'LA INFANCIA DE JESÚS', de J.M. Coetzee


 

CRÍTICA LITERARIA

'La infancia de Jesús'
Autor: J. M. Coetzee
Traducción: Miguel Temprano García
Editorial: Mondadori
Páginas: 272


APOCALÍPTICA E INTEGRADA

J.M. Coetzee nunca deja indiferente. Su nueva aventura literaria tras el cierre de su original y deslumbrante autobiografía, se aproxima a ser una especie de tratado repleto de metáforas y miedos de la sociedad contemporánea. Si normalmente el autor nacido en Sudáfrica no se caracteriza por su mirada optimista, en ‘La infancia de Jesús’ aprieta las tuercas de la desesperanza y realiza un retrato tan austero como desprovisto de luminosidad. Ni siquiera la nostalgia –en ocasiones refugio que otorga paz- juega baza alguna en todas aquellas vidas representadas y en las que los recuerdos ya no existen porque se han dejado atrás.

¿Qué ocurre cuándo todo es nuevo? ¿Qué sucede cuando ya nadie es quién fue? ¿Qué pasa cuando ya no queda nada sobre lo que esperar? Lo chocante y a la vez atrayente de esta novela es el extraño grado de reconocimiento que existe en una sociedad aparentemente nueva pero que resulta reconocible en todos los acontecimientos del día a día. Hay alguna semejanza –aunque lejana- con ‘La carretera’ de Cormac MacCarthy. Aunque la sensación de que cualquier momento pueda ser el último no está ni mucho menos tan presente, sí existe una realidad frágil y caprichosa.

El extraño apocalipsis en el que nos introduce Coetzee juega con el reinventar el apego emocional. Todo parte de ese mundo que se ha desmoronado –no importa el motivo ni si es así en realidad- y que hay que volver a crear. No hay un caos en las calles, no hay sucias operaciones bursátiles ni despidos. Hay trabajo y alojamiento para todos. La idea de comuna sobrevuela, pero es solo fugazmente. El tormento y las necesidades primarias conviven a la par en lo que será ese descubrimiento de un nuevo mundo que se ha generado para subsistir y acatar ciertas normativas que no van más allá de ciertos órdenes y disciplinas.

Coetzee ha sido valiente una vez más. No ha querido mantenerse en ese terreno que ha explorado tan notablemente. Adentrarse en esta cirugía del cambio puede generar ciertos interrogantes, pero son dignos de admiración y elogio.  Hay algo de comedia siempre en lo que expone Coetzee, todo está expuesto en unos límites que pueden chocar con ciertas percepciones. No hay duda, por otro lado, de que su escritura es limpia, agresiva y determinante.

Hay  una cuestión que puede ensombrecer algo el resultado. No es que sea vital, pero es posible que no se haya centrado tanto el autor en dar una solución convincente. Supuestamente todos hablan español. Los protagonistas, en apariencia, no lo hablan muy bien, pero el lenguaje que emplean es muy técnico. Esto produce alguna contradicción. Posiblemente sea un libro de difícil traducción.

En definitiva, la historia trata en parte del apego como herramienta para mover vidas perdidas sin un rumbo que vaya más allá de carreteras agrietadas y recuerdos borrados. Con Coetzee nada es lo que parece. Ha resultado ser un tanto críptico, es posible que haya puesto las cartas sobre la mesa para describir una especie de apocalipsis más palpable que cualquier otro que hayamos podido ver o leer. ¿Hacia dónde se encaminará el escritor?

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'DUET FOR ONE'. Aniversario feliz


CRÍTICA DE TEATRO

'Duet for one'
Autor: Tom Kempinski
Dirección: Juan Pastor
Teatro Guindalera (Madrid)

Nada mejor y más recomendable para celebrar la década de existencia del Teatro Guindalera que Juan Pastor se haya decantado por un texto tan sobrio a la vez que impulsivo como el escrito por Tom Kempinski. Pese a que los nombres de los protagonistas difieren, la realidad es que los personajes pueden jugar a ser la prestigiosa violonchelista, Jacqueline du Pre, su psiquiatra y, por referencias, el pianista y director Daniel Baremboin.

Todo tiene lugar tras la depresión que sufre la prestigiosa violonchelista Stephamie Abraham tras su esclerosis múltiple. La obra se centra en las sesiones a las que acude con un psiquiatra que le ha recomendado su marido. La puesta en escena que plantea Pastor es aparentemente sencilla pero está calibrada para que no se necesite nada más. El despacho del psiquiatra es donde las máscaras caen y las angustias van a comenzar a devorar el aparente sinsentido que es un día a día con un final que no da tregua. El orden siempre se establece con la llegada en silla de ruedas de Abraham y el espectador asiste a sus devaneos emocionales aquejados de miedos y de inseguridades. Como transición se emplean diferentes piezas musicales que dan empaque a una estructura muy formalista pero eficaz.

El trabajo realizado por María Pastor en esa especie de alter ego de Jaqueline du Pre es notable. La estridencia es tan necesaria como medida. Sus derrumbamientos  envueltos en devaneos emocionales captan la emoción de una vida que comienza a dejar de tener sentido. Todo lo que le daba consistencia se va cayendo y no hay de forma de frenar ese desasosiego que avanza cruelmente. Juan Pastor defiende al psiquiatra desde un distanciamiento que en ocasiones puede resultar un tanto chocante, aunque crucial para que las emociones salgan a flote. Cada mirada dialoga con unos gestos que transmiten una complicidad necesaria entre ambos intérpretes.

Enfrentarse a la verdad, saber decirla, escucharla, renunciar, asumir, odiar, llorar, gritar y música, mucha. Una música que en cierta medida era todo en una vida y que ahora al escucharla no ofrece consuelo, solo dolor. Las palabras dichas con precisión por boca de un templado Juan Pastor abren cicatrices y destapan la chistera de ese terror al que hay que enfrentarse para intentar asumir lo que será una crónica destemplada y sin consuelo de ese sobrevivir diario sabiendo que ya nada podrá ser ni aproximarse a lo que fue.

Con la caja de Pandora abierta se producen cambios y la interpretación de María Pastor es tan compleja como excelente. Otorga sentido y voz a unas entrañas desnutridas que se van anclando en la desidia de una nueva cotidianidad tan lacerante como repulsiva para lo que fue ella. La música y los recuerdos se conjugan en una cruzada que jamás es moralista. Todo está puesto en escena con delicadeza. No hay exceso, solo teatro al natural, valiente. Dos rostros que se miran, que se increpan, que se necesitan para avanzar.

Grandísimo montaje para celebrar la fabulosa vida de un teatro que lucha y subsiste con elegancia, talento y verdad.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ 

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'LOS COMBATIENTES', de Cristina Morales



CRÍTICA LITERARIA

'Los combatientes'
Autora: Cristina Morales
Editorial: Caballo de Troya
Páginas: 117
Año: 2013



El arrojo de Cristina Morales queda patente en cualquier escrito suyo publicado. Su primera novela tiene un comienzo directo y potente. Realmente parece que las cosas van a llamarse por su nombre y que no tiene miedo a nada. Por medio de un estilo que denota personalidad deja claro cómo es una escena del último montaje del grupo teatral del que forma parte. Sus descripciones son envolventes y consigue captar la atención del lector en  pocas líneas.

‘Los combatientes’ es una especie de baúl donde tienen cabida diversos momentos de la vida de esa actriz que escribe llamada Cristina Morales. Los capítulos son un tanto irregulares y no todos poseen la misma fuerza pero sí elementos notables. Muchas de las páginas están dedicadas al desarrollo de los diálogos del montaje que viene realizando con su compañía o a explicar los pormenores del montaje. Al igual que describe lo que puede suponer el pertenecer a un grupo de teatro que subsiste y combate por  dar un paso más en ese enjambre que rodea al teatro que aún no juega en primera división, se atreve a realizar un retrato un tanto somero de sus compañeros de grupo definiendo ciertos rasgos que los hacen muy presentes, pero nunca se detiene demasiado y eso se agradece. Con poco describe mucho. Grata sorpresa es el relato que la propia Morales, protagonista de ‘Los combatientes’, escribe  y titula ‘Resultados’,  una muestra de talento notable.

Es una primera novela que sirve para exponer las credenciales de una escritora avezada que escribe sobre cosas que conoce. No juega al despiste y resulta terriblemente habilidosa para enfrentarse a qué es realidad y qué es ficción con destreza y relativa verosimilitud, a pesar de que su grupo teatral quiera jugar a lo contrario.

Cristina Morales ha debutado bien en las distancias largas. Sus ideas y su forma de desarrollar personajes son muy interesantes. Atreverse con un producto multigenérico entrama ciertos riesgos. La autora sale airosa de muchos de ellos, aunque existan momentos un tanto más irregulares. Es lo que entraña la escritura hecha con honestidad y vísceras, que no todo ha de ser extraordinario. Lo que no ofrece duda alguna es que hay que seguir a Cristina Morales, talento hay.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'LE WEEK-END'. Sobrevivir al desgaste con ingenio


CRÍTICA DE CINE

'Le Week-End' (Roger Michell. Reino Unido, 2013. 93 minutos)

Lo mejor de la filmografía de Roger Michell surge de su colaboración con Hanif Kureishi. ‘Le Week-End’ aborda un tema aparentemente manido: una pareja celebra su trigésimo aniversario bajo el manto de la torre Eiffel. Lo que pasa es que bajo la pluma de Kureishi nada es prototípico. El aparente festejo del idilio se ve corrompido por un desgaste motivado por la convivencia y esas pequeñas cosas que ya son intolerables. Las heridas abiertas o que nunca terminaron de cicatrizar toman rienda suelta en un fin de semana en el que todo va a ser como nunca lo fue.

Situar a la pareja protagonista en una edad ya próxima a la jubilación ayuda mucho a comprender ese balance de lo han sido sus vidas y de lo que en realidad no quieren que sean. Los formalismos han quedado anclados en un pasado que ya no importa. Lo realmente relevante es el destino del tiempo que les queda. Los anhelos y ciertas renuncias combinados con las ensoñaciones y algunos miedos son  los motores de esta excelente película. Cuesta reinventarse y ambos luchan por reconocerse, más que en quiénes fueron en quiénes serán. El pesado lastre de un hijo que no termina por despegar, problemas laborales, insatisfacciones, deseos de hacer el amor con la persona que se ama, fantasear con lo que pudo haber sido la vida de uno, jugar a la apariencia, ver desnuda a tu mujer, alojarte en lugares impagables, comer en sitios prohibidos y huir de la rutina y del orden social establecido aunque sea del peor modo posible… todo eso es  la película que Roger Michell dirige con pericia. La cámara se mueve con ritmo y los encuadres son certeros. Tener a unos actores como Jim Broadbent –su interpretación fue recompensada con la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián- y la siempre atractiva Linsay Duncan facilita cualquier resultado. Se asiste a una lección de mesura y desparpajo interpretativo.

La vida de ambos se ve asaltada repentinamente por el pasado en la figura de Jeff Goldblum. Su aparición es crucial para el desenlace. Se produce un contraste determinante que enfrenta a los sueños con la constancia, y a la apariencia con el querer lo que no se tiene pero que quizá se pudo haber tenido. El sentido del humor es tan exquisito que nada es demasiado grave y más si se tiene una iluminación tan gozosa como la de Nathalie Durand acompañada por esas notas musicales creadas por Jeremy Sams.

Resulta complicado encontrar películas que no pequen mucho de nada y que fluyan como esta comedia que podría no haberlo sido pero que lo es y que, además, tiene un final primoroso a ritmo de baile. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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CHCE SIĘ ŻYĆ ('LIFE FEELS GOOD'). El valor de sentir


CRÍTICA DE CINE

'Chce się żyć' (Maciej Pieprzyca. Polonia, 2013. 100 minutos)

No se precisa alardear de sensibilidad para afirmar que ‘Chce sie zyc’ (‘Life feels good’ a partir de ahora) remueve por dentro. Lo consigue en escenas puntuales e incluso sale ganando en la pugna ante los prejuicios existentes con historias de este cariz, defensoras del espíritu de superación desde una perspectiva bienintencionada que no trata de ocultar. ‘Life feels good’ presenta casi todo trance duro envuelto a modo de cuento y así el trago es menos amargo. No engaña, aunque de vez en cuando deje el lirismo y duela desde el realismo.

Película sincera y hecha a golpe de sentimiento, lo que realmente la hace grande es una interpretación exigente, de aquellas destinadas a acaparar elogios y llenar vitrinas, y que es cierto que es de aquellas que se quedan en la retina. Es el de Dawid Ogrodnik un trabajo extenuante, de una corporalidad agotadora. Hace posible lo que casi no lo era, olvidar que se está delante de un actor y no del personaje real en el que está basado el largometraje. En ese sentido, su labor va en consonancia con la propuesta de Maciej Pieprzyca. Se somete a las reglas de este subgénero, a la estela de magníficas películas como ‘Las llaves de casa’ (Gianni Amelio, 2004), sin que la originalidad, en lo suyo, en el guion y tampoco en la puesta en escena, juegue a favor. Todo gira alrededor de Mateusz, afectado por parálisis cerebral y desahuciado por los médicos hasta que un día, treinta años después, se descubre que hay un corazón que sentía y un cerebro en activo desde el primer momento. ‘Life feels good’ arranca desde su niñez y termina en la actualidad. Entre medias pasa por hospitales, etapas de descubrimiento, de despertar sexual –tan similar y con tanta distancia a la vez con la de ‘Yo, también’ (A. Pastor y A. Naharro, 2009) o de impotencia ante la incomprensión narradas por una voz, la del propio protagonista, relatando vivencias y sentimientos y despojando así a la película de un tono documental y emparejándola con la ficción.

Queda su desarrollo así en manos de un relato oral a veces fabulado, optimista casi siempre, como la luz tenue que entra desde el exterior en cada escenario. Es especialmente interesante el tramo inicial, el de la infancia, en el que quedan apuntadas costumbres socioculturales arraigadas en la Polonia de los 80. Lo que viene a continuación se ajusta a la fórmula, aunque en el realizador se apunta un tanto: hay escenas que conmueven, que pueden tocar incluso a los más escépticos, especialmente ese corajudo avance ante el jurado que debe determinar si el protagonista debe abandonar la institución mental en la que ha pasado gran parte de su madurez.  La cámara aguanta con la calma que precisa tan reivindicativo instante. Es el momento en el que Ogrodnik hace cumbre en su extenuante interpretación, que por otras latitudes le haría merecedor, o al menos candidato fijo, a galardones de todo tipo. 

RAFAEL GONZÁLEZ

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'LA VIDA DE ADÈLE'. El azul quedó para mejor ocasión


CRÍTICA DE CINE

'La vida de Adèle' (Abdellatif Kechiche. Francia, 2013. 180 minutos)

El fenómeno que causó en 2011  la novela gráfica de Julie Maroh, 'El azul es un color cálido', resultó bastante extraño. La historia en sí no aportaba ningún elemento novedoso en lo que se refiere al despertar sexual entre mujeres. Quizá tuviese algún interés para su autora o personas un tanto alejadas en la temática. De ahí que llame aún más la atención el revuelo que se ha generado –fundamentalmente por los premios y críticas recibidas- con la película del exitoso y excesivo Abdellatif Kechiche. Toma algunos aspectos de la novela gráfica y los adapta a su antojo. En ningún caso es una adaptación de la obra de Julie Maroh.

Su excesivo metraje no llega a ser tedioso, pero no es ninguna desfachatez escribir que a la película le sobran noventa minutos. Hay demasiados tiempos muertos que no ofrecen más que instantáneas del dolor de la separación o del amor incondicional y pasional. Ni siquiera las escenas de sexo resultan atractivas. No están filmadas con entereza, suenan más a imágenes impostadas que a un sentir progresivo. Es cierto que Croneberg –fundamentalmente con ‘Crash’- y Patrice Chereau –con ‘Intimidad’- son los que mejor han filmado el sexo, con todas sus necesidades y todas sus entregas sin buscar una llamada de atención gratuita. El despertar sexual de esa chica perdida en un instituto queda en segundo plano. La adaptación hace que la película tenga un ritmo discontinuo. Algunos elementos positivos de la obra gráfica –como los diarios de la joven- se enuncian para transformarse en nada. Supuestamente opta el director porque transcurran muchos años, algo que resulta inverosímil, dado que los personajes no cambian. Podría haber sido una buena idea la del paso del tiempo, pero no consigue que el espectador sea consciente de esos cambios. El artificio lo transforma todo en caprichoso.

Kechiche filma bien, pero… ¿qué filma? Desvía la atención hacia lugares asépticos y un tanto vacíos. Es posible que haya pretendido contar lo que no se ve y filmar los instantes menos interesantes. Es meritorio no aburrir a lo largo de tres horas. Lo malo es que no ofrece ese plus en el que se consiga entender cuál es el objetivo de la película.

El hecho de alejarse del final de la historia original es llamativo. Hay demasiados desajustes sentimentales para buscar que todo cuadre. Había elementos para que todo pudiese funcionar pero se queda en el estereotipo de tiempos que maneja a su antojo y que no llegan a transmitir apenas nada. En todo caso, no aburre y se disfrutan momentos con esa excelente actriz que es Adèle Exarchopoulos.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'EL CONSEJERO'. Leer a McCarthy y huir de Ridley Scott


CRÍTICA DE CINE

'El consejero' (Ridley Scott. Estados Unidos, 2013. 117 minutos)

Un guion tan poderoso como el escrito por Cormac McCarthy no se merece el trato que le ha dado un director que, realmente, o no se lo ha leído o no ha entendido nada. Esa especie de western fronterizo, doloroso, sucio, angustioso, hiriente y atractivo se ha transformado en una historia límpida y aburrida. ¿Cómo se puede echar por tierra un trabajo tan bien escrito? Lo más llamativo y lacerante es que el propio McCarthy da las claves de lo que sería una dirección correcta; ofrece todo tipo de detalles, pero queda claro que el director de ‘Alien’ se siente más cómodo rodando historias en el espacio o junto a replicantes que con seres humanos. ¿Qué fueron ‘Los duelistas’ y ‘Thelma y Louise’?  Es posible que resultasen aciertos en una carrera donde hay más tropiezos que genialidades.

No resultaba extraño que Scott buscase a un guionista como McCarthy para que sus películas tuviesen algo de sustancia, pero lo que es un hecho palpable es que el cineasta no ha trabajado en el guion un solo instante, sino es imposible comprender cómo ha rodado todo como si se tratase de operaciones bursátiles de hombres exitosos y no de una historia en la que el rencor, la desconfianza y la muerte son las que llevan en volandas a esos protagonistas incautos y egoístas.

Talento en el aspecto actoral hay y mucho, malgastado, es trabajar para casi nada. Sus motivaciones se ven diluidas en recortes argumentativos que dañan el recorrido personal de unos personajes que son solamente caprichosos, hasta llegar al aspecto más negativo de todos: Penélope Cruz. Si ya su personaje no tenía un interés muy grande por escrito, sostenido por el amor con el propio consejero –un Fassbender que se vacía para nada-, en pantalla queda como una comparsa que luce palmito, una pena. Llama la atención una Cameron Díaz que saca partido a un personaje glorioso y cruel. Demuestra así que se puede contar con ella para cosas mucho más serias de lo que había ofrecido hasta el momento. Javier Bardem parece haberse relajado últimamente.  Su más que olvidable trabajo en ‘Alacrán enamorado’ aún sigue en la retina y su aportación a la película de Scott tampoco es destacable. Se refugia en demasiados trucos interpretativos que ya le han funcionado, pero que aquí no aportan tanto como podría esperarse. Decepciona, porque con Bardem siempre, o casi siempre, se disfruta.

¡Qué pena da no sacar riqueza visual a un guion así! La escena en la que el personaje interpretado por Cameron Díaz copula con el coche de su novio es de una mojigatería imperdonable. Solo hay que leer el guion para contemplar ese momento tan absorbente que es el hecho de realizar el acto sexual con un coche bajo la atenta mirada de su pareja y las consecuencias en el cristal. Lo que filma Scott es un anuncio –malo- sobre compresas o sobre una colonia. Nunca lo que está escrito.

La fotografía se queda en nada. Todo tan luminoso es un delito contra el agobio y el terror qué pasan unos personajes avariciosos que son traicionados y abandonados a merced de un destino que no perdona. Si en el texto se mastica polvo en la película se saborea chicle rancio. Esperemos que McCarthy haga más guiones y que al igual que en la magistral ‘The Sunset Limited’ dirigida por Tommy Lee Jones encuentre directores a la altura requerida.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'PŁYNĄCE WIEŻOWCE' ('FLOATING SKYSCRAPERS'). Egoísmos emocionales


CRÍTICA DE CINE

'Płynące wieżowce' ('Floating Skyscrapers'). (Tomasz Wasilewski. Polonia, 2013. 93 minutos)

A ‘Floating Skyscrapers’ le han adjudicado incluso desde antes de su estreno la coletilla de provocadora. En un país como Polonia todavía se ponen este tipo de etiquetas a productos que toquen, no hace falta que se adentren demasiado, temáticas como la homosexualidad. Es cierto que la nueva película de Tomasz Wasilewski no se echa atrás al rodar las escenas de sexo y que en ella late una historia sentimental entre dos hombres. Tanto como que es casi lo de menos dentro de lo que no deja de ser un drama de pasiones que hierven reprimidas y un día saltan y ya no hay vuelta atrás. ‘Floating skyscrapers’ está protagonizada, y es lo que sobresale, por egoístas emocionales, personas que priorizan lo suyo y que parecen olvidar a quiénes les rodean. Es por eso una película que se hace dura, ante la que es complicado empatizar y acercarse. Se hace incómoda de principio a fin, a pesar de que no se puede poner ninguna objeción a la dirección de Wasilewski, con una fotografía pulcra, una dirección de actores correcta y una atmósfera que va envolviendo lentamente en su tránsito a una tragedia casi poética.

Es el guion la parte más endeble, incuestionable, la zona a la que más pegas se le pueden poner. Es noble el empeño de Wasilewski, y es importante que se normalice la aparición de películas de este tipo, pero no sabe escaparse de convenciones. Ahí tenemos a ese tercer vértice del  triángulo, un joven de clase alta, madre comprensiva y padre que niega su tendencia sexual. La escena en la que enfrenta a su padre su sexualidad deja al borde de la risa cuando ni la pide ni la pretende. En contrapartida e igualmente durante el desarrollo de una comida,  hay otra escena magnífica, con los tres protagonistas compartiendo pasta, tensiones y sentimientos reprimidos.

Wasilewski apuesta por el silencio, por arrinconar palabras y gestos. La decisión afecta al resto de elementos cinematográficos. La puesta en escena es fría, casi aséptica y la visión que se ofrece de Varsovia raramente ofrece algo de luz, está oscurecida, anunciando un cierre que puede parecer abrupto. La carga simbólica que parecía arrastrar hasta el epílogo –dos golpes de guion, bofetones, casi consecutivos- se diluye. Deja eso sí el rastro de dos valiosas interpretaciones y una escena, la ya mencionada comida a tres, en la que se escucha el grito reprimido de los sentimientos que no se dejan salir, tantas veces ahogados.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'VIVIR ES FÁCIL CON LOS OJOS CERRADOS'. De buenas personas y sueños cumplidos


CRÍTICA DE CINE

'Vivir es fácil con los ojos cerrados' (David Trueba. España, 2013. 108 minutos)

Tras aquella maravillosa reflexión sobre la desesperanza, el paso del tiempo, los anhelos y la fascinación por los pechos en formación que supuso ‘Madrid 1987’, David Trueba se adentra en el positivismo de luchar por los sueños, llevarlos a cabo y conseguirlos en su nueva película. ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’ es una oda al optimismo que Trueba filma de un modo correcto. Regresar a esa España de mediados de los 60 con el telón de fondo de la música de ‘The Beatles’ le abre al director la puerta de mostrar desde la esperanza el encuentro de tres personas en busca de efímeras huidas de lo que son sus vidas. No hay dramatismo en esas escapadas, evidentemente la más justificada es la de Javier Cámara –extraordinaria interpretación- como ese profesor de inglés que adora la docencia. Por encima de su admiración y respeto por John Lennon está el empeño en que sus alumnos aprendan inglés por medio de las letras de The Beatles. Que coincida todo con un rodaje que ha traído a Lennon a Almería es el impulso necesario para dar ese paso que implica buscar una mejor educación, más práctica. No deja de existir cierta desaprobación en los rudos métodos que emplea el jefe de estudios y contra los que el personaje de Cámara combate desde su parcela.

En su viaje encontramos a dos chavales que huyen por distintas razones de sus casas. Por encima de sus motivos, lo importante es lo que comparten y reflexionan en este viaje envuelto en 'road movie', sobre el punto en el que están sus vidas y lo que quieren hacer con ellas. No hay dramas, todo aquel que se encuentran por el camino es buena persona. Todos ayudan sin pedir nada a cambio, todo por la compañía. El positivismo es necesario y Trueba lo ha mostrado. Esta película curiosamente puede tener ciertas reminiscencias con su debut cinematográfico, ‘La buena vida’, al mostrar a esos jóvenes que experimentan algo que posiblemente les cambie la vida.

Algo extraordinario en David Trueba es que ha conseguido recuperar a Jorge Sanz. En esta ocasión interpreta al padrede los 'grises’ y sabe alejarlo de lo estereotipado de lo que se supone que debía ser un hombre de la época. Le dota de cierto corazón que consigue que su interpretación esté muy lograda y funcione armónicamente. Ramón Fontseré, pesé a ser un gran actor, parece siempre anclado en el mismo personaje, ya sea con Els Joglars como con Trueba. Buen descubrimiento Natalia de Molina, que compone un personaje enigmático con respecto a su pasado y las circunstancias que le han llevado a su estado. Tiene sensualidad y funciona con naturalidad en sus réplicas. Habrá que seguir su carrera. Francesc Colomer tiene momentos muy buenos pero se ve demasiada preocupación por el texto por encima de las intenciones; es solo cuestión de tiempo. Javier Cámara lleva el peso de la película y no hay duda de que su trabajo se verá recompensado. Es cierto que en ocasiones parece que a Cámara se le exige un cierto registro, pero es un actor tan potente que no importa lo que se le pida porque siempre llega a ello, no tiene frontera alguna y se agradecería que fuese aún más valiente y diese giros en sus proyectos; su talento es prodigioso.

La fotografía a cargo de Daniel Vilar es muy notable, capta la luz de un viaje emocional con las pautas de aquellas imágenes sepias en la memoria. Nunca es fría, siempre resulta cálida y es sutil al mostrar la intimidad de lo que le sucede a cada personaje. Un trabajo extraordinario.

David Trueba ha hecho una película positiva, no hay moralejas salvo la del amor a la enseñanza, que con los tiempos que corren, siempre es bienvenida tal reflexión. Sus novelas aún  siguen siendo  superiores a los guiones que realiza, pero se agradece que siga explorando, a la espera ya de su siguiente trabajo.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'ARRAIANOS'. Desconcierto de festival


 

CRÍTICA DE CINE

'Arraianos' (Eloy Enciso. España, 2012. 70 minutos)

Producto tan insólito como de alcance limitado, ‘Arraianos’ estaba destinada de antemano a ser carne de festivales. El resto de espectadores tiene que llegar preparado. Chocará con una propuesta que desconcierta de principio a fin. Entre la ficción, el documental y un realismo mágico a la gallega, se apropia de textos salidos de una pieza teatral para crear un documento profundamente sensitivo que funciona como espejo de un territorio fronterizo entre la nada y el todo. A favor juega su limitada duración, su capacidad de generar inquietud –ese hombre anunciando el fin- y ese retrato bucólico no exento de crudeza de la vida rural.

Ante una producción de estas características, el espectador debe hacer un esfuerzo, buscar donde casi no hay. Se le hurta hasta la opción de ubicar geográficamente con precisión esa especie de Macondo entre la bruma. Los personajes son sombras al servicio de un mensaje críptico. Todo se constituye en una paulatina suma y acumulación de planos, algunos ciertamente hipnóticos, pero en general generando un efecto reiterativo. Aunque lo más desconcertante de ‘Arraianos’ es la facilidad con la que se coló en la cartelera comercial, un hábitat alejado a su forma de vida, mientras que otras producciones, incluso pequeñas como la que ahora se analiza, sufren o les es imposible acceder a una plataforma así. Un misterio más a añadir a la saca de esta propuesta.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'¿QUIÉN MATÓ A BAMBI?'. La banda sonora ante todo


CRÍTICA DE CINE

'¿Quién mato a Bambi?' (Santi Amodeo. España, 2013. 89 minutos)

Santi Amodeo era una figura muy curiosa en el panorama cinematográfico nacional. Sus aventuras en solitario tuvieron una recompensa más que interesante con su anterior película, ‘Cabeza de perro’, aquella historia original y valiente. ¿Qué ha ocurrido ahora? Su nueva película es una especie de gran producción sonora que no alcanza a ser algo que vaya más allá del simple anecdotario. ¿Dónde ha quedado ese particular mundo del director? Es posible que le haya llegado un presupuesto más generoso al rodearse de caras conocidas y filmar accidentes ingenuos, pero eso no lleva a que la historia sea más que una maraña de falsas coincidencias y escaso humor.

Partir de la elección de Quim Gutiérrez como actor protagonista condena a la película. Sus interpretaciones nunca cambian de registro. Este personaje podría ser el mismo que en cualquiera de las películas  de Sánchez- Arévalo. Menos mal que le acompaña Julián Villagrán y todo adquiere algo de consistencia. Tampoco aporta casi nada un previsible Ernesto Alterio, que combina momentos de acento andaluz con otros que no. ¿En qué lugar se posiciona la película? Da la sensación de que ha pretendido tener muchos frentes abiertos, pero estos se han cerrado por sí solos, se transforman en burdos escaparates de risa fácil y  previsibilidad condenatoria.

Lo que hace que la película se sostenga es una excelente banda sonora compuesta por el propio director y Enrique de Justo, pero es algo que se antoja escaso para aguantar los casi noventa minutos. Tampoco ayuda nada, es más, la transforma en más ridícula, el hecho de contar con un anodino Andrés Iniesta –con frase incluida- en un cameo especial que lo ensombrece todo demasiado.

Santi Amodeo es un buen director y sus películas tienen siempre una consistencia llamativa. Posiblemente esta película sea un bache que le permita abrirse a otro público y así al menos no tardar tanto en rodar otra película, eso sí, siempre y cuando regrese a ese humor lúcido y a sus historias inquietantes y no a estas pantomimas de engaños y equivocaciones que provocan cierta desolación al comprobar que son una constante últimamente.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ   

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'IDA'. Silencio, dentro y fuera


CRÍTICA DE CINE

'Ida' (Pawel Pawlikowski. Polonia, 2013. 80 minutos)

Algo se mueve, puede definirse como inquietud, en la renovada cosecha del cine polaco. Ya hay directores, por ejemplo, que profundizan sin dobles lecturas en un tema intocable demasiado tiempo. Ya lo hizo hace un año Wladyslaw Pasikowski con ‘Poklosie’, estimable largometraje que destapó vergüenzas internas y reabrió heridas todavía, casi un siglo después, no cicatrizadas del todo a tenor de la respuesta mediática obtenida. En lo que ha supuesto el regreso a sus orígenes, Pawel Pawlikowski, cineasta de prestigio en Reino Unido, retoma el tema y lo contrae al mismo tiempo hacia adentro. ‘Ida’ es así una doble película. Por fuera se ven esas profundas grietas morales que dejó la Segunda Guerra Mundial a su paso por Polonia, centrándose en esa parte de la población local que mortificaba desde el silencio y se aprovechó del exterminio judío. Y a un nivel interno se asiste a través de la protagonista a ese brutal choque entre fe y realidad, entre lo físico y lo espiritual y entre esa generación tocada por el conflicto bélico y esa otra que intenta salir del lodazal.

Es complicado encontrarle fisuras a ‘Ida’. Hay delicadeza, una fotografía primorosa, una pelea plano a plano a la búsqueda de la perfección formal, interpretaciones sólidas y un guion mínimo que se va expandiendo hasta lograr cruzar pasado y presente en la Polonia de 1960. ‘Ida’ es al mismo tiempo una singular ‘road movie’ por paisajes casi lunares, una incursión en las profundidades de pueblos tomados por el silencio, el mismo que se impone la protagonista, una novicia a punto de tomar sus votos. Agata Trzebuchowska hace suyo ese personaje que suple su falta de discurso verbal por los sentimientos que transmite su mirada, un abanico que va desde lo infantil hasta esa madurez que llega demasiado rápido. El polo opuesto en ese singular trayecto de redescubrimiento personal lo conforma su tía, interpretada por Agata Kulesza, la otra cara, una roca con demasiadas erosiones y cuya profesión simboliza el nuevo estatus opresor de un país todavía saliendo de la pesadilla. 

Historia de madurez, tiene el mérito de mirar adentro y hacia fuera sin posicionamientos que condicionen al espectador. ‘Ida’ es una película adulta, que casi obliga a un segundo visionado. Hasta su duración está medida, aunque quizá se quede algo cojo ese ‘tour de force’ emocional y redentor que afronta el personaje de la tía de la protagonista. También puede parecer algo obvio que lo que haga explotar pulsiones físicas soterradas sea un músico. Detalles al margen, ‘Ida’ se define como una perfecta muestra de cine universal y que salta fronteras pese a su definida localización geográfica y social. Pawlikowski trabaja desde el detalle y deja que los silencios muevan la historia, tomando como referencia, palabras suyas, ese cine checo setentero del que tan poco se conoce en España y tanto se venera en gran parte de Europa. ‘Ida’, por otra parte, exige en el espectador la misma paciencia con la que trabaja en su puesta en escena, otro apunte que no hay que olvidar. El resultado de ese minucioso trabajo delante y en la pantalla dejará huella, pocas veces la memoria histórica, y da igual el país, ha quedado reflejada con tanta sutileza como crudeza como sucede aquí.

RAFAEL GONZÁLEZ

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FERNAN-GÓMEZ, MADRID Y LA TRAICIÓN


Recuerdo la primera vez que vi a Fernán-Gómez. Fue en los alrededores del estadio Santiago Bernabéu una tarde de un sábado que por no sé qué extrañas circunstancias, mi padre –a quien le debo todo- me llevó a ver un partido del Castilla y se equivocó de día. Algo decepcionados nos encontramos por los aledaños del estadio con aquel pelirrojo alto, sin barba y al que mi padre llamó maestro y me presentó. Dese ese día Fernando Fernán-Gómez entró en mi vida para no salir jamás.

La noticia de que la calamitosa alcaldesa de Madrid ha decidido cambiar el nombre de su teatro es algo que por desgracia ya no sorprende. Una personalidad por encima de las ideologías –aunque la suya nunca estuviese oculta- y admirado por partidarios de uno u otro extremo se ve ahora vilipendiada por alguien que peca de un analfabetismo cultural y emocional al borde de lo peligroso. Poco a poco Madrid se ha ido convirtiendo en una ciudad cada vez más alejada de la primera división cultural. Se ha contaminado de la mediocridad, una herida que no tiene salvación posible. Para este grupo que gobierna Madrid, jamás podría llevar un teatro el nombre de una persona tan renacentista e importante a nivel mundial que ha representado a España en no pocas ocasiones. Pero lo más triste es que se trata de un madrileño nacido por accidente en Lima. ¿Acaso ignoraba la alcaldesa impuesta el fervor que el maestro Fernán-Gómez profesaba por Madrid? Sus recuerdos de Chamberí son una radiografía de aquel Madrid en blanco y negro que tan perfectamente ilustra en sus prodigiosas memorias ‘El tiempo amarillo’. Lo más infame es que esa dama que busca notoriedad quizá desconozca hasta quién era Fernán-Gómez. No creo que extrañase a nadie tal afirmación. El mero hecho de haber tomado una decisión así solo muestra una incapacidad tan grande como real.

El trato que recibe –y para más inquina- en el aniversario de su muerte ha sido deplorable y no valen gestos inútiles de última hora. Curiosamente en su funeral salieron artículos que evocaban su figura como escritor, actor y director. No hay que olvidar que es más que posible que la mejor película que se haya realizado en la historia del cine español sea ‘El mundo sigue’, dirigida, escrita –adaptando una parte de la novela de Zunzunegui- e interpreada por Fernán-Gómez. Pocas por no decir ninguna figura del panorama cultural español ha sido tan exitosa en los campos artísticos que ha abarcado. “Simplemente por eso” ya debería haber no un teatro, sino dos y algún cine con su nombre. Pero no, el asunto viene de lejos. En los funerales se hablaba de esa figura respetada, pero eso no ha sido siempre así. Es posible que exista una semejanza con Billy Wilder cuando siempre dijo que él no se retiró de hacer películas, sino que le retiraron. ¿No pasó lo mismo con Fernando? Ya nadie parece acordarse de cuando buscó productora para su historia ‘Stop, novela de amor’ y al final tuvo que realizarla en novela –gracias a la recomendación de Tina Sainz- porque a ninguno le pareció adecuada, o por qué a una semana de comenzar el rodaje en Portugal se vino abajo la adaptación de su novela ‘La puerta del Sol’. ¿Qué explicación lógica hay a todo eso en alguien que para todos era tan grande? Y así con proyectos y proyectos.

Quizá Fernán-Gómez resultó para algunos un ser incómodo pero a la vez prestigioso –para jugar a ser basura pseudointelectual- y elogiarle, pero eso sí, a cierta distancia. La canallada que ha realizado la alcaldesa impuesta y su grupo de espantapájaros culturales, burócratas palmeros de color gris, tardará en olvidarse. Ese teatro será siempre el Fernán-Gómez. Ya está bien de que hagan lo que quieran. Con Fernando no se juega y ahora más que nunca se puede decir ¡Váyanse ustedes a la mierda!

IVÁN CERDÁN

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'BLUE JASMINE'. Estereotipos poco afilados


CRÍTICA DE CINE

'Blue Jasmine' (Woody Allen. Estados Unidos, 2013. 98 minutos)

Siempre causa cierta excitación acercarse a cada nueva película de Woody Allen. ¿Por dónde habrá salido? ¿Comedia, drama, ambas? ¿Cuáles serán sus maravillosos lugares comunes? ¿Qué música empleará? Haga lo que haga, continua siendo tan fiel a sí mismo que es deslumbrante acudir con tanta expectación a su estreno anual. ‘Blue Jasmine’ es una película peligrosa. Tiene los elementos perfectos para combinarlos y transformarse en una magnífica película –imagino que la soñada por Allen mientras perfilaba el guion- pero no llega a serlo. Es posible que todo se quede en la superficie y muchos de los personajes se queden dibujados en esos estereotipos repletos de vacíos que no dan el paso para ser algo más que rehenes de esas manías y costumbres expuestas en las primeras secuencias.

La profundidad dramática que ofrece la situación sufrida por Jasmine abre un abanico de posibilidades sin límites. Acierto contundente combinar aspectos cómicos en esa tragedia de cierto deterioro vital. El capricho y jugar a lo que nunca se ha sido pero que se ha creído ser está perfectamente enunciado. Lo negativo es que no llega a cambiar de marcha y subir una intensidad que la historia aceptaba sin resentirse. El personaje al que da vida Cate Blanchett, Jasmine, al igual que su interpretación, está demasiado subido de revoluciones. El mostrar ese desequilibrio enfermizo –otra 'border line', ¿por qué hay tantas últimamente?- hace que el personaje no esconda cartas en su deterioro. Retrata a un ser tan vacío como carente de cierto interés. Puede que se justifique con su origen y la búsqueda de una identidad que haga las mil maravillas en la sociedad, pero son argumentos un tanto pobres. En esta ocasión, se hubiese agradecido más contención en la interpretación. Todo pesa demasiado en cada acto y eso carga cuando no ha de hacerlo, aunque, evidentemente, tiene momentos extraordinarios en su desmesura.

La aventura de una persona de alta sociedad que busca refugio en la clase media baja de San Francisco le sirve a Allen para jugar a los extremos y de nuevo contrastar esa vida burguesa con lo que es ahora su situación, o mejor dicho, el estatus al que aún ni siquiera ha llegado tras su nueva posición de antigua rica arruinada. La hermana, una notable Sally Hawkins, es lo opuesto a Jasmine. Sabe quién es y dónde está –aunque la irrupción de Jasmine le confunda- y lo mejor, dónde podrá estar. Ese mundo terrenal en el que vive acompañada de hombres sin glamour tampoco se refleja de un modo que vaya más allá de la superficie. Se echa en falta algo de más calado en cada personaje, parece que se ha olvidado de reflejar sus personalidades. No vale solo con los hábitos de verles tomando martinis o comiendo pizzas y bebiendo cervezas baratas de supermercado.

La historia, al estar narrada mediante 'flashbacks', ofrece muchas posibilidades para comparar cómo era la vida de Jasmine y lo que es ahora. Esta combinación de situaciones no siempre es acertada porque redunda en aspectos que ya ha relatado en diversas partes de la acción. Alec Baldwin ofrece otra radiografía bien construida de un personaje que navega entre la ostentación, el engaño y el daño. Sus acciones son devastadoras para aquel que esté a su lado. Por su parte, el ex marido de la hermana, interpretado por Andrew Dice Clay, es un ejemplo de lo que puede ser una vida destruida tras un aparente golpe de suerte. La interpretación de Dice Clay es notable, su personaje no se queda solo en el cliché. Atención a su última aparición, es demoledora.

El dolor, el capricho, lo que no somos, lo que no queremos, el alcohol como refugio, la enfermedad, las separaciones, las amantes o la deshonestidad tienen su cabida en este conglomerado de situaciones con puntos suspensivos. De nuevo la banda sonora es espectacular y el empleo de ese jazz magnético que flota por las calles de un San Francisco tan inhóspito en ocasiones como muy sugerente en otras, ayuda a que el ritmo aguante bien. Lo mismo el montaje de Alisa Lepselter, cada vez mejor artesana y ofreciendo una notable continuación al propio guion. La fotografía de Aguirresarobe –de corte muy parecido a la de ‘Vicky, Cristina, Barcelona’– encaja con contundencia en esa combinación de colores y emociones que se respira en cada “epopeya” que tiene lugar en las diferentes estratosferas sociales que se filman.

‘Blue Jasmine’ necesita un tiempo. No hay duda que un segundo visionado puede hacerla más grande, pero tras un primero… difícil de catalogar, aunque eso sí, Woody siempre ofrece muchas cosas.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ  

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OTRO GALARDÓN, MÁS EXIGENCIA

Hay que mantener la confianza en los galardones institucionales por si algún día les da por premiar el talento. Rara vez ocurre, prevalecen otros criterios que a veces flotan en la superficie, demasiado visibles. No se puede dudar en este sentido del Premio Nacional de Literatura Dramática 2013, que ha ido a parar a Juan Mayorga (Madrid, 1965). Estamos ante un dramaturgo en constante crecimiento, tenaz, trabajador y al que este tipo de reconocimientos no le ponen por encima del resto. Vuelve a bajar para poner el listón a más altura. Mayorga observa, se renueva y saca material hasta de tropiezos o esporádicos desencuentro creativos, de los que nadie que conozca las bambalinas del teatro español se libra. Es significativo que este último galardón recompense a ‘La lengua en pedazos’, otro texto poco complaciente con el espectador y desde el desconocimiento poco apetitoso –sobre la figura de Santa Teresa pueden pesar los prejuicios-, con el que autor madrileño ha dado un paso adelante debutando en labores de dirección y conformando su propia compañía, a salvo de subvenciones públicas. 

Premios y cuantías económicas desorbitadas y elogios al margen, lo cierto es que Mayorga deja en cada uno de sus textos, como el premiado, mucho fondo. Verdad es la palabra, material con el que salir del teatro y ponerse a leer. El madrileño abre un libro, conduce la lectura y deja que el espectador la concluya y reflexione sobre lo leído, escuchado y visto. Es un autor pegado al aquí y ahora, y no hay muchos, escasean, que escucha el latir de la calle, que no reniega de tocar temas duros y que aborda las páginas negras de la historia de cara. Y si hablamos de su descubierta versatilidad –como el salto a la dirección- no hay que olvidar esa otra cara quizá menos mediática pero también a destacar, como su labor docente –que muchos no podrán olvidar-, su reivindicación desde hace tiempo del teatro breve y su reciente acercamiento a la literatura dramática infantil (‘El elefante ha ocupado la catedral’). Esa es otra característica de este dramaturgo. Antes que el artista está la persona, el ciudadano, inquietudes no solo externas basadas en el reconocimiento sino también las más cercanas, silenciosas y desapercibidas casi siempre. Mayorga ha llegado a aplazar o suspender viajes institucionales por estar donde cree que debe estar. Al lado de los suyos, sin ataduras. 

Y lo mejor es lo que queda, tanto por delante como por el camino. Mayorga sigue a lo suyo, elaborando un discurso natural y valiente cuando le piden la palabra y dando textos en los que la exigencia con los que los aborda la traslada al patio de butacas. A uno le gustaría que ese esfuerzo fuera correspondido más allá de los premios y no se quedaran archivados libretos como ‘El jardín quemado’ o el reciente ‘El cartógrafo’. Y si se habla de reconocimientos, no está de más recordar a los que profesionalmente le han apoyado desde hace tiempo. Desde espectadores hasta editoriales y todos aquellos que han contribuido a formar y que a la vez han recibido formación del nuevo Premio Nacional de Literatura Dramática.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'DON JON'. Porno, mentiras, redención y amor


CRÍTICA DE CINE

'Don Jon' (Joseph Gordon-Levitt. Estados Unidos, 2013. 88 minutos)

La cuidada y exitosa carrera del actor Joseph Gordon-Levitt no tiene techo. Sus muestras de talento son continuas, cada trabajo suyo es un registro nuevo y sus matices son cada vez más enriquecedores. A este crecer continuo se le une ahora  una nueva labor de guionista y director con su interesante debut ‘Don Jon’. No es fácil asumir ese doble reto de protagonista y director, pero Gordon-Levitt tiene muy claros todos los claroscuros de su personaje y consigue salir triunfador, aunque hubiese estado bien algo de mesura en muchos de sus exagerados gestos.

‘Don Jon’ es una curiosa revisión del mito de Don Juan. En este caso, no es solo el deseo de la conquista lo que prima en las chanzas de este conquistador y crápula nocturno. Hay algo que está por encima del contacto físico y eso no es otra cosa que el porno. En los cinco primeros minutos la radiografía del personaje está expuesta con claridad y precisión. La comedia es una aliada para mostrar las obsesiones enfermizas de unos personajes que solo tienen en la cabeza la numeración que han de otorgar al contoneo de unas caderas o a unos turgentes pechos.

El problema se centra al encontrar a una belleza como Barbara Sugarman –Scarlett Johansson- que pone patas arribas ciertas aficiones del protagonista.  La comedia en este momento pega un pequeño giro. La película sigue siendo cómica, pero ya se introducen mayores matices. Toda esta vida nocturna que compagina con su rutina de los domingos en la iglesia junto a sus padres, sus confesiones al cura –grandes momentos en las penitencias- , sus charlas en la comida familiar –maravilloso haber cogido una familia de ascendencia italiana, quizá un homenaje a ciertas películas de Scorsese- y su adicción a la masturbación con exigentes videos pornográficos, encuentran en la figura de Barbara un antagonista poco manejable en sus intereses. Johansson compone un personaje con fuerza, moldea un carácter que se refugia en un hipnótico cuerpo que llega a desquiciar a un Don Juan que hace grandísimos esfuerzos para conseguir su premio más preciado. Las convicciones formales de ella son un buen contraste con las suyas. La intransigencia de aquel que se cree en la razón “porque debe ser así” está muy bien matizada y expuesta.

La irrupción en sus costumbres da pie a un  mundo de mentiras y engaños para conseguir que la otra persona sea feliz. Se habla de un sacrificio que es vilipendiado al menor descuido. El deseo y la satisfacción son los mayores motores que mueven la vida de Jon, no hay demasiada profundidad en él, pero tampoco lo busca. Es más, no es la noche lo que le vence, ni siquiera son otras mujeres, es el porno es todas sus cualidades. Resulta gracioso la clandestinidad con la que ha de recurrir a él para no entorpecer la vida de su clásica compañera. La unidad familiar entra en liza y los intereses personales quedan secuestrados por esa necesidad de esconder debajo de la alfombra, y eso, solo puede traer dolor y angustia.

La aparición de la siempre magnífica Julianne Moore aporta a la película una dosis muy importante de madurez. Gordon–Levitt sabe lo que se hace y es capaz de aguantar la comedia con una dirección basada en una personalidad notable –no duda en repetir planos en diferentes acciones- y consigue sacar puntos muy interesantes mediante un montaje  a modo de flashes  que potencia aún más la comicidad de ciertos momentos –geniales sus discusiones y diversas camaraderías con su padre -.

Hacia la parte final, y contrastando un poco con su figura de referencia (Don Juan), hay una cierta moralidad espiritual en cuanto a la entrega física y a lo que supone hacer el amor con otra persona. El tono de la película cambia con esa irrupción de la morbosa compañera de clase –Moore-, que llega a conseguir, sin charlas moralizantes –aunque la película peque de eso- que se replantee ese sistema de vida como algo peligroso para la entrega “carnal”. No hay gritos ni discusiones innecesarias en los conflictos, se agradece. Los prototipos encontrados son acertados. Saber conjugar el deseo con lo prohibido, lo establecido, lo “normal” está muy bien filmado. Romper con ciertas rutinas para intentar crecer es uno de los objetivos que pretende el director-guionista-actor.

‘Don Jon’ es una película ingeniosa y divertida. Es posible que la tilden de eminentemente masculina, aunque esa sería una valoración un tanto pobre. Son discutibles determinados movimientos de cámara que distraen más que aportan –algún descuido en ciertos enfoques- pero Gordon-Levitt ha estado a la altura al desarrollar ese mundo claro al que referencia con un look tan hortera como efectivo. El porno y su relación con la supuesta vida ordenada que se ha de llevar congenian aquí de un modo inteligente y notable. Notable debut.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'TÍO VANIA'. Chéjov en esencia



CRÍTICA DE TEATRO

'Tío Vania'
Autor: Antón Chéjov
Dirección: Rodolfo Cortizo
Compañía: La Pajarita de Papel
Teatro: La Puerta Estrecha (Madrid). Hasta el 19 de diciembre

‘Tío Vania’ revela los lados más opacos de la obra de Antón Chéjov. Es de largo su texto más esclarecedor. Alumbra los espacios más grisáceos de su producción, ejerce de engrase para muchas de sus obras posteriores y saca a flote toda esa atmósfera densa y hostil que niebla el interior de los personajes que la protagonizan. Vale, por lo expresado, como una inmejorable presentación del laberíntico universo de Chejov. Y es así como la compañía La Pajarita de Papel acude nuevamente al dramaturgo ruso, como ya hiciera con ‘El canto del cisne’. Demuestra oficio ante todo su puesta en escena de ‘Tío Vania’, exprimiendo el jugo a la esencia del texto y  aliándose, una vez más, con ese espacio escénico tan sugerente del que puede presumir La Puerta Estrecha de Madrid.

Texto de ambiente y revelador, La Pajarita de Papel lo lleva por territorios manejables en lo que se ve como una apuesta clara por hacerlo fluido y poco poroso a la recepción. La puesta en escena se escora hacia un estatismo al que apoya una escenografía detallista y una iluminación cuidada y que da sentido a lo expuesto. Los actores se mueven cómodos en ese plano. Elevan la media al afrontar las escenas más íntimas, creíbles dentro de una intensidad que en alguna escena sobrepasa, que brotan de la historia. Es revelador el dato, puesto que permite detectar cierta falta de cohesión cuando sobre el escenario se juntan más de dos intérpretes, aunque el paso de las funciones parece haber soldado esa grieta. Hay que destacar el trabajo de Rodolfo Cortizo, que sabe medir, aguantar, reservar y dejar salir la amargura que asfixia a su personaje. Pertrecha de razones para el hastío a ese Vania que es la bisagra sobre la que giran el resto de secundarios, actores de garantías, en lo que deviene un constante crecer dramático y de interés por parte del espectador hacia la función.

‘Tío Vania’ se revela así de la mano de La Pajarita de Papel como una más que digna aproximación a la cumbre y al mismo tiempo esencia del teatro de Chéjov. Incluso puede puntuar doble si se trata del debut o de una de las primeras incursiones de un espectador en la tantas veces esquinada e impermeable obra del ruso. La Pajarita de Papel le sabe sacar jugo sin tirar de innovaciones o experimentos artificiosos, mostrando en noventa minutos que tienen la virtud de no hacerse demasiado largos toda la desazón de un texto como ‘Tío Vania’.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'BIOFOBIA'. Humano, demasiado humano


CRÍTICA DE TEATRO

'Biofobia'
Compañía: El Crujido
Autor, dirección e interpretación: Emilio Rivas
Escenario: Espacio Labruc (Madrid)

Esta es la historia de un hombre que se ahoga, que lucha por mantenerse a flote y que se esfuerza en no parar de moverse y hacer gestos para que lo rescaten. Mientras, en la orilla, los demás bañistas comentan cómo se divierte este hombre, qué bien se lo pasa, que él si que sabe aprovechar un día de playa. El socorrista se acerca con una media sonrisa, le da una palmadita en la espalda y mientras se vuelve hacia tierra le dice que no se preocupe, que todo irá bien, que basta con pensar positivamente, con creer en la capacidad de flotar de los cuerpos.

Esta es la historia de un hombre que se pregunta si merece la pena seguir nadando.

Emilio Rivas presenta su nuevo montaje, ahora con Compañía El Crujido- tras la ácida 'The Powers' y 'Padre/Hijo/Gato', ambas con Kalashnikov Teatro- en la que es autor, director e intérprete (con la colaboración silente del Sr. Williams).

Lo primero que se debería decir, y agradecer enormemente en estos tiempos que corren, es que se trata de un montaje valiente, mucho, tanto a nivel textual como escénico e interpretativo, que no se guarda nada, que no ahorra ni un gramo, con todas las virtudes y los defectos que esto conlleva.

Emilio va desgranando los capítulos de la vida de un hombre aparentemente feliz, pero profundamente solo en realidad, que ha hecho de esta soledad casi una patria que añorar (maravilloso el parlamento inicial), que sufre de una angustia física, que no hace más que mandar señales de auxilio que nadie parece ver.

El personaje, a través de estos capítulos (a veces un poco deslavazados y quizás excesivos para abarcarlos todos por igual), relata sus pérdidas, sus frustraciones, la rutina del trabajo alienante, la incompatibilidad y la escisión palpable con este modelo de sociedad cruel y despiadada.

Es el relato de alguien que todavía no se ha rendido y sigue bailando sobre el ring, baila pero no se engaña, está alejado de todo concepto del “pensamiento positivo”, del “todo saldrá bien si te esfuerzas lo suficiente”; la experiencia de las derrotas le ha demostrado que las cosas no salen bien solo por tener fe, que no depende solo de uno mismo, que la derrota por KO, de la caída inconsciente sobre la lona, es una posibilidad importante que, quizás a veces, solo se puede elegir cuándo bajar los guantes, elegir cuándo será el último golpe.

Y en ese combate donde Emilio introduce al público es un combate nada limpio, lleno de sangre y de sudor. El actor se crece (y con razón) por momentos ofreciendo grandes escenas- la del pez es un ejemplo claro- con un gran trabajo físico. Mantiene la vitalidad la aproximada hora y media que dura el  espectáculo, transitando de la desesperación a la ironía. Baila, se retuerce, se dispara para acto seguido volver a la calma para hablar con el Sr Williams, sabe cuándo hay que marear al contrario, cuándo tomar aire y estudiarlo y cuándo intentar golpear, le va la vida en ello.

Cierto es que a veces peca de excesivo dramatismo en algunos pasajes y que en algunos momentos puede llegar a lo obsceno (aquello que se debería quedar fuera de la escena) que restan eficacia a lo que cuenta en ese instante, como si faltara algo de distanciamiento. Problemas de acometer en soledad todo el trabajo.

Pero hay que insistir, se trata de un montaje valiente, honesto, en el que Emilio Rivas arriesga todo y sale bien parado, en el que el público puede sentir todo lo humano y animal del personaje. Un hombre que no sabe si se ahogará, pero que ha decidido no dejarse ni un gramo de aire en los pulmones.

BENJAMÍN JIMÉNEZ

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'WAŁĘSA. LA ESPERANZA DE UN PUEBLO'. La teoría de la roca



CRÍTICA DE CINE

'Wałęsa. La esperanza de un pueblo' (Andrzej Wajda. Polonia, 2013. 128 minutos)

El cine de Andrzej Wajda es como una roca. Es estático, férreo, estéticamente frío y de principios inamovibles. Nada puede modificar su aspecto. Se mueve con disciplina a lo largo del siglo XX polaco. Es el del longevo cineasta polaco ante todo un reto con ansias de perdurar, la realización de un fresco de un periodo histórico que bien podría conformar para el futuro un programa educativo. Accederían fácil los estudiantes a este puñado de películas, realmente una minucia en su prolija filmografía, con las que Wajda está dejando un testimonio casi documental. ‘Wałęsa. La esperanza de un pueblo’ sigue la estela dejada por ‘Katyn’, su anterior trabajo, aunque se relaciona más fuertemente con ‘El hombre de mármol’ (1977) y ‘El hombre de hierro’ (1981). Wajda toma ahora el librillo de biografías asépticas y lo sigue al dedillo, sin apartarse ni un milímetro de la recta indicada. Así da a conocer la ruta que llevó a un trabajador de los astilleros a ganar el Premio Nobel de la Paz y ser presidente de un país de cuarenta millones de habitantes.

La película se ciñe a ese periodo, comprimido prácticamente en una década. En ese sentido, ‘El hombre de mármol’ y ‘El hombre de hierro’ operarían de excelentes productos introductorios para el que no se quiera perder ningún detalle. Ahora Wałęsa aparece ya como un referente. Ha dejado de ser un hombre normal (“cien por cien polaco, católico y con seis hijos”) para ser una voz escuchada, respetada y también perseguida. El biopic se centra en el lado político-histórico y deja un reducido espacio al familiar. Emerge entonces un secundario de peso, la mujer de Wałęsa, confinada a cuidar de la familia y casa mientras su marido se dedica a apagar y encender fuegos políticos. Todo aparece esterilizado, hermético, atrapado en ese característico azul grisáceo de los cielos polacos. Wajda no se implica a fondo y en el relato apenas se advierten grises. Es amable hasta cuando retrata los defectos del protagonista, esa dejadez y frialdad familiar. La película navega por la superficie, cuando pasa por un periodo lleno de baches que pedía algo más de riesgo, un poco de profundidad. Deja Wajda, en lo positivo, interesantes rasgos sociológicos referidos a la vida de un ciudadano de clase media en la Polonia ochentera. La banda sonora es otro hallazgo, rock combativo de la época, capitaneado por una canción que se queda en la memoria, ‘Wolność’ (Libertad). Otro acierto es articular el relato a través de un hecho histórico como fue la entrevista que Wałęsa concedió a la periodista italiana Oriana Fallaci. Los sucesivos flash-back que cortan la conversación entran con suavidad y cronológicamente son fáciles de seguir para el espectador.

Un apunte especial merece la interpretación de Robert Wieckiewicz. Es un trabajo de mímesis perfectamente ejecutado, tanto en lo físico como con la famosa gestualización, tono, entonación y acento del político polaco. Una labor, en definitiva, milimétrica, casi épica, más teniendo en cuenta de tratarse de un personaje vivo y en la mente de todo ciudadano de Polonia. Es curioso advertir a modo de anécdota que esa búsqueda de un personaje mimético al real no ocurra con su mujer. Solo basta comparar las escenas de entrega –la real y la del filme- del Premio Nobel, al que acudió la esforzada Danuta, interpretada por Agnieszka Grochowska, para observar las diferencias. 

Música, actores y esfuerzo testimonial al margen, lo peor de ‘Walesa’ es que apenas hay escenas que dejen huella, que puedan perdurar, que sean significativas cinematográficamente. Hasta las huelgas en los astilleros de Gdansk parecen estar rodadas con cierta apatía, les falta energía. Todo queda en manos del irrefutable carisma de Lech Walesa, un hombre que, desde su simplicidad argumentativa (“digo en un minuto lo que otros tardan veinte”) supo ganarse el aprecio y el respeto en los 80, no solo de un país, sino del continente entero.

RAFAEL GONZÁLEZ 

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BUEN VIAJE, LOU


Querido y admirado Lou:

Realmente fue a los 14 años cuando me adentré –gracias a mi tío y amigo Viru- salvajemente en The Velvet Underground. Aquella voz tuya me hacía enfrentarme a ese yo que iba descubriendo entre sucesivos rechazos femeninos. Recuerdo el impacto que me produjo leer la letra de aquella canción que le repetía una y otra vez a mi madre en la cocina, ‘Heroin’. Desde el día que supe su significado sentí algo de pudor al cantársela, aunque nunca te dejé de lado y fue’ Venus in Furs’ la que nos empezó a acompañar, aunque su temática era aún más salvaje. Imitaba tu voz, aunque sin esa capacidad de hipnosis que produce, pero me sentía satisfecho. Poco a poco comencé a conocerte como ese indómito de la escena, y aunque no me influenciaste tanto como Jim Morrison, siempre me has ido acompañando a lo largo de mi vida. Descubrir discos como ‘Berlín’ o cualquiera que fuese escuchando, me daba una visión algo diferente de lo que era un yo en fase de búsqueda.

Todo lo que leía de tus ataques de ira, tus celos, tus caprichos, tus excentricidades o el recuerdo fingido de un concierto en el que mi tío estuvo y que no pudo llevarse a cabo porque te habías pinchado heroína y no estabas a ello, conseguían un magnetismo idílico hacia tu lírica envuelta en esa voz que me llevaba a jugar a intentar ser cantante y a escribir letras que tenían ecos de aquellas tuyas o de Morrison y que leía a mi abuela con canciones de la Velvet de fondo.

Mi querido Lou, ¿y aquel disco que dedicaste a Andy Warhol? 'Songs for Drella', una maravilla que repetía una y otra vez, un homenaje salvaje sobre ese destierro que sufrió vuestro mentor por vuestra parte. Aquella culpa de las despedidas y del silencio en vida te condenó a la amargura de los remordimientos. No quise verte en concierto en directo en tus últimas visitas a Madrid porque no me gustaban tus declaraciones y te habías vuelto demasiado “místico”, pero nunca te dejé de seguir. Realmente es posible que mi vida fuese otra si no te hubiese escuchado. Me gusta recordarme en esa cocina con mi madre cantando tus letras, inventándome significados y relacionándolas con aspectos de mi vida que no eran tales, pero que yo buscaba.

Luego surgió el teatro e imaginé aquel montaje de 'Ricardo III' con canciones tuyas. Ya solo queda lo que fuiste pero ten clara una cosa, querido Lou, sin ti, nunca hubiese escrito una sola palabra. Buen viaje querido amigo no conocido. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'PRISIONEROS'. Un 'thriller' enorme



CRÍTICA DE CINE

'Prisioneros' (Denis Villeneuve. Estados Unidos, 2013. 146 minutos)

Una gran película no tiene por qué ser original. ‘Prisioneros’ en todo su planteamiento no pretende serlo. Salvo detalles –que son los que realmente marcan la diferencia- cuenta una historia que se ha podido ver con anterioridad: un secuestro, unas niñas, unos padres, la policía que no ayuda mucho… La diferencia es el modo empleado para realizarla, que es tan brillante como demoledor. Mantener la tensión a lo largo de 146 minutos es aleccionante. Denis Villeneuve es un director espléndido y consigue manejarse por aguas turbulentas como un réptil adaptado. Su precisión al apostar por una dirección integrada en la desesperación de los personajes denota inteligencia y destreza.

No hace falta más que unos cuantos minutos para conocer al elenco perteneciente a esa América poco turística y la relación de camaradería familiar que hay entre ellos para comprender su posterior reacción. El guion derrocha ingenio y mesura que se combina con una fotografía tan excelente como oscura y asfixiante. La desesperación que viven las familias, con un desbordante Hugh Jackman –al igual que todo el reparto- es tan palpable como desintegradora. El objetivo de la búsqueda por encima de la ley, la nostalgia, la decepción, la perdida, la degeneración, el miedo, el tiempo pasado, la tortura, el mirar hacia otro lado, el convencimiento, la pérdida de la razón, el alcohol… todo comienza a agitarse en esa coctelera del dolor para que los personajes vayan entrando en esa automutilación de quiénes eran para entregarse a los derroteros intuitivos de la supervivencia. No hay alegrías en la película, no hay tregua, no hay momentos que apacigüen el dolor y el rencor. Nadie entra a calmar la agonía, sino que no hace más que aumentar en cada vuelco narrativo. La historia va entregando pequeñas dosis de lo que pudo haber pasado en otro tiempo, en otro instante, en otra agonía, pero no es tramposa ni manipuladora.

Hay demasiados instantes notables para remarcar solo alguno. La desesperanza unida a cierta prepotencia policial se alían para encender aún más si cabe a un padre que nada teme y  que no valora su vida sin su pequeña. ¿Hasta dónde nos permite llegar una intuición para olvidar la propia humanidad? ¿Cuál es el siguiente paso? Elegir una ciudad con un clima inclemente y desasosegante contribuye a que la armonía grupal sea aún más caótica. Los contrastes del dolor en los familiares son un aporte más en esa búsqueda agobiante por todos los rincones oscuros de unas personas que ya, suceda lo que suceda, nunca volverán a ser las mismas.

Evidentemente, los detalles son los que condicionan la resolución, que nunca es falsa. Hacer un 'thriller' con tantos elementos sobresalientes no está al alcance de muchos.  El canadiense Denis Villeneuve, versátil y productivo, siempre da en el clavo y en este caso borda la sugerencia, el amor, el dolor y la huida.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'ANTES DEL ANOCHECER'. Creo que ya no te quiero



CRÍTICA DE CINE

'Antes del anochecer' (Richard Linklater. Estados Unidos, 2013. 108 minutos)


El que será presumiblemente el cierre de la franquicia que inaugurase Richard Linklater con la exitosa ‘Antes de que amanezca’ parece encerrar unos puntos suspensivos antes de los créditos finales. La frescura de sus predecesoras –fundamentalmente de la primera entrega- se ve condenada a ciertos tempos fílmicos y diversos devaneos que no ayudan a lo que era la esencia de las películas previas. El paso del tiempo es el 'leiv motiv' de esta nueva aventura. La pasión ha permutado a cotidianidad. Poco tienen que ver lo que sienten estos personajes con lo que fueron. Por otra parte es lógico, el fervor inicial nunca es eterno aunque se intente disimular. Tanto Linklater como sus coguionistas,  Julie Delpy y Ethan Hawke –en el rol añadido de protagonistas-, juegan con la llegada de una rutina contra la que cada vez es más difícil combatir. 

Los primeros setenta minutos se centran en su vida, un tanto idílica tras más de un mes de vacaciones en Grecia. Ese día despiden al hijo de él, que regresa junto a su combativa madre, y comienzan a tener diferencias, motivadas en parte por el niño recién dejado. Sus gemelas –ya creciditas- no aportan mucho a la historia más que para constatar que se tomaron en serio y que crearon una familia. Hablan del éxito de él con sus libros y las posibilidades laborales de ella, los sacrificios, las entregas mezcladas con los esfuerzos por mantener la esencia de la relación, pero ya el sobreesfuerzo comienza a pesar demasiado. Esto se aprecia en varias secuencias con amigos con los que comparten ligeras pullas y ensaladas griegas, muy parecido a lo que ocurre en algunas películas de Allen o Bergman. Todo demasiado genérico hasta llegar a los últimos cuarenta minutos en los que las heridas de la convivencia, los errores y el amor incondicional saltan a la palestra. La discusión/conversación, que tiene lugar en la habitación de hotel abre la caja de pandora. El discurso de Lutero en el que expresa que a la palabra que ha echado a volar no se le puede coger el ala alcanza su máxima expresividad en esta larga pero necesaria escena. Ambos protagonistas asisten a un desfile de reproches que no pueden retirarse jamás, ni que tampoco podrán perdonarse. Aún así, sigue permaneciendo cierto lirismo y los juegos equivalentes a sus 'yoes' pasados tienen su relevancia para no olvidar quiénes son y qué desearon.

Pero la verdad es que poco queda de la frescura y de los planes de amor eterno que se prometían en las anteriores partes. El amor está llegando a una especie de fin del que ninguno quiere ser consciente. La dirección se basa en planos largos y en contraplanos que no entorpecen los eternos parlamentos de los protagonistas en sus paseos. La fotografía capta sin empalagar esa luz preciosa que tiene Grecia en verano.

Aunque sea menos ágil que las anteriores entregas, ‘Antes del anochecer’ se ve bien y respeta la inmensa mayoría de los puntos que la hicieron conocida. No faltan frases redundantes que llevan a la primera entrega y reproches basados en el paso del tiempo y lo efímero de determinadas pasiones. Nada regresará a lo que fue, todo ha pasado, pero quizá, Linklater y su equipo, tengan arrojo suficiente para hacer la cuarta parte ¿Se atreverán? Dinero no les faltará.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'CANÍBAL'. Hambriento de amor y confección



CRÍTICA DE CINE

'Caníbal' (Manuel Martín Cuenca. España, 2013. 116 minutos)

La filmografía de Manuel Martín Cuenca comenzó acertadamente con la adaptación de la novela de  Lorenzo Silva, ‘La flaqueza del bolchevique’, pero a partir de allí sus películas fueron perdiendo fuelle hasta llegar a ‘Caníbal’. Someter todo un proyecto a una perfección formal técnica por encima de cualquier otro elemento es por lo menos arriesgado. Si ya con la previsible ‘La mitad de Oscar’ dejaba intuir una debilidad de guion muy fuerte, en el caso de ‘Caníbal’ el asunto no ha mejorado en absoluto. La anécdota está muy por encima de la historia. Con un principio sumamente sugerente, bien filmado, inquietante, arriesgado, mordaz y contundente, todo parece que va a resultar asfixiante y alentador para el espectador. Pero no es así, la sensación se va diluyendo a pasos agigantados. La sobriedad interpretativa de Antonio de la Torre cae en saco roto. Su personaje, bien construido en su enfermedad y en su profesionalidad y rigurosidad, no parece llegar a ninguna parte. Las elipsis de acción son demasiado poco significativas para aportar algo más que tedio.

La historia tiene muchos puntos oscuros, circunstancias cogidas con alfileres que hacen que la atención vaya disminuyendo. Contraponer cierto canibalismo y crueldad con cierta devoción religiosa, es un truco que no supone nada para que el filme avance hacia algún lugar. La dirección de Martín Cuenca es correcta, pero no está claro el lugar al que se quiere dirigirse con lo que cuenta u omite. La trama no inquieta porque está anclada en silencios y en coincidencias un tanto burdas e inexplicables. Las mentiras, los engaños, los miedos, las culpas, las ausencias y los trajes no tienen mayor calado en una historia inmóvil desde la segunda secuencia. La trama con las hermanas protagonistas –pese al  buen trabajo de Olimpia Melinte-  es demasiado pobre para conseguir llegar a algo que no sea un determinado tipo de cursilería camuflada. Los vacíos argumentales que dan cobijo al sastre y a su implicación en la vida de estas hermanas no sirven para justificar ninguno de sus actos, por muy enfermo que esté. Tampoco ayudan sus conversaciones con su ayudante/segunda madre –una notable María Alfonsa Rosso- ni los recovecos de su oficio y sus rutinas. No son más que un recurso para ensalzar el contraste que supone el filmar al mejor sastre de Granada con sus aficiones criminalísticas y alimenticias.

El verdadero disfrute de la película es la extraordinaria iluminación de Pau Esteve Birba. Los estados emotivos repletos de claroscuros y añoranzas están perfectamente filmados. Cada plano cuenta una historia y con ello avanza esa aventura enfermiza refugiada en ese viaje por una luz que consigue que la película tenga un interés mayor. Esa calidad visual contrasta con un guion demasiado endeble para soportar el peso de una película. El montaje de Ángel Hernández Zoido también es sobresaliente, pero no logra camuflar una duración tan larga como innecesaria.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'W IMIE...'. Bajo sotana



CRÍTICA DE CINE

'W imie...' ('En el nombre de...') (Malgorzata Szumowska. Polonia, 2013. 102 minutos)

Hay un rasgo que identifica el cine de Malgorzata Szumowska. La cineasta polaca sacude el polvo a temas que llevan mucho tiempo sin recibir un toque, al menos en su entorno. Las suyas son aproximaciones a realidades en demasiadas ocasiones pasadas de largo por la en general apocada sociedad de su país. Si ‘Sponsoring’ (‘Ellas’ en su pase en España) no levantó más polvoreda fue por su morosidad narrativa, nada que se le pudiera achacar al fragor con el que Szumowska se introdujo en el aquelarre de la prostitución de lujo. El mismo camino sigue, aunque con matices, ‘W imie...’ (‘En el nombre de...’) su nueva incursión en otra de esas problemáticas, aunque la aborda menos de cara, bajo pulsión, lo psicológico varios escalones más arriba de lo físico. Refrenda Szumowska su objetivo de calentar conciencias, al menos moverlas un poco, con su retrato de un joven sacerdote polaco atormentado al tener que asumir su homosexualidad.

Desde la controvertida escena inicial, Szumowska apunta su nueva película hacia el lirismo, la envoltura de calidad con la certeza de manejar un material aparentemente potente pero en realidad vacío, casi anecdótico. Las imágenes, la amarillenta fotografía que suda, asfixia y transmite, y la interpretación del personaje principal hacen el trabajo de ganarse la atención del espectador. No es un largometraje tan ambicioso como el anterior. No hay en este dibujo de la angustia de un religioso una intención de mirar más allá de lo individual. Queda así un producto adelgazado en cuanto a aspiraciones, ya que no trata de radiografiar el sentir general de una sociedad que todavía, a nivel público, mira mal todo lo que no consideren en su opinión una actitud sexual apropiada. ‘W imie..’ va en línea recta, no toma atajos ni se adentra en reflexiones quizá más profundas y necesarias. Va por donde se podía esperar y no sorprende.

A Szumowska le pueden, no obstante, las ganas de imponer su firma y el metraje, excesivo, lo sufre. La asfixia de una mente y cuerpo reprimido se hace notar en el principal baluarte del filme, además de la fotografía. Andrzej Chyra es otro de esos grandes actores polacos de primer nivel con menos caché del que se puede merecer. El resto de secundarios apenas tiene grosor, ya se ha dicho que sus historias no disfrutan de relieve. Todo lo admirable queda apretado en las escenas en solitario de Chyra, que logra transmitir el dolor del que no hace lo que siente por el temor a manchar su imagen o la del gremio a la que pertenece.

‘W imie...’ compitió en la Berlinale y acumula espectadores en Polonia desde su estreno. Es otra muestra del aceptable nivel que ofrece en la actualidad esta cinematografía, que últimamente está arrojando un puñado de películas comprometidas tanto con el antes (‘Poklosie’) como el ahora (‘Drogówka’) y en la que se inscribiría, en letra pequeña, esta ‘W imie...’.

RAFAEL GONZÁLEZ

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