'El sur de Europa. Días de amor difíciles'
Compañía: La Tristura
Sala Cuarta Pared de Madrid. Festival Escena Contemporánea
Había mucha expectación para ver el nuevo montaje de La Tristura que se presentaba dentro del Festival Escena Contemporánea. La Cuarta Pared estaba llena, con numerosa gente de la cultura. Esta expectación se veía aumentada por el hecho de que cada espectador debía recoger unos cascos inalámbricos que tendría que ponerse en los actos I y III. La cosa pintaba, al menos, innovadora.
El ambiente estaba justificado. La Tristura es una de la compañías más emergentes y jóvenes del panorama teatral español, artífices de uno de los montajes más sorprendentes de los últimos tiempos: 'Materia Prima', un espectáculo protagonizado por niños repleto de grandiosas imágenes y dónde lo poético servía para hilvanar un discurso acerca de la no resignación ante un mundo que se destruye, de la necesidad de crear incendios en el alma y en el deseo para lograr algo más que sobrevivir ante el derrumbe.
'El sur de Europa. Días de amor difíciles' parece querer continuar en esta línea. Parece, porque no lo consigue, ni formalmente ni discursivamente. Allí dónde antes había un lenguaje poético, que arrastraba al público, potencialmente incendiario en todos los sentidos, como sólo la poesía puede lograr, aunque no terminara de decidirse hacerlo, ( y probablemente no hiciera falta), aquí no alcanza ese nivel. La obra transita entre algunos aciertos, en el tercer acto especialmente, y momentos insustanciales, casi pretenciosos.
Dónde antes había una comunión con su momento, con la calle, con el sentir que algo se estaba acabando, que había que volver a repensar todas las promesas, reformular las mentiras que nos habíamos hecho, aquí hay una especie de ensimismamiento (a pesar de las referencias directas a la realidad) donde el discurso a veces se vuelve simple y fácil. Este detalle decepciona aún más cuando se supone que se ha trabajado con textos del colectivo Tiqqun o de Agamben.
Y eso que el principio promete. Los auriculares puestos, niebla en el escenario que impide ver lo que hay y un diálogo de una pareja que decide reencontrase. Se agradece la experimentación y la búsqueda de nuevas formas. Cada espectador recibe el diálogo de forma íntima, el mismo diálogo que es lanzado para todo el público por los actores en escena, a los que no puedes ver. Es un diálogo sobre cómo afecta la realidad a las relaciones personales, sobre cómo afrontarlas.
Sin embargo, algo empieza a no funcionar y empieza a invadir esa sensación al espectador. La escena se hace monótona, a momentos no importa mucho lo que dicen los personajes, y en este caso es lo único que debiera importar. Aún con estos defectos la obra se mantiene.
Llega el segundo acto, un largo y tedioso karaoke, en el que, supuestamente a través de las canciones, siete personajes borrachos con pistolas y en una fiesta en un crucero dan cuenta de la historia, de la memoria del sur de Europa, de sus frustraciones y de su imposibilidad de alivio. La escena no funciona en ningún sentido, más bien parece los primeros ensayos, las investigaciones iniciales de un proceso que podría llegar a una propuesta valiente. Pero ni las canciones, ni los bailes, ni mucho menos los discursos, algunos en exceso simplistas, logran armar un discurso sólido o crear imágenes o sensaciones. Podría uno saltarse este cuadro y quedarse igual, mejor incluso.
Es una pena, porque lastra el tercer acto, quizás lo mejor de la obra, aunque a estás alturas uno no pueda quitarse de la cabeza, de forma culpable, que le están haciendo trampas, que están apelando a cierta complicidad con la actriz ( gran papel de Chiara Bersani). Aquí sí se apela a esa poesía que tan bien maneja La Tristura, en una escena que podría recordar a una película de Godard, en la que se habla de la valentía, de la necesidad de romper con todo para buscar una vida plena, una vez más los incendios, aunque condenen a las cenizas a quien se atreve a provocarlos.
Ojalá La Tristura recupere su pulso, vuelva a armar una pieza llena de poesía, que vaya más allá de los apuntes y pequeños aciertos de 'El sur de Europa'. Talento tienen, lo han demostrado, y la escena teatral los necesita.
BENJAMÍN JIMÉNEZ












