidad. Poco tienen que ver lo que sienten estos personajes con lo que fueron. Por otra parte es lógico, el fervor inicial nunca es eterno aunque se intente disimular. Tanto Linklater como sus coguionistas,  Julie Delpy y Ethan Hawke –en el rol añadido de protagonistas-, juegan con la llegada de una rutina contra la que cada vez es más difícil combatir. 

Los primeros setenta minutos se centran en su vida, un tanto idílica tras más de un mes de vacaciones en Grecia. Ese día despiden al hijo de él, que regresa junto a su combativa madre, y comienzan a tener diferencias, motivadas en parte por el niño recién dejado. Sus gemelas –ya creciditas- no aportan mucho a la historia más que para constatar que se tomaron en serio y que crearon una familia. Hablan del éxito de él con sus libros y las posibilidades laborales de ella, los sacrificios, las entregas mezcladas con los esfuerzos por mantener la esencia de la relación, pero ya el sobreesfuerzo comienza a pesar demasiado. Esto se aprecia en varias secuencias con amigos con los que comparten ligeras pullas y ensaladas griegas, muy parecido a lo que ocurre en algunas películas de Allen o Bergman. Todo demasiado genérico hasta llegar a los últimos cuarenta minutos en los que las heridas de la convivencia, los errores y el amor incondicional saltan a la palestra. La discusión/conversación, que tiene lugar en la habitación de hotel abre la caja de pandora. El discurso de Lutero en el que expresa que a la palabra que ha echado a volar no se le puede coger el ala alcanza su máxima expresividad en esta larga pero necesaria escena. Ambos protagonistas asisten a un desfile de reproches que no pueden retirarse jamás, ni que tampoco podrán perdonarse. Aún así, sigue permaneciendo cierto lirismo y los juegos equivalentes a sus 'yoes' pasados tienen su relevancia para no olvidar quiénes son y qué desearon.

Pero la verdad es que poco queda de la frescura y de los planes de amor eterno que se prometían en las anteriores partes. El amor está llegando a una especie de fin del que ninguno quiere ser consciente. La dirección se basa en planos largos y en contraplanos que no entorpecen los eternos parlamentos de los protagonistas en sus paseos. La fotografía capta sin empalagar esa luz preciosa que tiene Grecia en verano.

Aunque sea menos ágil que las anteriores entregas, ‘Antes del anochecer’ se ve bien y respeta la inmensa mayoría de los puntos que la hicieron conocida. No faltan frases redundantes que llevan a la primera entrega y reproches basados en el paso del tiempo y lo efímero de determinadas pasiones. Nada regresará a lo que fue, todo ha pasado, pero quizá, Linklater y su equipo, tengan arrojo suficiente para hacer la cuarta parte ¿Se atreverán? Dinero no les faltará.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'CANÍBAL'. Hambriento de amor y confección



CRÍTICA DE CINE

'Caníbal' (Manuel Martín Cuenca. España, 2013. 116 minutos)

La filmografía de Manuel Martín Cuenca comenzó acertadamente con la adaptación de la novela de  Lorenzo Silva, ‘La flaqueza del bolchevique’, pero a partir de allí sus películas fueron perdiendo fuelle hasta llegar a ‘Caníbal’. Someter todo un proyecto a una perfección formal técnica por encima de cualquier otro elemento es por lo menos arriesgado. Si ya con la previsible ‘La mitad de Oscar’ dejaba intuir una debilidad de guion muy fuerte, en el caso de ‘Caníbal’ el asunto no ha mejorado en absoluto. La anécdota está muy por encima de la historia. Con un principio sumamente sugerente, bien filmado, inquietante, arriesgado, mordaz y contundente, todo parece que va a resultar asfixiante y alentador para el espectador. Pero no es así, la sensación se va diluyendo a pasos agigantados. La sobriedad interpretativa de Antonio de la Torre cae en saco roto. Su personaje, bien construido en su enfermedad y en su profesionalidad y rigurosidad, no parece llegar a ninguna parte. Las elipsis de acción son demasiado poco significativas para aportar algo más que tedio.

La historia tiene muchos puntos oscuros, circunstancias cogidas con alfileres que hacen que la atención vaya disminuyendo. Contraponer cierto canibalismo y crueldad con cierta devoción religiosa, es un truco que no supone nada para que el filme avance hacia algún lugar. La dirección de Martín Cuenca es correcta, pero no está claro el lugar al que se quiere dirigirse con lo que cuenta u omite. La trama no inquieta porque está anclada en silencios y en coincidencias un tanto burdas e inexplicables. Las mentiras, los engaños, los miedos, las culpas, las ausencias y los trajes no tienen mayor calado en una historia inmóvil desde la segunda secuencia. La trama con las hermanas protagonistas –pese al  buen trabajo de Olimpia Melinte-  es demasiado pobre para conseguir llegar a algo que no sea un determinado tipo de cursilería camuflada. Los vacíos argumentales que dan cobijo al sastre y a su implicación en la vida de estas hermanas no sirven para justificar ninguno de sus actos, por muy enfermo que esté. Tampoco ayudan sus conversaciones con su ayudante/segunda madre –una notable María Alfonsa Rosso- ni los recovecos de su oficio y sus rutinas. No son más que un recurso para ensalzar el contraste que supone el filmar al mejor sastre de Granada con sus aficiones criminalísticas y alimenticias.

El verdadero disfrute de la película es la extraordinaria iluminación de Pau Esteve Birba. Los estados emotivos repletos de claroscuros y añoranzas están perfectamente filmados. Cada plano cuenta una historia y con ello avanza esa aventura enfermiza refugiada en ese viaje por una luz que consigue que la película tenga un interés mayor. Esa calidad visual contrasta con un guion demasiado endeble para soportar el peso de una película. El montaje de Ángel Hernández Zoido también es sobresaliente, pero no logra camuflar una duración tan larga como innecesaria.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'W IMIE...'. Bajo sotana



CRÍTICA DE CINE

'W imie...' ('En el nombre de...') (Malgorzata Szumowska. Polonia, 2013. 102 minutos)

Hay un rasgo que identifica el cine de Malgorzata Szumowska. La cineasta polaca sacude el polvo a temas que llevan mucho tiempo sin recibir un toque, al menos en su entorno. Las suyas son aproximaciones a realidades en demasiadas ocasiones pasadas de largo por la en general apocada sociedad de su país. Si ‘Sponsoring’ (‘Ellas’ en su pase en España) no levantó más polvoreda fue por su morosidad narrativa, nada que se le pudiera achacar al fragor con el que Szumowska se introdujo en el aquelarre de la prostitución de lujo. El mismo camino sigue, aunque con matices, ‘W imie...’ (‘En el nombre de...’) su nueva incursión en otra de esas problemáticas, aunque la aborda menos de cara, bajo pulsión, lo psicológico varios escalones más arriba de lo físico. Refrenda Szumowska su objetivo de calentar conciencias, al menos moverlas un poco, con su retrato de un joven sacerdote polaco atormentado al tener que asumir su homosexualidad.

Desde la controvertida escena inicial, Szumowska apunta su nueva película hacia el lirismo, la envoltura de calidad con la certeza de manejar un material aparentemente potente pero en realidad vacío, casi anecdótico. Las imágenes, la amarillenta fotografía que suda, asfixia y transmite, y la interpretación del personaje principal hacen el trabajo de ganarse la atención del espectador. No es un largometraje tan ambicioso como el anterior. No hay en este dibujo de la angustia de un religioso una intención de mirar más allá de lo individual. Queda así un producto adelgazado en cuanto a aspiraciones, ya que no trata de radiografiar el sentir general de una sociedad que todavía, a nivel público, mira mal todo lo que no consideren en su opinión una actitud sexual apropiada. ‘W imie..’ va en línea recta, no toma atajos ni se adentra en reflexiones quizá más profundas y necesarias. Va por donde se podía esperar y no sorprende.

A Szumowska le pueden, no obstante, las ganas de imponer su firma y el metraje, excesivo, lo sufre. La asfixia de una mente y cuerpo reprimido se hace notar en el principal baluarte del filme, además de la fotografía. Andrzej Chyra es otro de esos grandes actores polacos de primer nivel con menos caché del que se puede merecer. El resto de secundarios apenas tiene grosor, ya se ha dicho que sus historias no disfrutan de relieve. Todo lo admirable queda apretado en las escenas en solitario de Chyra, que logra transmitir el dolor del que no hace lo que siente por el temor a manchar su imagen o la del gremio a la que pertenece.

‘W imie...’ compitió en la Berlinale y acumula espectadores en Polonia desde su estreno. Es otra muestra del aceptable nivel que ofrece en la actualidad esta cinematografía, que últimamente está arrojando un puñado de películas comprometidas tanto con el antes (‘Poklosie’) como el ahora (‘Drogówka’) y en la que se inscribiría, en letra pequeña, esta ‘W imie...’.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'GRAVITY'. Y un mexicano hizo valer el 3D



CRÍTICA DE CINE

'Gravity' (Alfonso Cuarón. Estados Unidos, 2013. 90 minutos)

Hasta ‘Gravity’, el fenómeno del 3D venía siendo una forma más de engañar al espectador para que la entrada tuviese un coste más alto y no aportar nada más que unas gafas. La sobrevalorada ‘Avatar’ creyó marcar un camino, pero la realidad es que estaba mucho más próxima a las consolas que al mundo del cine. Curiosamente, tampoco Spielberg consiguió llegar a nada interesante en su ‘Tintín’. Alfonso Cuarón sí ha decidido tomarse en serio las numerosas aportaciones que pueden regalar al espectador las nuevas tecnologías si se acompañan de una historia asfixiante y bien llevada. Con ello, el director mexicano ha conseguido que empiece a definirse el 3D.

La apuesta resulta tan valiente como innovadora. Con solo dos personajes y una trama que no parece descubrir nada aparentemente nuevo, logra mantener en vilo a un espectador que cree tocar las lágrimas. Una misión aparentemente sencilla que se complica por algo ajeno, da pie a la angustia y al anhelo del regreso. Las conversaciones se miden con cautela y tiene el ritmo perfecto para ir dosificándolas sin que resulten cansinas. No es necesario mostrar bichos ni nada aparentemente fuera de lo común- más allá del espacio- para conformar unos personajes envueltos en sus trajes que intentan sobrevivir a una catástrofe que les ofrece una vista incomparable. 

La dirección de Cuarón es brillante. Maneja la cámara con inteligencia, de nuevo juega con los puntos de vista y los aparentes planos secuencias que entran y salen del subjetivismo con habilidad. El montaje es extraordinario y las trampas están tan bien realizadas que casi no dejan pistas. El empleo del 3D tiene una utilidad justificada y lo que consigue es integrar aún más si cabe al espectador en ese aglutinamiento catastrófico. George Clooney y Sandra Bullock realizan un trabajo colosal, no hay que olvidar que durante toda la película están dentro de los trajes especiales. La forma de mirarse, de darse réplicas siempre es correcta, nunca pecan de nada en exceso y con ello la película avanza con  paso firme. No importa que solo esté uno a lo largo de gran parte del metraje, todo es convincente y son actores que han demostrado su buen hacer con oficio y técnicas notables ¿por qué Sandra Bullock no realiza más películas buenas?

La producción es americana y eso puede notarse en ciertos guiños del guion hacia recuerdos un tanto melodramáticos que no aportan nada más que una sensiblería que entorpece más que aporta. Determinadas reflexiones de corte religioso tampoco son necesarias en las ensoñaciones, pero es cierto que con un presupuesto abultado hay que otorgar ciertas licencias al poderoso tío Sam.

‘Gravity’ es una gran película, un espectáculo tan medido como efectivo que da sentido a la tecnología y que nunca peca de aquello que no tiene. Va directa al grano y reflexiona sobre el instante y la realidad. No todo está en nuestra mano y en ocasiones puede encontrarse un sentido: los factores externos o nos condenan o se alían a nuestros propósitos. Cuarón, efectivamente, ha dado en el clavo y ha sentado cátedra con el 3D. A partir de aquí la historia cambia, veremos dónde llega y si  James Cameron ha tomado los pertinentes apuntes.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'LA HERIDA'. Derrumbe, dolor y ambulancias


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CRÍTICA DE CINE

'La herida' (Fernando Franco. España, 2013. 98 minutos)

Con dos importantes premios en el Festival de San Sebastián –Premio Especial del Jurado  y Concha de Plata a la actriz Marian Álvarez-, quizá sea suficiente para que el debut de Fernando Franco se instale en la retina de ciertos productores para que estos apuesten por un cine de corte serio y bien resuelto y ayude a que los distribuidores busquen talento por encima de los números.

Muy por encima de la historia que cuenta, lo que consigue que ‘La herida’ sea una película interesante es la interpretación que realiza su protagonista, Marian Álvarez. Su trabajo es tan delicado a la vez que descarnado, agresivo, dulce, hiriente, gozoso, anhelante y salvaje que es ya un reclamo. La composición que ha conseguido materializar de una persona tan salvajemente herida por sí misma y sus circunstancias y las que no lo son tanto, es tan perfecto que encumbra a la película. Hace muy bien su director en basar su trabajo técnico en planos medios de la protagonista. Con ella en plano todo tiene sentido, cuando no está no lo tiene tanto. La historia es reiterativa y parece no avanzar. El recurso de la elipsis no es satisfactorio, aunque lo que pretenda conseguir es mostrar la rutina en la convivencia con una persona así. Los momentos incómodos y tensos para el espectador vienen provocados, más que por las situaciones en sí mismas, por los gestos del trabajo de Marian Álvarez, que siempre consigue que suceda algo.

El resto de personajes que acompañan el periplo de dolor y automutilación de esa conductora de ambulancias están desdibujados. Ni siquiera la madre –y no por la interpretación de Roxana Blanco- consigue aportar algo a ese universo íntimo. Tienen como única finalidad el mostrar un lado más de esa convulsa y enferma personalidad de Ana, un tanto derrotada por su trabajo como conductora de ambulancias –de traslados- y  que busca hacer el bien, dentro de sus posibilidades, a los necesitados, aunque esto tampoco parece poder paliar su tortura. Son dos extremos que no aportan demasiado, ni el oficio ni su relación con los demás, pero, y conviene dejarlo muy claro, cada instante de Marian Álvarez está dotado de talento y hace que el espectador se interese por cada matiz que ofrece.  La muestra de cierto contraste que ofrece entre sus seres queridos y personajes anónimos mediante chats no aclara nada más. El espectador ya es suficientemente consciente del dolor que sufre ella misma, no es necesario ofrecer unos rasgos que quedan a la vista con su compañero de trabajo. Parece todo una intención de mostrar que ella tiene buen fondo y que su enfermedad le ha llevado a ser cómo es; realmente no suena convincente ni necesario.

La película viaja en esa lucha por encontrarse en el punto final de unas mareas temporales que nunca se detienen en el lugar correcto. Los instantes de cierta esperanza son atisbos en ese catálogo de lesiones. El peso del pasado es demasiado incierto. Se pueden intuir determinados lastres pero tampoco ofrecen mucho. Al contrario, condenan a cierta previsibilidad de acontecimientos, como en la boda del padre.

La siempre correcta y talentosa fotografía de Santiago Racaj, aquí, pese a ser buena, no parece acompañar tanto a la historia. Racaj tiene como aliado en su trabajo a las películas de Javier Rebollo, donde consigue desarrollar sus mejores iluminaciones. El montaje es ágil y aunque tiene un metraje algo más largo de lo que ofrece la historia, se lleva bien. La banda sonora también es correcta y se inserta perfectamente en ese día a día de una persona tan frágil como hiriente.

Pese a que ‘La herida’ es una película de correcta factura, un interrogante acechatras su visionado: ¿tendría el mismo efecto si no hubiese sido Marian Álvarez su protagonista? En cualquier caso, acierto de la dirección al apostar por ella.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'BETRAYAL (Traición)'. Arritmias del destino



CRÍTICA DE CINE

'Betrayal (Traición)' (Kirill Serebrennikov. Rusia, 2012. 115 minutos)

Rodar una historia de infidelidades siempre es complicado. Hay muchísimo material y es difícil no repetirse y ser completamente original. Casos como Ingmar Bergman o Woody Allen ya no existen –aunque Allen viva- por lo que resulta muy complicado encontrar películas que no sean un conglomerado de visionados pasados.

El siempre llamativo Kirill Serebrennikov intenta aportar algún elemento más a lo ya planteado. Su apuesta fundamental reside en ciertas elipsis, la frialdad, el reclamo, el tiempo, la angustia y la muerte. La excesivas casualidades no le importan –si no, que pregunten a Hitchcock -. Desde la primera secuencia ya se sabe que el marido de la doctora y la mujer del paciente –que acude a una revisión del corazón- son amantes. Ese impacto que se produce en él viene acompañado por una notable secuencia en la que tiene lugar un accidente con víctimas en la parada de un autobús. Siendo el protagonista testigo de tal atrocidad, parece que el director ruso ha querido emplear una acertada metáfora visual de tal catástrofe e insertarla en el corazón del engañado marido.

A partir de aquí, la frialdad se alía en el desarrollo de una familia –la de él- que está unida. Hay silencios y largos planos que se combinan con una fotografía sobresaliente. No hay una búsqueda de una justificación, tampoco existe esa conversación en la que se simula una herida. Lo que sí existe es la curiosidad por el placer en esas aventuras furtivas. Los cónyuges engañados se alían en el rastreo del goce ajeno pero son incapaces de encontrarse. Es admirable el manejo del tiempo de cada plano. Las expresiones son cruciales porque el dolor se hace extensible a cada gesto, pero eso sí, jamás se exageran. Los lugares comunes en el argumento  con ‘Caprichos del destino’ de Sidney Pollarck parecen lastrar instantes, fundamentalmente en la primera hora del metraje, aunque todo se remonta y no quedan atisbos de ellos.

Serebrennikov maneja al espectador a su antojo y cuando todo parecía que se podría encaminar a un nido difuso de reproches, elimina de un plumazo –no exento de sorpresa- una parte crucial de la supuesta trama, para así dar cabida al verdadero impacto interior. Doctora y paciente siguen sin encontrarse en su nostalgia, posiblemente se hayan acostumbrado a un dolor que ya tiene cicatriz e intentan continuar con lo que debería ser pero que no es. De nuevo otro golpe fascinante: esta vez, mediante una elipsis en la que por medio de un cambio de vestuario que tiene lugar a lo largo de un paseo por un hermoso bosque en el que la protagonista –pese a la nieve- se desnuda y cambia su ropa y su infelicidad por una sonrisa y otros colores. Es sorprendente porque el espectador parece perderse unos instantes hasta que una nueva ‘casualidad’ justifica el paso del tiempo.

El reencuentro de los 'engañados' da un giro y copulan evocando cuerpos ausentes. El pasado siempre está presente y no les importa que exista una posibilidad de causar el daño que ellos sufrieron. Todo tiene ciertos pespuntes de thriller o al menos puede ser una de las intenciones con las que parte el guion. No está exento de humor y de ciertos puntos suspensivos que lanzan al espectador a que intente resolver algunas incógnitas que posiblemente no lo sean. Todo está en el corazón, en el destino y en las entrañas y pese a que en algún momento resulte algo ambigua y demasiado casual, ‘Traición’ es una obra bien hecha, en la que todos los elementos técnicos que conforman una película destacan por su estupenda factura. El arrojo que desprenden varios momentos de la película se echa en falta para que la misma logre definirse como una renovación del género. Se quedó en bastante más que en una intentona, pero se agradece, y mucho, el esfuerzo.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'SERRAT Y SABINA. EL SÍMBOLO Y EL CUATE'. Lágrimas, Galeano y música



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'Serrat y Sabina. El símbolo y el cuate' (Francesc Relea. España, 2013. 83 minutos)

Aparentemente no generaba demasiado entusiasmo ‘El símbolo y el cuate’, documental sobre la aventura conjunta vivida por Sabina y Serrat al otro lado del océano. Son personajes sobre las que ya se sabe mucho, sobreexpuestos mediáticamente. La sorpresa o novedad queda a distancia.  De la misma forma, han aparcado sus carreras en solitario para lanzarse en esta ruta a dos que para muchos de sus seguidores ya dura demasiado. Serrat solo no es el mismo que con Sabina y a la inversa, y eso queda reflejado si uno asiste a un concierto de esta nueva etapa, otra historia. Y tanto el cancionero de Sabina como el de Serrat han sido tan escuchados como sometidos a todo tipo de interpretaciones, desde la poética-vital hasta la política. Ahí estaba por lo tanto el reto de Francesc Relea, hacerse distinguir entre tanto material previo. Visto ‘El símbolo y el cuate’ lo logra. El documental se hace un hueco y se gana su propio espacio, conformándose como una refrescante alternativa para aquellos habituales del universo de ambos artistas.

Relea deja un poco de lado lo artístico –el cancionero lo forman piezas menos conocidas o de cosecha reciente- para centrarse en la dimensión política (Serrat) y social (Sabina) de dos músicos que llegan más lejos de la definición que ofrece su profesión. La cámara se revela como una invitada más en su gira por Sudamérica. Ya no son ellos ni sus canciones –también se prescinde de una voz en off narrativa- tanto los protagonistas como los paisajes y el trasfondo de los países que visitan. El viaje le sirve al director para documentar la realidad social y política de parte de ese continente al que tantas cosas unen a España como separan. Hay momentos especialmente reveladores, estribillos que se quedarán en la retina más allá de la proyección. El viaje 'fallido' de Serrat a un Chile que despertaba de la pesadilla y su alocución a las masas en una grabadora es un aspecto que los jóvenes desconocerán y que agrandará un poco más el relieve del catalán. También son interesantes apreciaciones aparentemente intrascendentes de Sabina pero de mucho calado, como cuando habla de los gobernantes argentinos o cuando hace referencia al origen del público que acude en sus conciertos en Lima.

Detalles al pie de página de lo que realmente son los dos instantes cumbre del documental, reservados a dos secundarios. Las historias que cuenta Eduardo Galeano en Chile están hechas para ser escuchadas una y otra vez. Hay tanta naturalidad que transportan al salón de su casa. Y el broche lo ponen las lágrimas de Pancho Varona al final de la gira, que son las de todos aquellos que alguna vez se han emocionado con estos artistas.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'LAS BRUJAS DE ZUGARRAMURDI'. Talento desperdiciado por el exceso



CRÍTICA DE CINE

'Las brujas de Zugarramurdi' (Álex de la Iglesia. España, 2013. 112 minutos)

Álex de la Iglesia posee grandes virtudes técnicas para dotar a sus películas de una notable destreza visual. Otra cosa muy diferente son los guiones, que suelen ser deslavazadas piezas llevadas a un extremo que termina tirando por tierra la película completa. Buena prueba de ello vienen siendo cada uno de sus títulos –especialmente su vanagloriada ‘Balada triste de trompeta’- que concluyen condenadas a ser esa cama redonda de tiros y explosiones que no llevan a ningún lugar. Con la ayuda del que venía siendo sus colaborador más fiel, Jorge Guerricaechevarría, sus guiones suelen tener más aplomo aunque, desafortunadamente, terminan perdiéndose en esos horizontes difusos.

‘Las brujas de Zugarramurdi’ está más cercana a ‘El día de la bestia’ –su mejor película- aunque no es, ni mucho menos, tan redonda y divertida como aquella. Esa combinación terrorífica y apocalíptica le suele dar muy buenos frutos al director vasco. Todo el comienzo, con ecos a ‘Macbeth’ en la figura de esas brujas que vaticinan lo que va a acontecer y el plan urdido por el personaje de Hugo Silva y sus secuaces tiene un buen ritmo y su despliegue de medios en plena Puerta del Sol resulta impactante y satisfactorio. La mezcla de objetivos, violencia y desvaríos está muy correctamente resuelta y hace que la trama comience con buen pie. La historia se transforma en una película de carretera con típicas conversaciones de ‘machos’ que critican a sus mujeres y sus tejemanejes. Pese a estar en un taxi con el que huyen, el ritmo es muy acertado y el humor convierte todo en algo dinámico. 

El director cada vez se siente más cómodo en esta especie de megaproducciones en las que maneja a su antojo y con mucho talento todo ese despliegue de medios que le sirven para generar atmósferas visuales tremendamente elaboradas y efectivas. La trama vira hacia la oscuridad y con ello, el misterio es su principal aliado. El exceso –aún mesurado- hace su aparición en ese rompecabezas pactado de aliados, brujas y aquelarres. El problema –o uno de ellos- son los efectos especiales. Su resultado no es bueno y hace demasiado evidente el engaño. Lo que solo eran sugerencias interesantes se convierten en acontecimientos explicativos y expuestos a ciertas deficiencias que ensalzan lagunas de la historia. 

Con ello, lo que venía siendo una historia divertida, enigmática y original se transforma en una especie de aventura descabellada y lastrada por aspectos técnicos e interpretativos. Hugo Silva y Mario Casas hacen su mismo papel, uno de macarra, y el otro de hombre serio y bala perdida, ambos mujeriegos. Sus personajes son un reclamo para que la taquilla devuelva los seis millones de euros invertidos. Las subtramas de los policías compañeros, la madre desquiciada, la historia de amor y demás agonías no aportan más que algún chascarrillo sexual con  Carolina Bang en ropa interior frotándose con una escoba o su entrega a la traición y al deseo. Manuel Tallafé y Jaime Ordoñez ponen el lado más cómico y Santiago Segura y Carlos Areces juegan a homenajearse a sí mismos. 

La fotografía de Kiko de la Rica evoluciona en ese camino a la oscuridad que no es acompañada por un sonido poco nítido en varios tramos del film, al igual que el montaje que, pese a ser ágil, no permite que se aprecien detalles por la acumulación de planos. El primar el instante por encima del momento tampoco es de gran ayuda a un trabajo que podría haber sido mejor.

Toda la parte final pierde fuelle de un modo demasiado evidente. La desmesura se vuelve traidora para el cómputo de una película bien elaborada a la que el exceso le condena a no ser tan redonda como ‘El día de la bestia’ y  a caer en una especie de nada argumental que pierde el interés y hace que el olvido sea su aliado. Hay claras referencias en la dirección –fundamentalmente en persecución a la salida de la cueva- que evocan a ‘28 semanas después’ de Fresnadillo y que De la Iglesia consigue insertar con empaque.  Terele Pávez y Carmen Maura ayudan a que el resultado global tenga algo más de calado, pero es un tanto triste, que un talento tan admirable como el de Álex de la Iglesia se vea dañado por esa falta de control y desvarío argumental envuelto en planos aéreos y efectos  que muestran la trampa. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ 

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'EL CRÉDITO'. Saldo negativo



CRÍTICA DE TEATRO 

'El crédito'
Autor: Jordi Galcerán
Dirección: Gerardo Vera
Escenario: Teatro Maravillas (Madrid). 26 de septiembre de 2013.

Tras años dedicado a la dramaturgia, Jordi Galderán adquirío éxito y fama gracias a ‘El método Grönholm’. Catapultó todo lo que vino después y redescubrió parte de su trabajo anterior. Aquella obra tenía los mimbres necesarios para encandilar a público y crítica. Balanceaba sonrisas y dardos sin que las carcajadas sonaran demasiado y lo negativo agriara la propuesta. Ejemplar, después maltratada en su paso al cine. Posteriormente Galcerán demostró que puede acercarse un poquito más a las exigencias del público (‘Burundanga’) y mucha pericia en su arriesgado cambio de género (‘Carnaval’). El autor conocía el truco para tocar la fibra incluso del espectador más exigente y hacerle sentir cómodo ante la propuesta presentada. Lo hacía sin renunciar ni esconder su apuesta por un teatro de rendimiento comercial que conectara con la platea. En ese sentido, ‘El crédito’ supone un inapropiado desvío de esa fórmula que tantos elogios ha despertado, puesto que el montaje estrenado en Madrid da un quiebro completamente inesperado a esta concepción. 

En el espectáculo se acumulan aquellos aspectos de los que abominan de ese teatro cuyo único afán es agrandar taquilla a toda costa, lícito por otra parte siempre y cuando no se pierdan las formas. ‘El crédito’ lo hace, recurre a trucos infames, a chascarrillos fuera de lugar y a ratos presenta un humor que lo emparenta con lo peor de la sitcom televisiva (la lucha de sexos o la vulgarización de la figura femenina). El punto de partida es atractivo, aunque a la veintena de minutos ya está agotado y la obra se mete en una espiral sin progresión. Es un continuo volver atrás y reiniciar. La presunta capa social se cubre de caspa, lo que imposibilita lecturas de corte social o político. Y se escuchan risas, no hay que negarlo, aunque hay que valorar la forma de conseguirlas. 

La dirección de Gerardo Vera tiene gran parte de responsabilidad. Es plana, poco imaginativa y cuando quiere aportar algo –el factor multimedia- no lo encaja de ninguna forma. Los actores se ven afectados ante tal descalabro, aunque sean de la talla –lo  son- de Carlos Hipólito y Luis Merlo. No conectan y falta chispa, enseguida se disparan y ya no vuelven a la esencia del texto, si la hubiera. Hipólito recurre rápido al grito y a la exageración en el gesto para defender su personaje. Merlo se pierde en la indefinición. Ni inquieta ni conmueve su interpretación de un desesperado con las ideas claras a la hora de pedir un crédito. 

‘El crédito’ se alarga sin remedio como una visita al banco en hora punta. Es especialmente soporífero el tramo de cómo se seduce a una mujer, así como los extensos parlamentos telefónicos que dejan a Hipólito solo ante el peligro. El día de su preestreno madrileño el espectáculo gustó, y mucho. Pero no a todos les calan ya propuestas de este tipo, y menos ahora. Bienvenido será el día en el que una producción madrileña de presupuesto notable no sonroje a un espectador con un paladar habituado a un amplio abanico de teatro. 

RAFAEL GONZÁLEZ

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