'WOODY ALLEN: EL DOCUMENTAL'. Intimidad fílmica a medias


CRÍTICA DE CINE

'Woody Allen: el documental' (Robert B. Weide. Estados Unidos 2011. 113 minutos)

La apuesta de Robert B. Wide por mostrar los recovecos físicos, que no psíquicos, de la creación de Woody Allen, está íntimamente ligado al documental ‘Wild man blues’. Si bien en este último se centraba en una gira europea con la banda de jazz en la que toca,  sí dejaba al descubierto un lado íntimo un tanto salvaje en el que el propio Woody mostraba  todos sus tics, desvaríos, miedos, fobias, y parecía un personaje más de sus películas más extremas en cuanto a su carácter neurótico. El documental de Wide es mucho más correcto en las formas y Woody se muestra simpático y comedido: en definitiva, muy diferente al que vemos en la gran pantalla.

La apuesta estética del documental juega a que todo parezca una película de Allen, desde los créditos a la música empleada y a muchos de los planos. Toda la primera hora es mordaz y muy interesante. Disecciona al director neoyorquino en sus orígenes, desde el nacimiento, el instituto, hasta sus primeros pasos en el mundo del cine. El camino que recorre es muy eficaz y las imágenes de archivo que ha conseguido rescatar tienen un impacto cómico muy notable. Toda esa serie de circunstancias que llevaron a Allen al cine están perfectamente claras. ¿Qué queda de ese muchacho tan similar al niño de ‘Días de radio’? Analizar la carrera de Woody Allen es asistir a un fiel reflejo de lo que ha podido ser su autobiografía, no sólo vital, sino intelectual. Todas sus influencias se han ido cristalizando en diferentes películas, y figuras como Fellini y Bergman son tan constantes como los personajes de sus padres y sus reflexiones sobre el propio Allen.  Wide rescata una película casera de Woody en la que su madre habla de él y todo es demasiado parecido a las secuencias de los padres en ´Toma el dinero y corre’. Toda esta primera parte que incluye hasta sus primeras películas resulta tan ingeniosa como de valiosa información. Su ritmo es intenso y no se deja casi nada en el tintero.

A medida que su carrera se va consolidando, Wide deja de ser tan meticuloso y la radiografía ya es sólo parcial. Es cierto que toda esa parte que obvia es posiblemente más conocida, pero se echa de menos sus reflexiones acerca de las dos versiones de ‘Septiembre’ o algunos hechos muy convulsos a la hora de las diferentes mutaciones de géneros en los que se adentra.  No se comprende mucho el motivo por el que pasa de largo muchos títulos. Más bien parece que limitó la duración porque en caso contrario el metraje podría haber sido inmenso, que no doloroso.

En esta segunda parte hay momentos espectaculares, como puede ser el lugar exacto de su casa en la que escribe, su rincón, su mesa, su máquina de escribir, sus literales corta-pegas de un guión a otro, su forma de coger ideas encima de la cama con un montón de papeles… todo ese material no tiene precio alguno y parece que Wide, que ha podido acceder a todos los apartados íntimos del director, podría haber hecho más hincapié  en esta faceta y haber realizado un documental sólo con ella. También -¡por fin!- se pueden apreciar  diferentes momentos del rodaje y a Woody con los actores transformado en esa personilla que rueda junto a ellos y les escucha, pero a los que no dice demasiadas cosas o ninguna –como asegura Sean Penn-. Resulta  muy interesante observar cómo afecta este modo de dirigir ‘sin dirigir’ en los actores. El resultado es que muchos de ellos han sido nominados o incluso premiados con el Oscar por este modo que deja toda la responsabilidad en el actor, supervisado por un director que siempre sabe con qué quedarse.  Es igual de instructivo verle ante la sala de montaje, con su montadora y dudando sobre la toma por la que ha de decantarse.

A lo largo del documental, intervienen un altísimo número de colaboradores –desde productores a actores, pasando por coguionistas- que dan ciertas claves del universo alleniano. Pese a haber trabajado con un material muy interesante –es valiente y se detiene en la ruptura con Mia Farrow- y ofrecer un resultado notable, Wide se queda un poco en terreno de nadie al haber abandonado a merced del destino a ciertos títulos que deberían haber estado presentes. Evidentemente, el mercado y sus duraciones marcan la pauta, pero no está de más saltarse las normas de vez en cuando, y sí es por Woody, pues con más razón.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'EL MUERTO Y SER FELIZ'. Entre el mito, las tetas y el realismo mágico



 CRÍTICA DE CINE

'El muerto y ser feliz' (Javier Rebollo. España, Argentina y Francia 2012. 94 minutos)

‘El muerto y ser feliz’ es la película más brutal que ha dado el cine español en años. Javier Rebollo continúa con la experimentación que ya inició en  ‘La mujer sin piano’ con respecto a los movimientos de cámara y los lleva casi al límite de las posibilidades con una dirección que no deja lugar a dudas y lo sitúa como la figura más relevante y con mayor personalidad fílmica del cine español en la actualidad.

Desde la dedicatoria –se escucha al propio Rebollo-, la película avanza por un territorio poco explorado y aunque esa voz en off que acompaña en la película no es un recurso del todo nuevo –lo empleó de un modo parecido, aunque no tan agresivo, Bergman en ´Passion’, por poner un ejemplo- si es llevado a cabo con maestría y destreza. Esas voces –las de Rebollo, Lola Mayo y ambos protagonistas- que acompañan en su camino a Érika y Santos se hacen imprescindibles. Sus matizaciones, sus ecos, sus nostalgias, sus trampas… son de vital importancia en la asignatura del morir estando vivo que lleva consigo el personaje que interpreta Pepe Sacristán.

‘El muerto y ser feliz’ son tres películas en una y todas convergen en armonía sin llegar a pisarse nunca.  El guion, el rodaje y las mezclas son los escuderos de ese coche transformado en falso hogar sobre el que dos cabalgan juntos sin más camino que el de avanzar, el de no retroceder, el de no recapacitar.

Pepe Sacristán, a modo de un extraño caballero andante, cabalga sobre el asfalto y ofrece –una vez más- una interpretación que resulta tan impresionante como repleta de dolor –el que transmite su personaje-. La precisión y concisión gestual es de una proeza sin igual. Su personaje, tal y como pretende Rebollo, está muy cerca del mito, no ya sólo el de Santos, asesino a sueldo que no mata, sino como el de Pepe Sacristán también. Roxana Blanco también se muestra impecable en el arco creado sobre su Érika, mujer que poco a poco cautiva a un espectador que sigue ansiando saber de ella. La conjunción de ambos en el plano –o fuera de él- es una obra de arte en sí misma.  La relación avanza, al igual que los kilómetros, para no detenerse, porque lo que han comenzado ya no tiene vuelta atrás. La complicidad emocional y erótica de ‘la chica de la película’ y Santos deja tras de sí lo que una vez fueron y que ya no serán. Mucha magia rebosa Valeria Alonso como enfermera suministradora en toda esa encrucijada inicial de la ayuda a la huida de Santos.

Resulta emotivo que la combinación –tan peligrosa- de actores profesionales con lugareños sea medida y acertada, otro mérito de Rebollo en la precisa y excelente dirección de actores que realiza.

Rodar en 16 milímetros aporta a la película esa necesidad visual, ese ritmo acompañado por la textura hipnótica del grano que mima a sus personajes para no dejarlos. La fotografía de Santi Racaj es sobresaliente. Todos los colores son una evolución continua, al igual que el paisaje, las gentes… no hay marcha atrás, todo avanza, y a ser posible, sin dejar nada a su rastro, tan sólo el mito, que a cada kilómetro se hace aún más grande si cabe.

El trabajo de Miguel Ángel Rebollo en la dirección de arte es colosal. La realidad es que ‘El muerto y ser feliz’ conjuga una serie de trabajos que son probablemente lo más destacado del cine de un país que se suele refugiar en historias convencionales. El sonido es impecable y la tarea no era sencilla: todos los detalles se escuchan sin nada que les entorpezca –fabuloso momento de aislamiento el de Érika ensimismada en la parte trasera del coche-.

El dolor de Santos es mostrado desde un interior que se consume sin piedad pero que no por eso se esconde y se detiene. Las escenas con la morfina son precisas y el espectador asiste al momento de alivio de ese caballero al que cada vez le pesa más la armadura. Sin morfina, pero sí con ‘el paco’, sucede una de las secuencias más delicadas y a la vez impactantes de todo el metraje: en una habitación de hotel mientras que Santos toma ‘el paco’ y  sus efectos hacen mella en él y por qué no, en Érika como espectadora que sufre porque siente. Todo en ella es tan formidable que ya por sí misma merecería un estudio.    

El humor también es una constante en la película, juega con elementos propios del surrealismo o del realismo mágico, siempre efectivo y en ocasiones hiriente, pero eso es la vida. ‘El muerto y ser feliz’ podría continuar, al igual que el mito, que se engrandece con el tiempo.

Javier Rebollo y su equipo han realizado una película redonda. Es demasiado triste que la Academia la haya olvidado en sus nominaciones. Realmente da miedo pensar en el cine que busca la Academia, más que miedo, pena. No hay una sola de las categorías que se nominan en la que ‘El muerto y ser feliz’ no destacase con diferencia. Nuevamente es el extranjero quien da cabida a la película. ¿A qué viene que el propio cine español no apoye el buen cine español?

Sin duda alguna, la película de Javier Rebollo será el acontecimiento creativo de mayor envergadura –junto con ‘Amor’ de Haneke- que tendrá lugar a lo largo de 2013 , y sino, al tiempo.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'SILLY DEATH'. Elige tu propia aventura


CRÍTICA DE TEATRO

'Silly Death'
Autores y compañía: Nornas Teatro
Café Teatro Arenal (Madrid)

Nornas Teatro plantea una obra que puede encajar en diferentes contextos y el resultado siempre es satisfactorio. Envueltas en un aire-homenaje a Agatha Crhistie, logran mantener al espectador a lo largo de setenta minutos en un viraje emocional que abarca desde un asesinato, a ser juez y parte pasando por las sospechas, los sobornos, las certezas y las impurezas. Esa ‘responsabilidad’ obliga al patio de butacas a ser parte activa de un espectáculo que toma diferentes virajes y en el que cada actriz pelea por llevar la complicidad a su terreno.  El quorum del respetable es manejado a su antojo por los tres roles diferentes de mujeres que han podido ser las causantes de la desgracia.

Las sospechas que generan y las trampas a las que van sometiendo a cada intervención, consiguen que la intuición pase a ningún plano. Nada está premeditado, lo que  aporta un punto más a un planteamiento de función que nunca es igual –en esta obra con más razón y sin recurrir a la ya tópica frase de que el teatro está siempre vivo- y cada paso en falso puede transformar la resolución.

El trabajo que realizan las en todo instante resolutivas y enigmáticas Cristina Alonso, Amparo Bertomeu y Laura Garmo aporta vuelcos sustanciales que les permiten iniciar suntuosos juegos en donde nada es lo que parece. Sus múltiples funciones escénicas consiguen que los giros en una trama que avanza en zig zag tenga su foco receptivo en un público que busca la empatía en cada movimiento de ellas y al que le gusta sentirse responsable del rumbo definitivo que tomará el espectáculo. Aunque consiguen estar a gran altura, es cierto que en el conjunto pueden existir ciertas desigualdades, si bien no afectan a la globalidad de un resultado que consigue con creces ofrecer un teatro tan vivo como necesario.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'CAMACHO: FÚTBOL INDÓMITO'. Jesús Gallego




CRÍTICA LITERARIA

'Camacho: fútbol indómito'
Autor: Jesús Gallego
Editorial: Al Poste
Año: 2012
Páginas: 208


BIOGRAFÍA DE GRADA

La fotografía tiene el poder de inmortalizar detalles. El calor jugó una mala pasada a José Antonio Camacho en aquel Mundial de Corea de 2002. Ni la cólera pudo secar el sudor que brotaba de la camisa del entonces seleccionador nacional. La estampa dejó al descubierto, una vez más, la imagen que se tiene del murciano, un hombre de carácter, brutalmente sincero, ajeno a la dictadura del 'look', abnegado sufridor y con un agradecido punto populista. Es esa la perspectiva, y ninguna más, desde la que Jesús Gallego, periodista de la Cadena Ser, afronta la labor de perfilar la figura del ex jugador del Real Madrid y actual entrenador. 'Camacho: fútbol indómito' se nutre básicamente del testimonio del biografiado y esporádicos entrecomillados de compañeros cercanos que no hacen más que verificar lo expresado por el protagonista. Hay pocas noticias del autor, ensombrecido por la continua reivindicación de sinceridad, honestidad y cercanía que revela del Camacho futbolista y técnico. Gallego escribe desde el cariño reverencial y opta por la sencillez de estructurar el contenido por capítulos perfectamente delimitados. No hay sorpresas por el recorrido, apenas se entra en detalle en los momentos más controvertidos y todo queda en lo que se podría definir como una biografía con la testosterona por las nubes.

Camacho todavía sigue en activo y se nota. Un profesional de primer orden, y el murciano lo es, sabe que debe medir sus declaraciones públicas, como es el caso de esta biografía. Esta -lógica- cautela obstaculiza una aproximación más directa a aquellos temas que más puedan interesar. El libro no entra en el vestuario, se queda en la grada. Hay que rebuscar para encontrar detalles apreciables. Y existen, como cuando se tratan sus tres temporadas en el Osasuna (2008-2011), casi una tortura en lo personal. Un sector de aficionados nunca perdonó su pasado madridista. Otro aspecto destacable es cuando Camacho, icono del fútbol español de los 80 desde el lateral izquierdo, compara su generación con la actual, a nivel de calidad y resultados. La diferencia es tan brutal en su opinión que solo queda la opción de sentarse y disfrutar de lo que probablemente sea irrepetible. Su paso por el Rayo Vallecano deja alguna perla en su relación con Ruiz Mateos y se echa de menos algo más de picante en sus dos fugaces pasos como entrenador del Madrid, más allá de sus choques con Ronaldo -Roberto Carlos ejercía de intermediario entre ellos- y su nula complicidad con el fenómeno  de los Galácticos, a pesar de manifestar su cariño por la figura de Florentino Pérez.

Así es el Camacho de este libro, el mismo que ya conocía la opinión pública. Aquel que sangra, no pide el cambio y sigue jugando con la venda en la cabeza de México '86, el catalizador emocional de las remontadas europeas ochenteras del Bernábeu, el que  regresó tras dos años de lesión, el tenaz preparador que viró el rumbo de la selección tras la grisura de Javier Clemente y el hombre rebosante de adrenalina capaz de dejar plantado al Madrid de sus amores hasta en dos ocasiones. Nada que el verdadero aficionado no supiera de antemano.

RAFAEL GONZÁLEZ

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