'VIVIR ES FÁCIL CON LOS OJOS CERRADOS'. De buenas personas y sueños cumplidos


CRÍTICA DE CINE

'Vivir es fácil con los ojos cerrados' (David Trueba. España, 2013. 108 minutos)

Tras aquella maravillosa reflexión sobre la desesperanza, el paso del tiempo, los anhelos y la fascinación por los pechos en formación que supuso ‘Madrid 1987’, David Trueba se adentra en el positivismo de luchar por los sueños, llevarlos a cabo y conseguirlos en su nueva película. ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’ es una oda al optimismo que Trueba filma de un modo correcto. Regresar a esa España de mediados de los 60 con el telón de fondo de la música de ‘The Beatles’ le abre al director la puerta de mostrar desde la esperanza el encuentro de tres personas en busca de efímeras huidas de lo que son sus vidas. No hay dramatismo en esas escapadas, evidentemente la más justificada es la de Javier Cámara –extraordinaria interpretación- como ese profesor de inglés que adora la docencia. Por encima de su admiración y respeto por John Lennon está el empeño en que sus alumnos aprendan inglés por medio de las letras de The Beatles. Que coincida todo con un rodaje que ha traído a Lennon a Almería es el impulso necesario para dar ese paso que implica buscar una mejor educación, más práctica. No deja de existir cierta desaprobación en los rudos métodos que emplea el jefe de estudios y contra los que el personaje de Cámara combate desde su parcela.

En su viaje encontramos a dos chavales que huyen por distintas razones de sus casas. Por encima de sus motivos, lo importante es lo que comparten y reflexionan en este viaje envuelto en 'road movie', sobre el punto en el que están sus vidas y lo que quieren hacer con ellas. No hay dramas, todo aquel que se encuentran por el camino es buena persona. Todos ayudan sin pedir nada a cambio, todo por la compañía. El positivismo es necesario y Trueba lo ha mostrado. Esta película curiosamente puede tener ciertas reminiscencias con su debut cinematográfico, ‘La buena vida’, al mostrar a esos jóvenes que experimentan algo que posiblemente les cambie la vida.

Algo extraordinario en David Trueba es que ha conseguido recuperar a Jorge Sanz. En esta ocasión interpreta al padrede los 'grises’ y sabe alejarlo de lo estereotipado de lo que se supone que debía ser un hombre de la época. Le dota de cierto corazón que consigue que su interpretación esté muy lograda y funcione armónicamente. Ramón Fontseré, pesé a ser un gran actor, parece siempre anclado en el mismo personaje, ya sea con Els Joglars como con Trueba. Buen descubrimiento Natalia de Molina, que compone un personaje enigmático con respecto a su pasado y las circunstancias que le han llevado a su estado. Tiene sensualidad y funciona con naturalidad en sus réplicas. Habrá que seguir su carrera. Francesc Colomer tiene momentos muy buenos pero se ve demasiada preocupación por el texto por encima de las intenciones; es solo cuestión de tiempo. Javier Cámara lleva el peso de la película y no hay duda de que su trabajo se verá recompensado. Es cierto que en ocasiones parece que a Cámara se le exige un cierto registro, pero es un actor tan potente que no importa lo que se le pida porque siempre llega a ello, no tiene frontera alguna y se agradecería que fuese aún más valiente y diese giros en sus proyectos; su talento es prodigioso.

La fotografía a cargo de Daniel Vilar es muy notable, capta la luz de un viaje emocional con las pautas de aquellas imágenes sepias en la memoria. Nunca es fría, siempre resulta cálida y es sutil al mostrar la intimidad de lo que le sucede a cada personaje. Un trabajo extraordinario.

David Trueba ha hecho una película positiva, no hay moralejas salvo la del amor a la enseñanza, que con los tiempos que corren, siempre es bienvenida tal reflexión. Sus novelas aún  siguen siendo  superiores a los guiones que realiza, pero se agradece que siga explorando, a la espera ya de su siguiente trabajo.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'ARRAIANOS'. Desconcierto de festival


 

CRÍTICA DE CINE

'Arraianos' (Eloy Enciso. España, 2012. 70 minutos)

Producto tan insólito como de alcance limitado, ‘Arraianos’ estaba destinada de antemano a ser carne de festivales. El resto de espectadores tiene que llegar preparado. Chocará con una propuesta que desconcierta de principio a fin. Entre la ficción, el documental y un realismo mágico a la gallega, se apropia de textos salidos de una pieza teatral para crear un documento profundamente sensitivo que funciona como espejo de un territorio fronterizo entre la nada y el todo. A favor juega su limitada duración, su capacidad de generar inquietud –ese hombre anunciando el fin- y ese retrato bucólico no exento de crudeza de la vida rural.

Ante una producción de estas características, el espectador debe hacer un esfuerzo, buscar donde casi no hay. Se le hurta hasta la opción de ubicar geográficamente con precisión esa especie de Macondo entre la bruma. Los personajes son sombras al servicio de un mensaje críptico. Todo se constituye en una paulatina suma y acumulación de planos, algunos ciertamente hipnóticos, pero en general generando un efecto reiterativo. Aunque lo más desconcertante de ‘Arraianos’ es la facilidad con la que se coló en la cartelera comercial, un hábitat alejado a su forma de vida, mientras que otras producciones, incluso pequeñas como la que ahora se analiza, sufren o les es imposible acceder a una plataforma así. Un misterio más a añadir a la saca de esta propuesta.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'¿QUIÉN MATÓ A BAMBI?'. La banda sonora ante todo


CRÍTICA DE CINE

'¿Quién mato a Bambi?' (Santi Amodeo. España, 2013. 89 minutos)

Santi Amodeo era una figura muy curiosa en el panorama cinematográfico nacional. Sus aventuras en solitario tuvieron una recompensa más que interesante con su anterior película, ‘Cabeza de perro’, aquella historia original y valiente. ¿Qué ha ocurrido ahora? Su nueva película es una especie de gran producción sonora que no alcanza a ser algo que vaya más allá del simple anecdotario. ¿Dónde ha quedado ese particular mundo del director? Es posible que le haya llegado un presupuesto más generoso al rodearse de caras conocidas y filmar accidentes ingenuos, pero eso no lleva a que la historia sea más que una maraña de falsas coincidencias y escaso humor.

Partir de la elección de Quim Gutiérrez como actor protagonista condena a la película. Sus interpretaciones nunca cambian de registro. Este personaje podría ser el mismo que en cualquiera de las películas  de Sánchez- Arévalo. Menos mal que le acompaña Julián Villagrán y todo adquiere algo de consistencia. Tampoco aporta casi nada un previsible Ernesto Alterio, que combina momentos de acento andaluz con otros que no. ¿En qué lugar se posiciona la película? Da la sensación de que ha pretendido tener muchos frentes abiertos, pero estos se han cerrado por sí solos, se transforman en burdos escaparates de risa fácil y  previsibilidad condenatoria.

Lo que hace que la película se sostenga es una excelente banda sonora compuesta por el propio director y Enrique de Justo, pero es algo que se antoja escaso para aguantar los casi noventa minutos. Tampoco ayuda nada, es más, la transforma en más ridícula, el hecho de contar con un anodino Andrés Iniesta –con frase incluida- en un cameo especial que lo ensombrece todo demasiado.

Santi Amodeo es un buen director y sus películas tienen siempre una consistencia llamativa. Posiblemente esta película sea un bache que le permita abrirse a otro público y así al menos no tardar tanto en rodar otra película, eso sí, siempre y cuando regrese a ese humor lúcido y a sus historias inquietantes y no a estas pantomimas de engaños y equivocaciones que provocan cierta desolación al comprobar que son una constante últimamente.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ   

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'IDA'. Silencio, dentro y fuera


CRÍTICA DE CINE

'Ida' (Pawel Pawlikowski. Polonia, 2013. 80 minutos)

Algo se mueve, puede definirse como inquietud, en la renovada cosecha del cine polaco. Ya hay directores, por ejemplo, que profundizan sin dobles lecturas en un tema intocable demasiado tiempo. Ya lo hizo hace un año Wladyslaw Pasikowski con ‘Poklosie’, estimable largometraje que destapó vergüenzas internas y reabrió heridas todavía, casi un siglo después, no cicatrizadas del todo a tenor de la respuesta mediática obtenida. En lo que ha supuesto el regreso a sus orígenes, Pawel Pawlikowski, cineasta de prestigio en Reino Unido, retoma el tema y lo contrae al mismo tiempo hacia adentro. ‘Ida’ es así una doble película. Por fuera se ven esas profundas grietas morales que dejó la Segunda Guerra Mundial a su paso por Polonia, centrándose en esa parte de la población local que mortificaba desde el silencio y se aprovechó del exterminio judío. Y a un nivel interno se asiste a través de la protagonista a ese brutal choque entre fe y realidad, entre lo físico y lo espiritual y entre esa generación tocada por el conflicto bélico y esa otra que intenta salir del lodazal.

Es complicado encontrarle fisuras a ‘Ida’. Hay delicadeza, una fotografía primorosa, una pelea plano a plano a la búsqueda de la perfección formal, interpretaciones sólidas y un guion mínimo que se va expandiendo hasta lograr cruzar pasado y presente en la Polonia de 1960. ‘Ida’ es al mismo tiempo una singular ‘road movie’ por paisajes casi lunares, una incursión en las profundidades de pueblos tomados por el silencio, el mismo que se impone la protagonista, una novicia a punto de tomar sus votos. Agata Trzebuchowska hace suyo ese personaje que suple su falta de discurso verbal por los sentimientos que transmite su mirada, un abanico que va desde lo infantil hasta esa madurez que llega demasiado rápido. El polo opuesto en ese singular trayecto de redescubrimiento personal lo conforma su tía, interpretada por Agata Kulesza, la otra cara, una roca con demasiadas erosiones y cuya profesión simboliza el nuevo estatus opresor de un país todavía saliendo de la pesadilla. 

Historia de madurez, tiene el mérito de mirar adentro y hacia fuera sin posicionamientos que condicionen al espectador. ‘Ida’ es una película adulta, que casi obliga a un segundo visionado. Hasta su duración está medida, aunque quizá se quede algo cojo ese ‘tour de force’ emocional y redentor que afronta el personaje de la tía de la protagonista. También puede parecer algo obvio que lo que haga explotar pulsiones físicas soterradas sea un músico. Detalles al margen, ‘Ida’ se define como una perfecta muestra de cine universal y que salta fronteras pese a su definida localización geográfica y social. Pawlikowski trabaja desde el detalle y deja que los silencios muevan la historia, tomando como referencia, palabras suyas, ese cine checo setentero del que tan poco se conoce en España y tanto se venera en gran parte de Europa. ‘Ida’, por otra parte, exige en el espectador la misma paciencia con la que trabaja en su puesta en escena, otro apunte que no hay que olvidar. El resultado de ese minucioso trabajo delante y en la pantalla dejará huella, pocas veces la memoria histórica, y da igual el país, ha quedado reflejada con tanta sutileza como crudeza como sucede aquí.

RAFAEL GONZÁLEZ

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FERNAN-GÓMEZ, MADRID Y LA TRAICIÓN


Recuerdo la primera vez que vi a Fernán-Gómez. Fue en los alrededores del estadio Santiago Bernabéu una tarde de un sábado que por no sé qué extrañas circunstancias, mi padre –a quien le debo todo- me llevó a ver un partido del Castilla y se equivocó de día. Algo decepcionados nos encontramos por los aledaños del estadio con aquel pelirrojo alto, sin barba y al que mi padre llamó maestro y me presentó. Dese ese día Fernando Fernán-Gómez entró en mi vida para no salir jamás.

La noticia de que la calamitosa alcaldesa de Madrid ha decidido cambiar el nombre de su teatro es algo que por desgracia ya no sorprende. Una personalidad por encima de las ideologías –aunque la suya nunca estuviese oculta- y admirado por partidarios de uno u otro extremo se ve ahora vilipendiada por alguien que peca de un analfabetismo cultural y emocional al borde de lo peligroso. Poco a poco Madrid se ha ido convirtiendo en una ciudad cada vez más alejada de la primera división cultural. Se ha contaminado de la mediocridad, una herida que no tiene salvación posible. Para este grupo que gobierna Madrid, jamás podría llevar un teatro el nombre de una persona tan renacentista e importante a nivel mundial que ha representado a España en no pocas ocasiones. Pero lo más triste es que se trata de un madrileño nacido por accidente en Lima. ¿Acaso ignoraba la alcaldesa impuesta el fervor que el maestro Fernán-Gómez profesaba por Madrid? Sus recuerdos de Chamberí son una radiografía de aquel Madrid en blanco y negro que tan perfectamente ilustra en sus prodigiosas memorias ‘El tiempo amarillo’. Lo más infame es que esa dama que busca notoriedad quizá desconozca hasta quién era Fernán-Gómez. No creo que extrañase a nadie tal afirmación. El mero hecho de haber tomado una decisión así solo muestra una incapacidad tan grande como real.

El trato que recibe –y para más inquina- en el aniversario de su muerte ha sido deplorable y no valen gestos inútiles de última hora. Curiosamente en su funeral salieron artículos que evocaban su figura como escritor, actor y director. No hay que olvidar que es más que posible que la mejor película que se haya realizado en la historia del cine español sea ‘El mundo sigue’, dirigida, escrita –adaptando una parte de la novela de Zunzunegui- e interpreada por Fernán-Gómez. Pocas por no decir ninguna figura del panorama cultural español ha sido tan exitosa en los campos artísticos que ha abarcado. “Simplemente por eso” ya debería haber no un teatro, sino dos y algún cine con su nombre. Pero no, el asunto viene de lejos. En los funerales se hablaba de esa figura respetada, pero eso no ha sido siempre así. Es posible que exista una semejanza con Billy Wilder cuando siempre dijo que él no se retiró de hacer películas, sino que le retiraron. ¿No pasó lo mismo con Fernando? Ya nadie parece acordarse de cuando buscó productora para su historia ‘Stop, novela de amor’ y al final tuvo que realizarla en novela –gracias a la recomendación de Tina Sainz- porque a ninguno le pareció adecuada, o por qué a una semana de comenzar el rodaje en Portugal se vino abajo la adaptación de su novela ‘La puerta del Sol’. ¿Qué explicación lógica hay a todo eso en alguien que para todos era tan grande? Y así con proyectos y proyectos.

Quizá Fernán-Gómez resultó para algunos un ser incómodo pero a la vez prestigioso –para jugar a ser basura pseudointelectual- y elogiarle, pero eso sí, a cierta distancia. La canallada que ha realizado la alcaldesa impuesta y su grupo de espantapájaros culturales, burócratas palmeros de color gris, tardará en olvidarse. Ese teatro será siempre el Fernán-Gómez. Ya está bien de que hagan lo que quieran. Con Fernando no se juega y ahora más que nunca se puede decir ¡Váyanse ustedes a la mierda!

IVÁN CERDÁN

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'BLUE JASMINE'. Estereotipos poco afilados


CRÍTICA DE CINE

'Blue Jasmine' (Woody Allen. Estados Unidos, 2013. 98 minutos)

Siempre causa cierta excitación acercarse a cada nueva película de Woody Allen. ¿Por dónde habrá salido? ¿Comedia, drama, ambas? ¿Cuáles serán sus maravillosos lugares comunes? ¿Qué música empleará? Haga lo que haga, continua siendo tan fiel a sí mismo que es deslumbrante acudir con tanta expectación a su estreno anual. ‘Blue Jasmine’ es una película peligrosa. Tiene los elementos perfectos para combinarlos y transformarse en una magnífica película –imagino que la soñada por Allen mientras perfilaba el guion- pero no llega a serlo. Es posible que todo se quede en la superficie y muchos de los personajes se queden dibujados en esos estereotipos repletos de vacíos que no dan el paso para ser algo más que rehenes de esas manías y costumbres expuestas en las primeras secuencias.

La profundidad dramática que ofrece la situación sufrida por Jasmine abre un abanico de posibilidades sin límites. Acierto contundente combinar aspectos cómicos en esa tragedia de cierto deterioro vital. El capricho y jugar a lo que nunca se ha sido pero que se ha creído ser está perfectamente enunciado. Lo negativo es que no llega a cambiar de marcha y subir una intensidad que la historia aceptaba sin resentirse. El personaje al que da vida Cate Blanchett, Jasmine, al igual que su interpretación, está demasiado subido de revoluciones. El mostrar ese desequilibrio enfermizo –otra 'border line', ¿por qué hay tantas últimamente?- hace que el personaje no esconda cartas en su deterioro. Retrata a un ser tan vacío como carente de cierto interés. Puede que se justifique con su origen y la búsqueda de una identidad que haga las mil maravillas en la sociedad, pero son argumentos un tanto pobres. En esta ocasión, se hubiese agradecido más contención en la interpretación. Todo pesa demasiado en cada acto y eso carga cuando no ha de hacerlo, aunque, evidentemente, tiene momentos extraordinarios en su desmesura.

La aventura de una persona de alta sociedad que busca refugio en la clase media baja de San Francisco le sirve a Allen para jugar a los extremos y de nuevo contrastar esa vida burguesa con lo que es ahora su situación, o mejor dicho, el estatus al que aún ni siquiera ha llegado tras su nueva posición de antigua rica arruinada. La hermana, una notable Sally Hawkins, es lo opuesto a Jasmine. Sabe quién es y dónde está –aunque la irrupción de Jasmine le confunda- y lo mejor, dónde podrá estar. Ese mundo terrenal en el que vive acompañada de hombres sin glamour tampoco se refleja de un modo que vaya más allá de la superficie. Se echa en falta algo de más calado en cada personaje, parece que se ha olvidado de reflejar sus personalidades. No vale solo con los hábitos de verles tomando martinis o comiendo pizzas y bebiendo cervezas baratas de supermercado.

La historia, al estar narrada mediante 'flashbacks', ofrece muchas posibilidades para comparar cómo era la vida de Jasmine y lo que es ahora. Esta combinación de situaciones no siempre es acertada porque redunda en aspectos que ya ha relatado en diversas partes de la acción. Alec Baldwin ofrece otra radiografía bien construida de un personaje que navega entre la ostentación, el engaño y el daño. Sus acciones son devastadoras para aquel que esté a su lado. Por su parte, el ex marido de la hermana, interpretado por Andrew Dice Clay, es un ejemplo de lo que puede ser una vida destruida tras un aparente golpe de suerte. La interpretación de Dice Clay es notable, su personaje no se queda solo en el cliché. Atención a su última aparición, es demoledora.

El dolor, el capricho, lo que no somos, lo que no queremos, el alcohol como refugio, la enfermedad, las separaciones, las amantes o la deshonestidad tienen su cabida en este conglomerado de situaciones con puntos suspensivos. De nuevo la banda sonora es espectacular y el empleo de ese jazz magnético que flota por las calles de un San Francisco tan inhóspito en ocasiones como muy sugerente en otras, ayuda a que el ritmo aguante bien. Lo mismo el montaje de Alisa Lepselter, cada vez mejor artesana y ofreciendo una notable continuación al propio guion. La fotografía de Aguirresarobe –de corte muy parecido a la de ‘Vicky, Cristina, Barcelona’– encaja con contundencia en esa combinación de colores y emociones que se respira en cada “epopeya” que tiene lugar en las diferentes estratosferas sociales que se filman.

‘Blue Jasmine’ necesita un tiempo. No hay duda que un segundo visionado puede hacerla más grande, pero tras un primero… difícil de catalogar, aunque eso sí, Woody siempre ofrece muchas cosas.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ  

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OTRO GALARDÓN, MÁS EXIGENCIA

Hay que mantener la confianza en los galardones institucionales por si algún día les da por premiar el talento. Rara vez ocurre, prevalecen otros criterios que a veces flotan en la superficie, demasiado visibles. No se puede dudar en este sentido del Premio Nacional de Literatura Dramática 2013, que ha ido a parar a Juan Mayorga (Madrid, 1965). Estamos ante un dramaturgo en constante crecimiento, tenaz, trabajador y al que este tipo de reconocimientos no le ponen por encima del resto. Vuelve a bajar para poner el listón a más altura. Mayorga observa, se renueva y saca material hasta de tropiezos o esporádicos desencuentro creativos, de los que nadie que conozca las bambalinas del teatro español se libra. Es significativo que este último galardón recompense a ‘La lengua en pedazos’, otro texto poco complaciente con el espectador y desde el desconocimiento poco apetitoso –sobre la figura de Santa Teresa pueden pesar los prejuicios-, con el que autor madrileño ha dado un paso adelante debutando en labores de dirección y conformando su propia compañía, a salvo de subvenciones públicas. 

Premios y cuantías económicas desorbitadas y elogios al margen, lo cierto es que Mayorga deja en cada uno de sus textos, como el premiado, mucho fondo. Verdad es la palabra, material con el que salir del teatro y ponerse a leer. El madrileño abre un libro, conduce la lectura y deja que el espectador la concluya y reflexione sobre lo leído, escuchado y visto. Es un autor pegado al aquí y ahora, y no hay muchos, escasean, que escucha el latir de la calle, que no reniega de tocar temas duros y que aborda las páginas negras de la historia de cara. Y si hablamos de su descubierta versatilidad –como el salto a la dirección- no hay que olvidar esa otra cara quizá menos mediática pero también a destacar, como su labor docente –que muchos no podrán olvidar-, su reivindicación desde hace tiempo del teatro breve y su reciente acercamiento a la literatura dramática infantil (‘El elefante ha ocupado la catedral’). Esa es otra característica de este dramaturgo. Antes que el artista está la persona, el ciudadano, inquietudes no solo externas basadas en el reconocimiento sino también las más cercanas, silenciosas y desapercibidas casi siempre. Mayorga ha llegado a aplazar o suspender viajes institucionales por estar donde cree que debe estar. Al lado de los suyos, sin ataduras. 

Y lo mejor es lo que queda, tanto por delante como por el camino. Mayorga sigue a lo suyo, elaborando un discurso natural y valiente cuando le piden la palabra y dando textos en los que la exigencia con los que los aborda la traslada al patio de butacas. A uno le gustaría que ese esfuerzo fuera correspondido más allá de los premios y no se quedaran archivados libretos como ‘El jardín quemado’ o el reciente ‘El cartógrafo’. Y si se habla de reconocimientos, no está de más recordar a los que profesionalmente le han apoyado desde hace tiempo. Desde espectadores hasta editoriales y todos aquellos que han contribuido a formar y que a la vez han recibido formación del nuevo Premio Nacional de Literatura Dramática.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'DON JON'. Porno, mentiras, redención y amor


CRÍTICA DE CINE

'Don Jon' (Joseph Gordon-Levitt. Estados Unidos, 2013. 88 minutos)

La cuidada y exitosa carrera del actor Joseph Gordon-Levitt no tiene techo. Sus muestras de talento son continuas, cada trabajo suyo es un registro nuevo y sus matices son cada vez más enriquecedores. A este crecer continuo se le une ahora  una nueva labor de guionista y director con su interesante debut ‘Don Jon’. No es fácil asumir ese doble reto de protagonista y director, pero Gordon-Levitt tiene muy claros todos los claroscuros de su personaje y consigue salir triunfador, aunque hubiese estado bien algo de mesura en muchos de sus exagerados gestos.

‘Don Jon’ es una curiosa revisión del mito de Don Juan. En este caso, no es solo el deseo de la conquista lo que prima en las chanzas de este conquistador y crápula nocturno. Hay algo que está por encima del contacto físico y eso no es otra cosa que el porno. En los cinco primeros minutos la radiografía del personaje está expuesta con claridad y precisión. La comedia es una aliada para mostrar las obsesiones enfermizas de unos personajes que solo tienen en la cabeza la numeración que han de otorgar al contoneo de unas caderas o a unos turgentes pechos.

El problema se centra al encontrar a una belleza como Barbara Sugarman –Scarlett Johansson- que pone patas arribas ciertas aficiones del protagonista.  La comedia en este momento pega un pequeño giro. La película sigue siendo cómica, pero ya se introducen mayores matices. Toda esta vida nocturna que compagina con su rutina de los domingos en la iglesia junto a sus padres, sus confesiones al cura –grandes momentos en las penitencias- , sus charlas en la comida familiar –maravilloso haber cogido una familia de ascendencia italiana, quizá un homenaje a ciertas películas de Scorsese- y su adicción a la masturbación con exigentes videos pornográficos, encuentran en la figura de Barbara un antagonista poco manejable en sus intereses. Johansson compone un personaje con fuerza, moldea un carácter que se refugia en un hipnótico cuerpo que llega a desquiciar a un Don Juan que hace grandísimos esfuerzos para conseguir su premio más preciado. Las convicciones formales de ella son un buen contraste con las suyas. La intransigencia de aquel que se cree en la razón “porque debe ser así” está muy bien matizada y expuesta.

La irrupción en sus costumbres da pie a un  mundo de mentiras y engaños para conseguir que la otra persona sea feliz. Se habla de un sacrificio que es vilipendiado al menor descuido. El deseo y la satisfacción son los mayores motores que mueven la vida de Jon, no hay demasiada profundidad en él, pero tampoco lo busca. Es más, no es la noche lo que le vence, ni siquiera son otras mujeres, es el porno es todas sus cualidades. Resulta gracioso la clandestinidad con la que ha de recurrir a él para no entorpecer la vida de su clásica compañera. La unidad familiar entra en liza y los intereses personales quedan secuestrados por esa necesidad de esconder debajo de la alfombra, y eso, solo puede traer dolor y angustia.

La aparición de la siempre magnífica Julianne Moore aporta a la película una dosis muy importante de madurez. Gordon–Levitt sabe lo que se hace y es capaz de aguantar la comedia con una dirección basada en una personalidad notable –no duda en repetir planos en diferentes acciones- y consigue sacar puntos muy interesantes mediante un montaje  a modo de flashes  que potencia aún más la comicidad de ciertos momentos –geniales sus discusiones y diversas camaraderías con su padre -.

Hacia la parte final, y contrastando un poco con su figura de referencia (Don Juan), hay una cierta moralidad espiritual en cuanto a la entrega física y a lo que supone hacer el amor con otra persona. El tono de la película cambia con esa irrupción de la morbosa compañera de clase –Moore-, que llega a conseguir, sin charlas moralizantes –aunque la película peque de eso- que se replantee ese sistema de vida como algo peligroso para la entrega “carnal”. No hay gritos ni discusiones innecesarias en los conflictos, se agradece. Los prototipos encontrados son acertados. Saber conjugar el deseo con lo prohibido, lo establecido, lo “normal” está muy bien filmado. Romper con ciertas rutinas para intentar crecer es uno de los objetivos que pretende el director-guionista-actor.

‘Don Jon’ es una película ingeniosa y divertida. Es posible que la tilden de eminentemente masculina, aunque esa sería una valoración un tanto pobre. Son discutibles determinados movimientos de cámara que distraen más que aportan –algún descuido en ciertos enfoques- pero Gordon-Levitt ha estado a la altura al desarrollar ese mundo claro al que referencia con un look tan hortera como efectivo. El porno y su relación con la supuesta vida ordenada que se ha de llevar congenian aquí de un modo inteligente y notable. Notable debut.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'TÍO VANIA'. Chéjov en esencia



CRÍTICA DE TEATRO

'Tío Vania'
Autor: Antón Chéjov
Dirección: Rodolfo Cortizo
Compañía: La Pajarita de Papel
Teatro: La Puerta Estrecha (Madrid). Hasta el 19 de diciembre

‘Tío Vania’ revela los lados más opacos de la obra de Antón Chéjov. Es de largo su texto más esclarecedor. Alumbra los espacios más grisáceos de su producción, ejerce de engrase para muchas de sus obras posteriores y saca a flote toda esa atmósfera densa y hostil que niebla el interior de los personajes que la protagonizan. Vale, por lo expresado, como una inmejorable presentación del laberíntico universo de Chejov. Y es así como la compañía La Pajarita de Papel acude nuevamente al dramaturgo ruso, como ya hiciera con ‘El canto del cisne’. Demuestra oficio ante todo su puesta en escena de ‘Tío Vania’, exprimiendo el jugo a la esencia del texto y  aliándose, una vez más, con ese espacio escénico tan sugerente del que puede presumir La Puerta Estrecha de Madrid.

Texto de ambiente y revelador, La Pajarita de Papel lo lleva por territorios manejables en lo que se ve como una apuesta clara por hacerlo fluido y poco poroso a la recepción. La puesta en escena se escora hacia un estatismo al que apoya una escenografía detallista y una iluminación cuidada y que da sentido a lo expuesto. Los actores se mueven cómodos en ese plano. Elevan la media al afrontar las escenas más íntimas, creíbles dentro de una intensidad que en alguna escena sobrepasa, que brotan de la historia. Es revelador el dato, puesto que permite detectar cierta falta de cohesión cuando sobre el escenario se juntan más de dos intérpretes, aunque el paso de las funciones parece haber soldado esa grieta. Hay que destacar el trabajo de Rodolfo Cortizo, que sabe medir, aguantar, reservar y dejar salir la amargura que asfixia a su personaje. Pertrecha de razones para el hastío a ese Vania que es la bisagra sobre la que giran el resto de secundarios, actores de garantías, en lo que deviene un constante crecer dramático y de interés por parte del espectador hacia la función.

‘Tío Vania’ se revela así de la mano de La Pajarita de Papel como una más que digna aproximación a la cumbre y al mismo tiempo esencia del teatro de Chéjov. Incluso puede puntuar doble si se trata del debut o de una de las primeras incursiones de un espectador en la tantas veces esquinada e impermeable obra del ruso. La Pajarita de Papel le sabe sacar jugo sin tirar de innovaciones o experimentos artificiosos, mostrando en noventa minutos que tienen la virtud de no hacerse demasiado largos toda la desazón de un texto como ‘Tío Vania’.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'BIOFOBIA'. Humano, demasiado humano


CRÍTICA DE TEATRO

'Biofobia'
Compañía: El Crujido
Autor, dirección e interpretación: Emilio Rivas
Escenario: Espacio Labruc (Madrid)

Esta es la historia de un hombre que se ahoga, que lucha por mantenerse a flote y que se esfuerza en no parar de moverse y hacer gestos para que lo rescaten. Mientras, en la orilla, los demás bañistas comentan cómo se divierte este hombre, qué bien se lo pasa, que él si que sabe aprovechar un día de playa. El socorrista se acerca con una media sonrisa, le da una palmadita en la espalda y mientras se vuelve hacia tierra le dice que no se preocupe, que todo irá bien, que basta con pensar positivamente, con creer en la capacidad de flotar de los cuerpos.

Esta es la historia de un hombre que se pregunta si merece la pena seguir nadando.

Emilio Rivas presenta su nuevo montaje, ahora con Compañía El Crujido- tras la ácida 'The Powers' y 'Padre/Hijo/Gato', ambas con Kalashnikov Teatro- en la que es autor, director e intérprete (con la colaboración silente del Sr. Williams).

Lo primero que se debería decir, y agradecer enormemente en estos tiempos que corren, es que se trata de un montaje valiente, mucho, tanto a nivel textual como escénico e interpretativo, que no se guarda nada, que no ahorra ni un gramo, con todas las virtudes y los defectos que esto conlleva.

Emilio va desgranando los capítulos de la vida de un hombre aparentemente feliz, pero profundamente solo en realidad, que ha hecho de esta soledad casi una patria que añorar (maravilloso el parlamento inicial), que sufre de una angustia física, que no hace más que mandar señales de auxilio que nadie parece ver.

El personaje, a través de estos capítulos (a veces un poco deslavazados y quizás excesivos para abarcarlos todos por igual), relata sus pérdidas, sus frustraciones, la rutina del trabajo alienante, la incompatibilidad y la escisión palpable con este modelo de sociedad cruel y despiadada.

Es el relato de alguien que todavía no se ha rendido y sigue bailando sobre el ring, baila pero no se engaña, está alejado de todo concepto del “pensamiento positivo”, del “todo saldrá bien si te esfuerzas lo suficiente”; la experiencia de las derrotas le ha demostrado que las cosas no salen bien solo por tener fe, que no depende solo de uno mismo, que la derrota por KO, de la caída inconsciente sobre la lona, es una posibilidad importante que, quizás a veces, solo se puede elegir cuándo bajar los guantes, elegir cuándo será el último golpe.

Y en ese combate donde Emilio introduce al público es un combate nada limpio, lleno de sangre y de sudor. El actor se crece (y con razón) por momentos ofreciendo grandes escenas- la del pez es un ejemplo claro- con un gran trabajo físico. Mantiene la vitalidad la aproximada hora y media que dura el  espectáculo, transitando de la desesperación a la ironía. Baila, se retuerce, se dispara para acto seguido volver a la calma para hablar con el Sr Williams, sabe cuándo hay que marear al contrario, cuándo tomar aire y estudiarlo y cuándo intentar golpear, le va la vida en ello.

Cierto es que a veces peca de excesivo dramatismo en algunos pasajes y que en algunos momentos puede llegar a lo obsceno (aquello que se debería quedar fuera de la escena) que restan eficacia a lo que cuenta en ese instante, como si faltara algo de distanciamiento. Problemas de acometer en soledad todo el trabajo.

Pero hay que insistir, se trata de un montaje valiente, honesto, en el que Emilio Rivas arriesga todo y sale bien parado, en el que el público puede sentir todo lo humano y animal del personaje. Un hombre que no sabe si se ahogará, pero que ha decidido no dejarse ni un gramo de aire en los pulmones.

BENJAMÍN JIMÉNEZ

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