'KICK-ASS 2'. Mark Millar y John Romita Jr.




CRÍTICA LITERARIA

'Kick-Ass 2'
Autor: Mark Millar y John Romita Jr.
Editorial: Panini Comics
Páginas: 200
Año: 2012


DE LA NOSTALGIA NO SE VIVE

El factor económico ha propiciado la aparición de la secuela del ya mítico 'Kick- Ass'. La primera entrega poseía una buena dosis de mala leche, desencanto y desequilibrio que conjugaba notablemente con el 'frikismo' y los desbarajustes sociales y emocionales.

Su adaptación al cine le quitó mucho ingenio y realidad al original, pero aun así fue resultona y evidentemente tuvo una excelente recaudación. La secuela –ya se ha filmado también- viene muy dañada por la ineficaz influencia que han causado ‘Los vengadores’ o ‘La liga de la justicia’. En esta ocasión, una serie de ciudadanos se han unido a Kick-Ass en su lucha contra el mal. Su aliada Hit-Girl, como le sucedía a Bruce Lee en ‘Kárate a muerte en Bangkok’, ha prometido a sus padres de adopción no luchar más y  renunciar a cualquier contacto con amistades pasadas. Esta especie de unión de hombres disfrazados no sólo se encarga de desmantelar timbas de mafiosos sino que acude a albergues y ayuda a los necesitados. Como contraprestación se mueve la venganza del hijo del antiguo villano. Ha reclutado a base de talonario a un ejército con mucho peligro.

Evidentemente, el jugar a ser superhéroes o supervillanos se les escapa de las manos y se producen heridas, muertes y represalias. Todo parece fuera de control en una historia que peca de complaciente y previsible, pero que en varias de sus páginas despliega ciertas sutilizas que entroncan con la primera parte.

Los buenos momentos son demasiado escasos, pero bien se puede disfrutar de los dibujos, el entintado y algún que otro matiz  -como parte del final- que quizá deje en puntos suspensivos la posibilidad de una tercera entrega, pero eso lo decidirá la taquilla.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'EL ENCANTADOR. NABOKOV Y LA FELICIDAD'. Lila Azam Zanganeh




CRÍTICA LITERARIA

'El encantador. Nabokov y la felicidad'
Autora: Lila Azam Zanganeh
Editorial: Duomo Ediciones
Páginas: 207
Año: 2012


EL BRILLANTE JUEGO DE LA IRREVERENCIA

El descaro y el talento que desprende Lila Azam en su valioso homenaje a Nabokov se adentra en un modelo original  de biografía que poco se practica y que resulta de una utilidad primorosa.  Todo parte de la felicidad que le provoca Nabokov y se adentra en la auténtica biografía de su estilo. Esta aproximación la realiza con trampas y guías que fusionan el diálogo de dos escritores en dos tiempos.  Todo es generado desde un respeto y un ingenio  tan poco definibles que dejan a un lado la espesura textual y la hojarasca académica para centrarse en la conexión de lo ya escrito por Nabokov y su influencia en ella, la autora.

La fórmula amor más memoria partido por conciencia da como resultado el tiempo 'nabokoviano'. En ese baremo se mueve la autora que no renuncia a relevar datos curiosos –como el del pueblo de Texas llamado Lolita que, tras la aparición de la novela, considerara la posibilidad de cambiar el nombre por el de Jackson- y de analizar la pasión del escritor ruso por las mariposas, o sus notas, sus anhelos de infancia, sus mentiras o sus lecturas a Vera, su mujer.

Lila Azam no pretende realizar una biografía al uso como bien puede ser la de Bryan Boyd. La autora se centra en ese impacto que causó en ella la recepción de las novelas de Nabokov y ofrece su rastreo, como buen detective, de sus huellas.   Más que una aproximación se puede hablar de un baile que combina precisión narrativa y ficción con sugerente engaño, respeto y amor. Se adentra fenomenalmente bien en ese proceso subjetivo y no objetivo que es la lectura y lo muestra en ese impacto de las obras del escritor ruso. No trata de convencer, sino de  ilustrar ese campo vital que se conecta entre ambos –que ella cree, como buen estricto seguidor de Nabokov-.

La mezcla de veracidad y ficción se entrelaza continuamente -muy al estilo de Sebald- para ofrecer dinamismo a ese virtuoso juego de una autora tan documentada como poco pedante en su exposición. La falsa entrevista a Nabokov, los encuentros con su hijo Dimitri, los recuerdos entrelazados, las convivencias, la escritura, los viajes,  los títulos y la felicidad se dan cita en una aproximación biográfica tan original como llamativa que sitúa a Lila Azam en la primera fila de autores con mayor proyección, aunque su confirmación sea un hecho ya.
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'EL GRAN GATSBY'. Las lágrimas de Fitzgerald



CRÍTICA DE CINE

'El gran Gatsby' (Baz Luhrmann. Australia, 2013. 143 minutos)

El realizador Baz Luhrmann dio  en el clavo con ‘Romeo + Julieta’ y la combinación de la música con su estética de videoclip casaba con el original de Shakespeare -¿qué autor permite que sus obras encajen tan excelentemente bien en cualquier momento o contexto?- y funcionaba como una aproximación muy original y repleta de ingenio. Con ‘Moulin Rouge’ exacerbó la fórmula de estética de videoclip, pero con una historia más propia de una telenovela que otra cosa. Lo cierto es que impactó y visualmente consiguió que fuese un éxito. Con ‘Australia’ de nuevo apostó por la telenovela rosa pero con tintes épicos y el resultado se resintió. Rescatar ‘El gran Gatsby’ es jugar con un excelente texto, aunque los fuegos de artificio empleados han explotado en la cara a un Luhrmann que no ha sabido tomar el pulso a Fitzgerald, del que no se ha realizado una adaptación ni medio decente de lo que han sido sus textos –algo similar a lo que ocurre con Philip Roth-.

El director australiano no se preocupa en absoluto por lo que tiene entre manos y sigue confiando en esa fórmula de canciones fuera de contexto que encajan en una sucesión de imágenes espectaculares e impostadas. Pero no, su Gatsby naufraga desde los primeros instantes. No queda nada de esa radiografía de la alta sociedad de aquellos años 20, en realidad no queda nada de nada. Es posible que Luhrmann sea muy bueno realizando videoclips, pero en lo relativo a hacer películas su perpetua obsesión por la sucesión desenfrenada de fotogramas vacíos consiguen lastrarlas hasta ser nada. Quizá en el campo del videoarte tenga mucho sentido todo lo que propone, pero en una novela tan bien estructurada sus propuestas quedan desencajadas en la artificiosidad de un 3D que parece haber creado para contentarse él.

La adaptación es un juego desinteresado con el texto de Fitzgerald. No se han molestado en atender a lo que dejaba bien claro el autor y han preferido regodearse en esa opulencia de dinero, envidias y  amantes. Intentan dar  puntadas pero en los telares equivocados. Tirar por la borda una escena de tanta tensión como la que se protagoniza en la habitación del hotel en donde ese caos en el que convergen envidias, celos, amor, odio, engaño, ira y alcohol la transforma el director australiano en un despropósito cargado de caricaturas. No hay momento alguno en el que la obsesión de Luhrmann no se vea contaminada por dejar constancia del alardeo de presupuesto mediante la espectacularidad.

Cuando decide dejar de jugar a ser creador de videoarte, la película toma su pulso. El texto de Fitzgerald es potente en cuanto se le mima un poco. Las palabras y las descripciones ofrecen la solución al instante. Por desgracia, esto sólo dura pequeños instantes y el film regresa al tedio ya conocido.

Bajo el subtítulo de ‘El gran casting’, Leonardo Di Caprio batalla por intentar que su Gatsby salga airoso, pero la dirección no le ofrece la mesura necesaria en ciertos momentos y su esfuerzo no es suficiente para levantar el resultado. Tobey Maguire continua explorando el campo de muecas que debió aprender en ‘Spiderman 3’ y aunque tiene buenos momentos, su personaje queda un tanto desdibujado. En ocasiones, ofrecer un papel no apropiado a un actor le condena más que le ayuda, como ha ocurrido con la excelente Carey Mulligan, que se ve nadando sola en alta mar sin encajar en una Daisy que no refleja ni explora ese torbellino de emociones y sentimientos que le acompañan.Los demás personajes juegan mucho con los estereotipos dentro de la estética. La exageración desmesurada de sus actos encaja en ese desborde de efectos especiales que justifica presupuestos.
 
Las palabras de Shakespeare pueden tolerar casi cualquier cosa, las de Fitzgerald, no. Baz Luhrmann sólo tiene una fórmula para todos sus proyectos y parece que se ha agotado –aunque con el bombo de publicidad con el que han desbordado, la taquilla, aunque insatisfecha, dirá que no-. Es posible que si es capaz de aguantar él mismo un nuevo visionado de su película, tome conciencia de que hay que escribir un guion con detenimiento y no crear las imágenes primero para adaptarlas a cualquier escrito.
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'PARECÍA UN BUEN FICHAJE'. Miguel Gutiérrez




CRÍTICA LITERARIA

'Parecía un buen fichaje'
Autor: Miguel Gutiérrez
Editorial: Córner (2013)
Páginas: 234



YO TAMBIÉN JUEGO AL FÚTBOL

Hoy pocos se acuerdan de la Ley Bosman. En su momento, mediados de los 90, dinamitó la liga española, constreñida a los cuatro foráneos, uno en el banquillo, en las plantillas de cada equipo. Rompió fronteras, pero fundamentalmente quebró el mercado, lo agitó y mareó hasta volverlo loco. Había algo de opereta en todo lo que se vivió en aquella época alrededor de la bolsa de fichajes. Empezaron a aparecer futbolistas de origen exótico, se puso en el mapa a ligas hasta entonces invisibles y se abrió la veda para la chanza más que para la calidad. La liga profesional no subió de nivel, pero sí creció la diversión. ‘Parecía un buen fichaje’ trae al presentE aquellos años de locura mercantil, una mina de oro sin explotar para el periodismo. Miguel Gutiérrez tira de sus recuerdos y sobre todo de la hemeroteca de los principales diarios deportivos. Escasean, y a veces se echan en falta, los testimonios directos, que elevarían casi hasta lo sociológico, el tono general del libro.
 
En ‘Parecía un buen fichaje’ se concentran muchos de los ídolos del ‘frikismo’ deportivo. El autor hace bien en ese sentido en tratar con respeto a cada uno de los protagonistas. No se los toma a broma y elabora perfiles lo más serios posibles –apenas se cuela algo de ironía en sus textos-, aunque involuntariamente en el lector no tarde en aparecer la sonrisa ante tamaña acumulación de fatalidades y disparates. Es un trabajo de corte periodístico, de escritura directa y sin apenas literaturizar historias que, por otro lado, darían facilidades para hacerlo, aunque se saldría de la táctica propuesta por el autor. Hay tanta ficción en muchas de estas peripecias (Edwin Congo, Sergé Maguy o Marcelo Sosa –fichaje de cine, ya leerán-), incluso alguna haría las delicias de los mejores autores del surrealismo, que no precisan de un barniz literario.
 
El aficionado al fútbol se reencontrará en estas páginas con muchos de aquellos futbolistas noventeros que tuvieron sus contados minutos de gloria para después desaparecer misteriosamente. Es ese otro fútbol, el alejado de las portadas, los trofeos y los triunfos, también necesario. ‘Parecía un buen fichaje’ es así un anecdotario en su máxima expresión. A fuerza de rebuscar entre lo ya conocido –el malditismo de Spasic o Prosinecki-, el futbolero sacará jugo a capítulos como los protagonizados por Stan Collymore -61 días en el Oviedo y típico caso de ‘hooliganismo’ sobre el césped, interesantes los extractos de su biografía-, los caprichos de Johan Cruyff, el circo de Jesús Gil y Gil y el despilfarro ilimitado de Lorenzo Sanz. En un tiempo en el que la velocidad lo devora todo, es agradable darse un plácido paseo por la cara B de un fútbol no demasiado alejado en el tiempo pero sí en cuanto a contexto. Aquellos extraños años.  

RAFAEL GONZÁLEZ

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'SEARCHING FOR SUGAR MAN'. Apología del No Muerto



CRÍTICA DE CINE

'Searching for Sugar Man' (Malik Bendjelloul. Suecia, 2012. 85 minutos)

A nadie le puede extrañar que un documental tan sencillo en apariencia como emotivo e inteligente se haya hecho con el Oscar en 2013 en su categoría. La apuesta que realiza Malik Bendjelloul se desarrolla con pulso firme en todo lo que se refiere a la búsqueda de Sixto Rodríguez, aquel cantante de origen incierto que había vendido millones de discos en la Sudáfrica del Apartheid y del que nadie en América sabía nada.

Los orígenes un tanto difusos se exponen en un documental que recorre tugurios, charlas y música para combinarlo con idas y venidas en el tiempo para así establecer un ritmo casi frenético a esta historia plagada de misterio y buenas letras. A medida que el espectador va descubriendo la sucesión de acontecimientos, el guionista y director emplea esos instantes especiales de la música de Sixto Rodríguez para que sea ya un personaje más en todos aquellos encuentros y desencuentros.

Las entrevistas no tienen el mismo registro que abunda en el género y se han escogido momentos puntuales que reflejan que el ritmo acertado de la producción enlaza a las mil maravillas con los desencadenantes de la historia. ¿Cómo puede un hombre vender millones de discos y ser el último en enterarse? Aquí entra esa picaresca de los productores musicales que evaden la cuestión. Malik Bendjelloul no hace más leña de ese árbol caído pero que expone para que el espectador tenga conciencia de todo lo acontecido.

Descubrir que alguien que se pensaba muerto no lo está y que es posible verlo en concierto está plagado de humor, hecho este muy acertado para que el documental refleje con destreza todas esas circunstancias del azar y lo que se puede conseguir mediante un curioso anuncio por Internet. La dirección es muy cuidada y la fotografía sabe combinar las texturas de tiempos pasados para que siempre se tenga un racord casi similar, del que se saca partido en el resultado final.

La historia no deja de ser un acontecimiento y ofrece el descubrir a un personaje tan mágico como interesante en la figura de Sixto Rodríguez, voraz lector que vive siendo obrero de la construcción y que no se interroga por lo que su vida hubiese podido ser en caso de seguir lo que debió ser el acontecimiento natural de los hechos. La situación del apartheid se aborda con apuntes precisos en los que se comprende a esa sociedad y lo que la música les daba mediante respuestas en las letras de Rodríguez.

‘Searching for Sugar Man’ se transforma en un documental tan fresco y ágil como original que demuestra que para llevar a cabo una buena idea en ocasiones sólo hace falta trabajarla bien con un equipo reducido que se implique. Obra magna que ha de servir como ejemplo para demostrar que en la vida a veces se acierta.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'HISTORIA DEL ARTE EN 70 MINUTOS'. Pinceladas de humor


CRÍTICA DE TEATRO

'Historia del Arte en 70 minutos'
Compañía: Seven Inks
Autory dirección: Ernesto Filardi
Teatro Arenal de Madrid. Hasta el 2 de junio

La compañía Seven Inks vuelve a la carga con un nuevo montaje. Y regresa con el formato que ya probara en su anterior producción, ‘Historia de España en 70 minutos’, que tanto éxito de público está teniendo.
 
Ahora se atreven, porque saben y pueden, con la historia del arte universal, centrándose, en las disciplinas de pintura, escultura y arquitectura, pues de alguna forma había que acotar. Materia menos peligrosa ‘políticamente’ hablando, pues es difícil que nadie les acuse aquí de excesivamente ‘propicassistas’ o de radicales impresionistas (aunque por discusiones acerca del arte ha habido duelos al amanecer), pero narrativamente mucho más complicado y mucho más fácil de errar por ambos lados: por defecto, siendo demasiados simplistas o previsibles, o por exceso, intentando abarcar todo sin contar nada y olvidándose del teatro.
 
Pero saben y pueden, y en los setenta minutos que dura más o menos la obra logran dar una visión completa y clara de lo que ha sido el arte, su evolución y sus enfrentamientos. Lo hacen imprimiendo su sello, con gran dinamismo y sentido del humor. Los tres actores entran y salen continuamente  del escenario cambiando de personajes sin solución de continuidad, sin que en ningún momento el público se pierda o queden parecidos unos a otros.
 
La pieza tiene varios aciertos en su planteamiento que se agradecen. Optar por no centrase en una visión eurocéntrica, en el arte occidental, es uno de ellos. La obra da cabida a las expresiones artísticas de otros continentes (aunque evidentemente predomina la cultura occidental, puesto que es la autóctona) y no de manera exótica, a modo de anécdota, sino con la importancia que debieran merecer tanto a nivel artístico como a la importancia que dan a sus escenas en la obra.
 
También intenta romper con la historiografía cronológica, dando saltos en el tiempo, lo que da frescura y aún más ritmo a la historia, además de huir de esa especie de escolástica que no termina de irse, como si no se pudiese explicar a Durero a partir de Manet.
 
Aciertan también con la decisión de presentar de manera anacrónica, y gamberra a varios personajes, actualizándolos y cargándolos de verdad y humor, jugando con los estereotipos que se tienen de determinados artistas.
 
Son setenta minutos en los que se dan pinceladas. No se trata de una clase magistral de historia, esa no es la intención, sino de abrir el apetito y la curiosidad por conocer a esos autores que salen apenas unos instantes, presentar de otra forma menos académica al arte, desde las pinturas rupestres al constructivismo, pasando por Goya, Hooper o Miguel Ángel o algún anónimo escultor africano. Se podría decir que falta alguno pero no que sobran personajes en este recorrido en el que se combina de manera eficaz la didáctica con grandes dosis de humor. Humor que tiene la cualidad de considerar al público inteligente, abordándolo sin condescendencia.
 
En definitiva, una obra divertida, que sabe de lo que habla y lo que quiere contar, que se acerca al arte sin complejos ni miedos, de forma desenfadada, permitiéndose bromear de forma seria sobre ello. Divertir, instruir, aprender a acercarse al arte de una forma más próxima, menos severa. Haciendo un símil, no se trata de  realizar la obra pictórica por completo, sino de esbozarla, de poner los primeros colores, las primeras líneas. Eso sí, aquí se huye del brochazo y se trabaja la pincelada.

BENJAMÍN JIMÉNEZ

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'EL SIGLO DEL PENSAMIENTO MÁGICO'. Ignacio Martínez de Pisón




CRÍTICA LITERARIA

'El siglo del pensamiento mágico'
Autor: Ignacio Martínez de Pisón
Editorial: Libros del KO
Páginas: 57
Año: 2013


ABONADO A LA LITERATURA

Fichaje esperado el de Libros del KO para su colección ‘Hooligans Ilustrados’. La editorial añade a la plantilla de pequeños cuadernos dedicados a clubes de fútbol al Real Zaragoza, un ilustre, aunque ahora lleve demasiado tiempo en baja forma. ‘El siglo del pensamiento mágico' respeta el formato elegido por Libros del KO para esta colección: un escritor o periodista en activo hace un breve repaso de su relación con el club del que es aficionado, una crónica entre lo sentimental y lo didáctico en la que sobresale el cuidado puesto en el producto final. El proyecto alterna crónicas memorables (el caso de la aproximación al Espanyol por Enric González) con otras por debajo de las expectativas previas y demasiado ceñidas a lo personal.
 
‘El siglo del pensamiento mágico’ bordea las dos áreas, aunque finalmente se acerque más al primer grupo por su carácter extensivo y su fluida lectura. De inicio, la tarea de Ignacio Martínez de Pisón no parecía sencilla. Hay pocos clubes que hayan dado tanto juego en lo literario como el Real Zaragoza, en paralelo a la fertilidad de Aragón en cuanto a número y calidad de escritores. El 75 aniversario del club en 2007 posibilitó la aparición de un amplio volumen titulado ‘Cuentos a patadas’ coordinado por el añorado Félix Romeo. Y el gol de Nayim, aquel chut que subió hasta casi tocar la luna y bajó para acariciar la red custodiada por Seaman igualmente motivó la aparición de varios libros recordando la hazaña. Había en todo lo que rodeó a aquella noche parisina de 1995 material para la épica y, por lo tanto, para la literatura. Martínez de Pisón es consciente del peso del pasado y no duda en citar esos referentes y dedicar uno de los diez capítulos a aquella Recopa. Y aunque el libro es corto y se lee en apenas unos minutos, deja la sensación de haber cubierto muchos frentes, desde el personal al histórico, desempolvando interesantes anécdotas y aclarando el lugar que ocupa el Real Zaragoza tanto en la biografía del autor como en el mundillo del fútbol español.
 
Martínez de Pisón va a lo obvio pero también saca a la luz detalles menos conocidos. Descubre a otra de las leyendas del zaragocismo, Pardeza, un intelectual con el que pasaba horas y horas analizando libros y lecturas. Saca partido a la nostalgia al rememorar a la entrañable y hoy desaparecida Peña Milito, formada por un núcleo duro de escritores aragoneses en homenaje a aquel defensor argentino de rizos rubios repudiado por el Real Madrid Y no duda en recordar como se merece a aquel Zaragoza sesentero de los ‘Cinco Magníficos’. Allí ve el escritor el origen de ese gusto por el buen fútbol de la parroquia maña, tan exigente en los buenos momentos como fiel en los malos, últimamente casi todos. Esa idiosincrasia se funde, explica De Pisón, con contradicciones como el título de Real que ostenta un club nacido oficialmente en plena Segunda República (1932) u otra que se esconde en la sala de títulos. Los dos trofeos de mayor repercusión que ha ganado el Real Zaragoza, la Copa de Ferias y la Recopa, ya no existen. Son vestigios de un pasado que engrandeció al club, le dio fama y aficionados y hoy se echa de menos. De hecho, a pesar de que sí se canta el gol de Galleti en la Copa del Rey del 2004, el presente apenas ocupa espacio en este libro. El resultado final, en una perspectiva global, deja buen sabor de boca y endereza la línea algo irregular de este interesante proyecto apadrinado por Libros del KO.
 
RAFAEL GONZÁLEZ

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'EL RAYO MORTAL'. Daniel Clowes




CRÍTICA LITERARIA

'El rayo mortal'
Autor: Daniel Clowes
Editorial: Reservoir Books (2013)
Páginas: 56



RENACIENDO CON SUPERHÉROES Y NICOTINA

El multipremiado y reconocido Daniel Clowes ha pretendido con ‘El rayo mortal’ aportar un punto un tanto diferente a lo que vienen siendo sus historias, pero sin apartarse de lo que son.  No hay que olvidar que sus personajes son siempre muy parecidos, es más, podría ser el mismo en todos sus relatos. No hay vez que no refleje  un perdedor, egoísta y con vida desaliñada que siempre se refugia en otros semejantes de parecidas características. Son personas que se detestan a sí mismas pero que a su vez no hacen nada por cambiar más allá de lo que son intenciones que se diluyen repentinamente.

Lo bueno y a la vez lo peligroso de Clowes es que se reconoce muy bien su obra, pero tampoco parece explorar nada que vaya más allá. Tampoco es necesario. Muestra su estilo y se mantiene fiel al mismo. Con ‘El rayo mortal’, aunque abundan esos personajes ya vistos, hay un elemento que difiere, y es la creación de una especie de superhéroe. Este cambio es un aliciente más que interesante en una obra que combina a perdedores egoístas y marginados con ese superhéroe que intenta poner orden –cuando quiere y a su modo, o al que le influyen- con todos aquellos que no son lo que han de ser. 

El origen del superhéroe basado en la nicotina no deja de ser un elemento muy original. Contrasta con todas aquellas campañas que exponen lo perjudicial que es este compuesto. En este caso no es que no le mate, sino que le hace más fuerte. Evidentemente siempre tiene que haber unos orígenes en unos experimentos previos de su padre… pero Clowes lo realiza con inteligencia y no lo convierte en ningún tópico.

La influencia, las relaciones familiares, los anhelos sexuales, los abusones, el paso del tiempo, la soledad, el vacío… todo conforma ese mundo que es tan común a todos pero que el ‘superhéroe’ vive con tanta intensidad sin saber nunca si el paso que dará será el correcto. La expresividad del dibujo de Clowes consigue que todos estos matices emotivos estén reflejados sin que resulten demasiado notorios o impostados. La transición episódica y de las propias viñetas es muy interesante y efectiva. Sabe contar muchas cosas en no excesivas páginas. También consigue generar ese estado de inquietud que posee cada acción. La historia está muy por encima de relatar algo concreto, va captando ciertos momentos que combina con las acciones de unos personajes que se desarrollan sin dejar interrogantes. No hay un final que vaya más allá de la soledad, no es una trama clásica, eso se agradece y que no haya supervillanos, claro. 

Clowes sigue siendo fiel a sí mismo, pero aporta un giro que le proporciona oxígeno a su inconmensurable talento.
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'MARX EN LAVAPIÉS'. Añoranza, cerveza y estilo



CRÍTICA DE TEATRO

'Marx en Lavapiés'
Dramaturgia: Benjamín Jiménez de la Hoz (basada en 'Marx en el Soho', de Howard Zinn)
Dirección: Victoria Peinado Vergara
Compañía: TurliTava Teatro
Teatro de la Puerta Estrecha (Madrid). Hasta el 29 de junio

Adaptar una obra – y más a teatro- tan compleja como ‘Marx en el Soho’, del fallecido Howard Zinn, no era tarea sencilla.  Permite dejar  constancia, una vez más, que la compañía TurliTava no se acomoda en su condición de ser una de las formaciones revelación del  año pasado y continúa investigando y realizando producciones que se salen del formalismo que expone la angustiosa cartelera teatral  en la actualidad.
 
Desde la adaptación, realizada con tino y suspicacia por Benjamín Jiménez, ya se establece esa conexión entre ambos tiempos –el que conforma lo que fueron y en el que están a día de hoy- de los personajes y sus situaciones en lo referente a una actualidad tan conocida por todos y que no lastra en absoluto el significado de la obra original. Las nuevas aportaciones imprimen mayor ritmo a las réplicas y consiguen que todo sea aún más reconocible.

La dirección de Victoria Peinado Vergara es sumamente hábil. Pese a tener la obra un alto contenido político, ha sabido conjugarlo con unas dosis de humor que hacen que el espectáculo avance con un dinamismo notable. La propia adaptación del título es ya una declaración de intenciones. El principio es crucial para establecer el pacto de ficción con el espectador. En un patio tan entrañable como sugerente se realiza una presentación de los personajes en la que se descubre que Marx es encarnado por una magnífica Beatriz Llorente. Lo que sería ese referente de barbas que puede tener el espectador se cae en ese instante para captar la atención de inmediato, en un cambio que incluso permite ver a la figura del autor de ‘El capital’ de un modo más entrañable. Este modo de actuar es equiparable al de las introducciones de las películas de James Bond, en las que se presenta al personaje para después ya dejarle campar a sus anchas.

A continuación –con cerveza de regalo- se pasa a la taberna aparentemente clandestina en la que  sucede la acción. De nuevo, otro acierto. Los actores se pasean entre el público y le hacen partícipe de muchas de sus decisiones y esto consigue atrapar al espectador. Resulta de mucha utilidad que los actores no estén regidos por unas marcas en sus acciones. Les permite no mostrarse encorsetados, van y vienen según sea la situación de cada escena.

Los personajes de Marx y Bakunin se adaptan a sus nuevos cuerpos no sin dificultad. Marx pasa de ser ese hombre grande, barbudo y ‘ciertamente machista´ a transformarse en una mujer combativa. Parece el mismo proceso que utiliza Kureishi en su relato ‘El cuerpo’, pero en Marx todo tiene mucho humor. Bakunin, interpretado con rotundidad y versatilidad por Francisco Valero, ofrece a ese anarquista –intenta reclutar afiliados entre el público- que sigue siendo y que se enfrenta sin pelos en la lengua a un Marx que, evidentemente, no es marxista. Su trabajo evoluciona para ir transformándose en ese anarquista con tintes de okupa que podría ser en la actualidad. Como punto de conexión en la balanza que une a ambos amantes de la lucha que se odian se encuentra la hija predilecta de Marx, la combativa  Eleanor, interpretada por la sugerente Nora Gerigh, que pone mesura en las guerras internas de Marx y Bakunin. Su interpretación va evolucionando –incluido monólogo emotivo- hasta llegar a ser ella la que controla cada una de las acciones y pone fin a cada arrebato de grandeza de cualquiera de sus compañeros de taberna. Son muy ingeniosas sus discusiones familiares, en las que se aprecia –quizá sea uno de los motivos de su transformación- el comportamiento de Marx con su mujer o con las parejas de su hija. Estos duelos dialécticos ofrecen una clara radiografía del modo en que vivía y su evidente egoísmo emocional. El número musical que forman los tres personajes está muy bien introducido y sirve para relajar enfrentamientos y limar añoranzas.

No hay que olvidar que se parte de un texto en prosa y el conseguir el dinamismo y la fluidez de todo lo que exponen los actores convierte a ‘Marx en Lavapiés’ en una obra que saca partido a cada acción. Los momentos más ásperos políticamente hablando resultan en ocasiones un tanto largos pero se combinan con destreza con el humor de unos personajes que a veces parecen haber regresado al patio de colegio –con pelea incluida-.  Toda esta combinación de elementos se ve favorecida por la iluminación de Enrique García, que ensalza esos momentos digresivos consiguiendo crear ese ambiente propio de taberna algo difuso que incluye tintes dulces, como en el monólogo de Eleanor. La escenografía de Jana Pacheco funciona bien, pero es posible que se hubiese podido sacar aún más partido de ella integrándola de un modo más activo en el desarrollo del montaje.

‘Marx en Lavapiés’ es una obra tremendamente viva. La labor de dirección ha conseguido que cada representación vaya creciendo por el oxígeno que ha generado en su puesta en escena. La obra interroga y comunica el pasado con el presente, posiblemente demostrando que todo es cíclico. Montaje con fuerza que, al igual que los personajes con sus cervezas, brinda con el público por reflejar que, con producciones como esta, el teatro nunca estará en crisis, al menos desde una perspectiva creativa y crítica.
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'IRON MAN 3'. ¿Pero sale Iron Man?


CRÍTICA DE CINE

'Iron Man 3' (Shane Black. Estados Unidos, 2013. 130 minutos)

La tercera parte de la exitosa franquicia mejora en algo a la segunda pero se vuelve a quedar muy lejos de la primera. El éxito –casi inesperado- de las aventuras de ‘Iron Man’ incurría en una opción novedosa: por una vez se apostaba por un crápula, vividor, mujeriego y con un gran cerebro como es el personaje de Stark/Iron Man como héroe, interpretado por un carismático Robert Downney Jr. Esta decisión debió ofrecer muchos quebraderos de cabeza a una industria tan reservada en lo que a  conductas inmorales se refiere como la de Hollywood. De repente alguien que apostaba por la promiscuidad sin por ello descuidar sus logros personales, suponía una lucha muy contraria ante el orden establecido por otros héroes rectos como Superman o el Capitán América. La taquilla lo respaldó con una solvencia que superaba los mejores pronósticos. Con ello llegó el fin de Iron Man.

En la segunda y tercera parte, fundamentalmente en la tercera, el personaje no toma una sola consumición alcohólica y se vuelve un hombre recto que en nada recuerda a quién fue. En esta ocasión la historia, para intentar levantar el vuelo tras la intrascendente segunda entrega, recurre al pasado del personaje y a una conversación que arrastra la tragedia hasta nuestros días. Su relación estable con su ayudante/mujer –Paltrow- es evidentemente un motivo para dar cabida a los villanos y a sus chantajes. La inclusión de un nuevo director, Shane Black, aporta algo de mayor calidad  técnica, pero la historia no aguanta el pulso y a la hora de metraje se desinfla hasta llegar a cierto ridículo envuelto en una previsibilidad que posiblemente anuncien que por el momento no haya más partes. La incursión de actores de la talla de Ben Kingsley tampoco es un reclamo con suficiente fuerza, porque la cancha en la que le dejan situarse es bastante estrecha.

Resulta difícil de comprender el interés que ha mostrado la producción por destrozar aquellos cimientos de la primera parte. Si bien, hay que reconocer, que tampoco ‘Iron Man’ era una película extraordinaria, ni mucho menos, pero sí conseguía salirse de ese canon establecido de rectitud, pero en Hollywood con la moral no se juega, y claro, es lo que ha ocurrido.

Las gracietas de Stark son cada vez más inocentes y curiosamente, se ha decidido casi prescindir del propio Iron Man, dado que sale en muy pocas ocasiones. Son fundamentalmente prototipos imperfectos de robots los que participan mayoritariamente, dado que es la actividad con la que el multimillonario Stark vence su insomnio. Es muy interesante el giro sobre el villano y quién es realmente, aunque evidentemente, todo se va enunciando y la sorpresa no es tan grande. 
 
La orgía de explosiones y de robots creados por la mente privilegiada de Stark son un colofón lleno de nada que abulta más un presupuesto y justifica la utilización de unos medios digítales tan avanzados que pretenden amenizar una historia que termina siendo casi nada. Lástima que no se siguiese lo iniciado y se hayan refugiado en una taquilla y la sonrisa efímera de un público al  que por momentos entretiene pero sin nada más.
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'CHICAGO'. Luminosa muestra de teatro


CRÍTICA DE TEATRO

'Chicago'
Autor: Bon Fosse
Adaptación y dirección: Enrique Alba
IES Plaza de la Cruz (Pamplona)

Lo primero que hay que destacar en un montaje como el que ha dirigido Enrique Alba, es su destreza al manejar con soltura a más de veinte actores que campan y bailan por el escenario de un modo cohesionado y sin imprecisiones. ‘Chicago’ es un montaje que ha servido para catapultar al estrellato a directores como Sam Mendes y en el que, sin embargo, otros se han quedado únicamente en la artificiosidad y no han conseguido que el espectáculo fuese algo más que un gran presupuesto. Alba emplea con sutileza cada movimiento de los actores y muestra con creces  un talento basado en un resultado final muy acorde al libreto.

Optar por una serie de biombos sobre el escenario y saber jugar con inteligencia con las transparencias es un acierto en toda regla. El montaje conjuga muy sutilmente la entrega de unos actores que defienden con tesón sus personajes envueltos en  unas deliciosas coreografías que funcionan a la perfección.

El escaso presupuesto con el que han contado los miembros del Taller de Teatro Plaza de la Cruz es otra lección a esos montajes que lo necesitan y derrochan para paliar su falta de talento. En esta ocasión, el talento y el ingenio se muestran unidos por una coordinación que sitúa este montaje a una altura muy digna de verse en un teatro público.

Con ecos a Peter Brook, la puesta en escena está repleta de aciertos en los que el equipo artístico ha sabido manejar el texto que tenían entre manos y hacer de él un divertimento a todas luces. Los ambientes que se generan sitúan al espectador en su lugar y moldean su ánimo sin tener que recurrir a fuegos de artificio.

Cabe destacar a todo el equipo técnico y artístico por demostrar que hacer teatro muy pocas veces tiene que ver con grandes presupuestos.
 
ANDREAS WINKELMAN

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'LA CHUNGA'. Efímera y sin fuerza


CRÍTICA DE TEATRO

'La Chunga'
Autor: Mario Vargas Llosa
Dirección: Joan Ollé
Teatro Español de Madrid. Hasta el 16 de junio

Vargas Llosa es un excelente novelista, pero como dramaturgo sus resultados no son equiparables bajo ningún concepto. Tampoco la puesta en escena de ‘La Chunga’ ayuda a que este parecer pueda cambiar. La brillante escenografía de Sebastiá Brosa se ve lastrada por una dirección que no termina de sacar jugo a las situaciones que plantea. Lo primero y más lacerante para la obra es la cuestión de los acentos: no hay nada que justifique la deficiencia en este apartado. Supuestamente están en Piura (Perú), y hablan como perfectos castellanos, eso sí, de vez en cuando sueltan algunas palabras propias de la zona y se les escapa algún acento. Esto es un problema serio porque no se posiciona en ningún lugar.

Las interpretaciones son más bien flojas. Aitana Sánchez- Gijón no tiene la suficiente fuerza para hacer creíble a la Chunga. La crudeza de un personaje con semejante pasado se ve lastrado por una fragilidad que se muestra a las primeras de cambio. Sus arrebatos de ira llegan a ser un tanto cómicos y nada creíbles. Algo similar ocurre con Irene Escolar, su papel es tan plano que la sitúan nuevamente en un personaje que no es más que una niña mona y caprichosa que no tiene capacidad de nada. Su arco interpretativo es tan pequeño que el personaje queda en una nada que no invita a futuras interrogaciones. Sin duda alguna, del elenco que forman 'los inconquistables' (compañeros de taberna lastrados por la falta de empleo y frasco), destaca Jorge Calvo que nunca exagera y que defiende sus ensoñaciones hasta el final. Los demás se regodean en sus poses y en tonos demasiado recitativos para mostrarse en una taberna oscura y peligrosa de Piura.

Vargas Llosa muestra los momentos más interesantes en lo que son las ensoñaciones de unos individuos anclados en esa taberna sin futuro en la que juegan a los dados, beben y calientan motores para descargar su furia en el prostíbulo contiguo. Son escasos los momentos en los que no se ve todo demasiado impostado –en el propio texto se refleja así también-.

La idea del enigma del pasado de la protagonista y su forma de ser hubiesen sido realmente una buena idea. El mundo de la taberna se refleja también de un modo superficial y el de las relaciones personales se pierde en dimes y diretes que resuenan a ecos de lo que quizá hubiese podido ser pero que no es, al menos en este montaje.
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'IN THE FLESH'. Demasiado humano




CRÍTICA DE SERIE DE TELEVISIÓN

'In the Flesh' (Johnny Campbell. Reino Unido, 2013. BBC, 3 episodios)

Sin entrar en comparaciones, provoca envidia el acabado, riesgos y resultados de la mayor parte de las series producidas por la BBC británica. ‘In the Flesh’ es el ejemplo más reciente, una miniserie de tres capítulos dirigidos por Johnny Campbell (‘Shameless’). La idea del proyecto se nutre de un fenómeno que pasa por un momento gozoso a nivel de incondicionales. Los zombis sirven de contrapunto metafórico perfecto a la situación moral y ética que atraviesa la sociedad en la actualidad. Aparte de este ahora carente de dignidad, el mayor porcentaje de mérito se le debe adjudicar a ‘The Walking Dead’, cazadora de audiencias desde la sangre y la ética al borde del abismo. ‘In the Flesh’ coge impulso a partir de ese punto para lanzarse por otras vías. Aquí apenas aparece la hemoglobina, no hay sustos ni los personajes se ven obligados a tomar decisiones entre la vida y la muerte. Todo resulta más mundano, casi de andar por casa, lo que no le resta trascendencia al resultado, solo suma a favor de un componente realista que no se suele esperar en una serie que no deja de estar protagonizada por un zombi.

El punto de partida de ‘In the Flesh’ es sumamente sugerente, el reverso a ‘The Walking Dead’. Tras la resurrección de los fallecidos justamente dos años atrás se libró una cruenta batalla (llamada el ‘Amanecer) entre muertos vivientes y humanos. La victoria fue para los vivos, que investigaron a los supervivientes zombis hasta encontrar una cura. Ahora se les encasilla como pacientes del Síndrome del Parcialmente Muerto. Han peleado con los humanos, se han comido a muchos de ellos y ahora, ya curados, deben volver a casa, a reconstruir un presente. En ese después arranca ‘In the Flesh’, con la vuelta al hogar de Kieran, un joven que se suicidó y debe volver a un pueblo al que afectó duramente el ‘Amanecer’ y a una entorno familiar donde todavía hay demasiadas heridas sin cicatrizar.

Toca tanta variedad de temas ‘In the Flesh’ que decantarse por uno para analizarla la desvirtuaría. Habla, casi grita, como pocas, aunque en escaso tiempo, de los problemas de la adolescencia, de las relaciones entre padres e hijos e incluso entre hermanos, de homosexualidad e inadaptación por diferentes causas. En una segunda capa aparece el integrismo religioso, los falsos héroes surgidos en tiempos difíciles y el hermetismo de las sociedades rurales, lo que coloca a ‘In the Flesh’ como sacada de la mente del mejor Stephen King.
 
En todo caso, se queda a medias y deja la sensación de que hubiera necesitado de un mayor número de capítulos, una temporada completa como mínimo, dado lo apresurado que se desarrolla el tercer bloque. Es cierto que la serie se cierra adecuadamente, aunque apenas perfile personajes que lo pedían a gritos, como Phillip y Amy (atención a esa relación sexual, entre la broma y la gravedad, convenientemente pasada por elipsis). Pero tal conjunto temático hace que denominarla serie de zombis sea reduccionista e injusto. La ciencia-ficción está relegada completamente a un segundo plano, casi desaparecida tras la presentación, y no hay explicaciones a las dudas que pudiera haber simplemente porque no hay necesidad de preguntar. Todo, en definitiva, demasiado humano en esta serie de zombis, la vida misma.
 
RAFAEL GONZÁLEZ

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'TO THE WONDER'. Parejada envuelta en catolicismo



CRÍTICA DE CINE

'To the wonder' (Terrence Malick. Estados Unidos, 2013. 112 minutos)

Los derroteros que está tomando la carrera del excesivamente reputado Terrence Malick dan para pensar mucho. Su discutida ‘El árbol de la vida’ no dejó a nadie indiferente y eso señala que, cuanto menos, la obra tenía algo. Nadie duda de la capacidad técnica de Malick en lo que se refiere a la creación de atmósferas y aspectos visuales, pero una cosa muy diferente pueden ser sus historias.

‘To the wonder’ comienza con un aluvión de imágenes idílicas acerca de las relaciones sentimentales. Los movimientos de cámara continuos son alternados con imágenes grabadas con el móvil en momentos íntimos. Bajo la premisa 'el amor nos convierte en uno solo', el director texano comienza su adoctrinamiento moral. Las frases excesivamente literarias se alternan y encajan en un movimiento que nunca es lineal. Todo puede simular estar construido a base de retazos de un guion que parece haber sufrido un ataque de deconstrucción en fase de montaje. Ya se sabe que uno de los ejemplos más notorios de que una película está viva hasta el final del montaje es cualquier producción de Malick, que no duda en rehacer todo lo rodado. En esta ocasión la supuesta revolución parece haberse quedado a medias.

La voz en off es la que ubica el tránsito de vida que se establece entre los personajes. Al plasmar una supuesta relación maravillosa basada en el compromiso, el amor y la intensidad de cada acción da paso a una siguiente parte, en la que la decepción de las personas ante un fracaso emocional que aparece sin consuelo posible. Los vértices argumentales comienzan a girar lentamente y con maestría direccional se exponen imágenes de los cuerpos desnudos de los protagonistas realizando algo tan trascendental como el amor. Las caricias y las miradas se alternan con los interrogantes acerca de cuál es la verdad y el desconocimiento de lo que existe 'allá arriba'.

El cielo, el aire, la luz del sol entre los árboles, las manos entrelazadas, los rezos, todo forma parte de ese adoctrinamiento moral y religioso –católico- que el director quiere reflejar en cada acción. La intervención de Javier Bardem como un cura al que por momentos le falta fe es fruto de ese anhelo por mostrar el camino correcto a través del cristianismo y sus doctrinas basadas en “el amor como deber”.

‘To the wonder’ es una sucesión de buenos encuadres  con un ritmo cortante y que avanza de un modo rupturista para suponer un curioso contraste con una historia tan doctrinal y aparentemente correcta en la que lo erróneo es apartarse del camino fijado por la Iglesia. No juega Malick a dar un doble mensaje, es claro en lo que expone, pero llama la atención esa forma de predicar por un orden sentimental basado en un desorden expositivo que funciona a las mil maravillas en lo que se refiere al aspecto técnico.

El silencio de Dios como arma arrojadiza entre los necesitados y condenados a muerte por enfermedades es uno de los interrogantes que el Padre Miranda –Bardem- con su omnipresente voz en off no logra responder. Toda la película parece estar más próxima al vídeoarte al que han obligado a regirse por las bases de una historia religiosa, que a una propia ficción. Apartarse del sendero indicado por la Iglesia traerá la ruina personal y emocional; es más, parece llevarte a tu muerte en vida, como señala el plano en el que la bella Olga Kurylenko camina por ese túnel con luz al final –la cabina del avión-.

Goce técnico y desidia en una trama de infidelidades y compromisos vacíos que no ofrece consistencia alguna. Affleck, Kurylenko, Bardem y McAdams deambulan prácticamente mudos en un historia gozosamente iluminada por Emmanuel Lubezki y que el equipo de montadores ha logrado ensamblar para que el espectador pueda continuar interrogándose lo siguiente: ¿dónde está todo lo que le falta a esta historia? Malick jamás dará respuesta. O sí, pero será en los extras.
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'LOS ILUSOS' / 'LAS ILUSIONES'. Bocetos de realidad


CRÍTICA DE CINE Y LITERATURA

'Los ilusos' (Jonás Trueba. España, 2013. 93 minutos)

'Las ilusiones' (Jonás Trueba. Editorial Periférica, 2013. 63 páginas)

El debut en el largometraje de Jonás Trueba no jugaba en división alguna que ofreciese algo más que pequeñas garantías de un futuro creador de imágenes. Caso muy diferente ocurre con ‘Los ilusos’, a la que no sería extraño considerar su  primera película real. El proceso tan largo y gratificante en el que se embarcó Trueba con su pequeño – y extremadamente profesional- equipo va teniendo calado a medida que avanza la acción. Rodar en súper 16 mm y en blanco y negro ha sido fundamental en esta eclosión de imágenes furtivas de encuentros y desencuentros, en esa búsqueda incansable de imágenes con personalidad.

El estreno simultáneo de su libro de notas –nunca  novela- ‘Las ilusiones’ supone un aliado en ese proceso creativo por el que invirtió Jonás Trueba. De nuevo, no disimula sus influencias, y tanto en la escritura de sus notas como en el desarrollo de la película hay una notable presencia de la cultura francesa. Edouard Levé, no sólo con ‘Suicidio’, sino el resto de su trayectoria, al igual que la de Valérie Mréjen, están muy presente en ese estilo fragmentario de Trueba y que tan buenos resultados cosecha en ambas obras. Centrarse en diversos aspectos sin concretar ninguno en gran medida permite al autor enunciar/diseccionar todo aquello que le interesa sin darle demasiada presencia en ese extraño lugar al que cree que se acerca pero del que desconoce si llegará.

‘Las ilusiones’ y ‘Los ilusos’ van de la mano. Es posible que si se lee antes el libro se pueda empatizar más con lo que busca Trueba en imagen. También es cierto que llegar a la inversa no va a impedir que se disfrute de los detalles. De nuevo es el cine francés el que se lleva la palma en su amplio marco de influencias, pero al ser tan evidente, Trueba lo convierte en su aliado, por eso no lacra el avance de la película.

Son cruciales las reflexiones acerca del vacío que deja la finalización de un rodaje. Ese punto es un hecho significativo dado que los protagonistas están en esa especie de interludio en el medio de un todo. No dejan de buscar, de resignarse, de equivocarse, de decepcionarse… pero siempre con esperanza. Jonás Trueba va dando pistas de ese puzle que va desarrollando en su cabeza. Idas y venidas de ideas que algunas se repiten  y que no consigue sacar a la luz y que coinciden con otras que aparecen y se vuelven imprescindibles.

La historia, fundamentalmente la de ‘Los ilusos’ -porque no conviene olvidar que ‘Las ilusiones’ podrían ser esas ideas como germen de la película- arranca en un tono curiosamente dubitativo. Conversaciones, bares y paseos en los que no hay ningún protagonista, pero que a la vez pueden ser todos. Todo parece un juego y Trueba no escatima su intención por mostrar –si se quiere pensar así- su estilo en ocasiones de falso documental. Así, introduce a Javier Rebollo, por ejemplo, dando claqueta o su propia voz al grabar un 'walltrack'.  Todo este juego va evolucionando para tomarse más en serio. Aquello que no tenía un protagonista concreto ya va tomando forma y los demás tienen también su posición y su rol en una historia que va avanzando. Lo que parecían apuntes se van transformado en notas consistentes sobre un director de cine que a su vez es profesor en una escuela y que al mismo tiempo busca dar forma a su nueva película. El resto de personajes pasan a ser los acompañantes en su encrucijada. Son esbozos de lo que es su rutina en la fase de búsqueda.

El humor es un aliado fundamental en lo expuesto en la película. El personaje interpretado por Vito Sanz en el rol de actor de serie de televisión ofrece vida al conjunto. La escena que relata su encuentro con Javier Rebollo es memorable. Un acto de solidez creativa es reflejar la actuación de Abel Hernández y no acortarla. Es un instante crucial si se entiende como una forma de coger impulso de la película, o incluso encauzarse en una dirección muy clara y concreta en lo que narra.

El paso del tiempo está muy  presente, la condena del mismo, lo efímero –muy bien reflejado en el escaso valor de unas películas en VHS que ahora son pisoteadas por el futuro sin que a nadie le importe el valor que tuvieron en ese tiempo no tan lejano- y lo incierto que es cada paso que se da.

‘Los ilusos’ dialoga con distancia con ‘Todas las canciones hablan de mí’ y el peso de cierto romanticismo anclado en las relaciones ya pasadas y en las venideras convive bien. Es probable que su siguiente proyecto sea mucho más formal en cuanto a estilo y contenido, sería lo normal en un director que investiga sin cesar.

Los espacios generados por Miguel Ángel Rebollo y la luz de Santiago Racaj, en perfecta armonía con un montaje sólido a  cargo de Marta Velasco, hacen que ‘Los ilusos’ se constituya como una credencial firme de Jonás Trueba en su búsqueda de ser director de cine.
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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