'POKŁOSIE'. La memoria pide paso


CRÍTICA DE CINE

'Pokłosie' ('Secuelas') (Władysław Pasikowski. Polonia, 2012. 105 minutos)

Gotean las noticias del cine polaco que se hace en la actualidad fuera de sus fronteras. En la cartelera apenas se hacen notar los estrenos de Andrzej Wajda, Agnieszka Holland (la incógnita sobre el estreno en España de la elogiada 'In darkness' sigue abierta) y chispazos de directores sin demasiada trayectoria internacional, además de la cuota festivalera. 'Pokłosie' ('Secuelas') todavía no tiene distribución en España. Y es un trabajo de interés, de notable acabado, dirección solvente, buenas interpretaciones (atención a Maciej Stuhr) y, fundamentalmente, exportable.  Toca un tema todavía tabú en la sociedad polaca, la complicidad en el exterminio del pueblo judío llevado a cargo por los nazis. La historia se basa en la masacre de Jedwabne, en la que trescientos judíos polacos de este municipio fueron asesinados en 1941. Su estreno ha provocado un intenso debate en 2012 acerca de la necesidad o no de reabrir viejas heridas del pasado.

'Pokłosie' sigue la estela dejada por 'Nuestra clase' ('Nasza klasa'), una obra de teatro escrita por Tadeusz Słobodzianek que se pudo ver en los teatros de Madrid y Barcelona hace unos meses. 'Nuestra clase' abordaba con rigurosidad y de forma exhaustiva (casi tres horas de puesta en escena) los mismos hechos reales sobre los que se basa 'Pokłosie'. La versión cinematográfica se decanta por ficcionalizar en mayor grado lo sucedido, situando la acción en los años 90. Los protagonistas son dos hermanos. El mayor vive en Chicago y regresa a su pueblo de origen preocupado por lo que la situación anímica del pequeño. La película se desarrolla a través de esas dos vertientes, la personal, reflejada en la compleja relación entre los hermanos, y la histórica, con el progresivo y doloroso descubrimiento que ambos hacen de los secretos del pasado del municipio.

El contrastado Władysław Pasikowski dirige con pulso firme -magnífica fotografía de una Polonia lejos de las urbes- una historia dura y que puede herir ciertas sensibilidades, aunque sin duda necesaria en la medida en la que contribuye a destapar recuerdos que pocos quieren asumir. 'Pokłosie' se constituye así como la aceptación de una infamia y el retrato de lo fácil que es cruzar el límite entre lo honesto y lo que no lo es, perfectamente dibujado por la implacable ley del silencio que atenaza a los habitantes del lugar. En su amargo fondo late con violencia aquello que expresó Martin Luther King, muchas veces duele más el silencio de los buenos que la perversidad de los malvados.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'LA VIDA DE PI'. El sermón del tigre



CRÍTICA DE CINE

'La vida de Pi' (Ang Lee. Estados Unidos, 2012. 127 minutos)
 
Cada nueva producción de Ang Lee sorprende por los derroteros que toma. Es el americano de origen taiwanés un director que se niega al encasillamiento y de impredecible comportamiento. Así ocurre con ‘La vida de Pi’, su empeño más personal hasta ahora y que a nivel técnico le enfrentó a un reto hiperbólico: dotar de algo de sentido y un poco de lógica al 3D, un sistema que ya se puede definir como un monumental fiasco.

El cineasta teje su particular reflexión existencial ‘new age’ a partir de un cuento de Yann Martel, sin demasiado eco por estas fronteras.  Lanza al espectador un sermón sobre la convivencia de religiones, la importancia de la fe y la necesidad de creer para resistir. El discurso suena ligero y se muestra con poca sutileza. De inicio, el protagonista se empeña en disuadir a su interlocutor (un periodista canadiense que busca escribir la obra de su vida)  de la existencia de Dios. El método que usa para convencerle es explicarle su peripecia, lo que introduce a ‘La vida de Pi’ en otra vía. El barco en el que viajaba el protagonista cuando era un adolescente se hunde. La tragedia deja escenas sobrecogedoras, nada que envidiar al clímax de ‘Titanic’. El 3D no solo aporta picante, es un recurso narrativo eficaz. La tormenta deja como restos la nada desdeñable relación entre Pi y un tigre, pautada convenientemente por Lee. Cada secuencia adquiere un tono simbólico, a modo de fábula existencialista.

El 3D regala imágenes únicas, como el asalto de una ballena juguetona o las ofrecidas desde esa isla que en nada tiene que envidiar a aquella que ocuparan los supervivientes de ‘Lost’. La simbología religiosa no desaparece en este tramo, aunque pueda pasar desapercibida ante la conmovedora relación que se establece entre el joven y el felino. Es inevitable, por ejemplo, no pensar en el Arca de Noé (el barco trasladaba animales de un zoo) ni en los señales que un ser todopoderoso envía en forma de rugidos de la naturaleza.

Una vez anclado el núcleo del relato, ‘La vida de Pi’ vuelve al presente para responder a la pregunta que dejó abierta al principio. Todo apunta a una dirección, a donde quiere llevar Lee al espectador, todavía exhausto y sobrecogido por lo vivido, y ya, probablemente, sin la necesidad de que le sermoneen.  Desafortunadamente así sucede, como un sopapo en forma de diálogo. Entre esos dos extremos se mueve un trabajo logrado en lo visual y en puntuales lances afectivos y prescindible por las ideas sermoneadoras que, sin pudor, lanza a bocajarro.  
 
RAFAEL GONZÁLEZ

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'UNA VIDA DEMASIADO CORTA'. Ronald Reng



CRÍTICA LITERARIA

'Una vida demasiado corta'
Autor: Ronald Reng
Género: Biografía deportiva
Editorial: Contra (2012)
Páginas: 440



LA SOLEDAD DEL PORTERO

La idea de un periodismo deportivo alejado del tono épico, las gestas heroicas, los gritos, el forofismo y los localismos está desde hace tiempo en boca de tantos y en papel de casi nadie. Gotean con timidez las ocasiones en las que un consumidor de este género se topa ante uno de esos artículos, noticias o historias que le quitan el mal gusto que deja todo lo anterior. La mayoría de esos textos llevan casi siempre la misma firma. Por ese motivo la larga lectura de 'Un vida demasiado corta' (casi 500 páginas) supone una sorpresa doble, tanto por lo que descubre el texto como por su desconocido -para el lector español- origen.
 
El periodista alemán Ronald Reng (1970) hace que el lector sienta próxima una historia que de primeras le puede resultar demasiado alejada. Escribe sobre Robert Enke, aquel portero alemán que se suicidó el 11 de noviembre de 2009, a los 32 años. Apenas pasó unos meses en las áreas españolas, entre Barcelona y Tenerife. Todavía hoy pocos lo recuerdan. Desarrolló la mayor parte de su carrera en Alemania, nunca en un club puntero. Enke no era una estrella. Los equipos en los que militó no estuvieron a la altura de las expectativas, como él mismo se encargaba de recordar. Era un portero notable, serio, rocoso, un hombre de club que encontró superada la treintena una inesperada recompensa en la internacionalidad. Eso es lo que se veía en televisión. Lejos de pantalla era un hombre educado y correcto, demasiado sensible para un universo tan cruel como el de la alta competición y más específicamente el de la portería. Ya lo dijo Armas Marcelo, un portero no es más que un profesional que cuida las puertas del infierno. Y lo que pocos sabían, lo que escondía más adentro, era que sufría depresiones, un tema tabú en el deporte y en el que 'Una vida demasiado corta' no duda en profundizar. “Si pudieras entrar en mi mente solo media hora, entenderías por qué me estoy volviendo loco”, le soltó Enke un día a su esposa Teresa. La frase es un latigazo para aquellos que no entienden que la depresión no es un estado anímico, es una enfermedad.
 
La editorial define a su autor como amigo de Enke. El dato no hace más que revalorizar lo que viene después. El periodista demuestra que se puede escribir una biografía sin cargarla de adjetivos inanes ni glosar al protagonista, dejando al lector un espacio para dar forma a sus reflexiones. 'Una vida demasiado corta' no da la respuesta que se querría a la pregunta que le sobrevuela. ¿Por qué? Con cada posible explicación surgen nuevos interrogantes. Reng profundiza en ese tema, qué lleva a un hombre de éxito al suicidio, y, a veces sin pretenderlo, aparecen otros nuevos. La biografía de Enke es la de un deportista que tocó techo, de imagen exterior dura, pero sensible con la críticas, necesitado de un cariño que muchas veces la máxima exigencia no puede dar. En otro plano radiografía al fútbol por dentro como pocas veces se ha visto. Ahí se hace notar la brutal presión a la que están sometidos estos deportistas. A menor escala, ofrece un turbador punto de vista sobre una profesión casi mitológica, la de portero de fútbol. Y, fundamentalmente, se erige como una hermosa historia de amor, la escrita (a veces en poemas de servilleta) por Enke y Teresa. Su esposa nunca se rindió, pese a las adversidades. Su relación sabe a verdad, como pocas.
 
Si se va un poco más allá del plano personal, 'Una vida demasiado corta' deja para el aficionado al fútbol un puñado de valiosos detalles y reflexiones. Enke sufrió dos depresiones. La primera, en 2003, le llegó tras su efímero paso por el Barcelona. Es, junto a los días previos al suicido, el capítulo más angustioso. Después de un trienio fructífero en el Benfica lisboeta, Enke llegó al Camp Nou. Se encontró con un entrenador poco receptivo, el holandés Van Gaal, y con un Barcelona convulso, nada que ver con el actual. La competencia con el jovencísimo Valdés y el argentino Bonano fue feroz y le hizo mella. Quedó relegado para jugar encuentros de menor nivel. El de Novelda fue uno de ellos. El Barça quedó eliminado de la Copa del Rey por el colista de 2ªB y Enke recibió la reprobación pública de uno de sus compañeros, Frank de Boer. Desde ese partido Van Gaal no le volvió a dirigir la palabra. Poco tiempo después fue cedido al Fenerbahce turco. Duró un partido. Volvió a Barcelona y se entrenó separado del grupo, en otro horario. El libro recuerda un detalle. Enke se cruzó en los vestuarios con Valdés. El alemán, avergonzado, agachó la cabeza. Pronto cayó en un estado depresivo.
 
Enke se recuperó. Hasta tal punto que le llegó la oportunidad de ser internacional con la selección alemana. Encontró estabilidad y seguridad en un club de zona media de la Bundesliga, el Hannover 96, donde pudo sacar lo mejor de sí mismo. Entre medias superó junto a Teresa la pérdida de una hija y se volvió a ilusionar cuando adoptaron a otra. Aunque la presión era enorme y la sufría en carne viva, todo indicaba que lo peor ya había pasado. Incluso iba a ser titular en el Mundial de 2010, aquel que ganó España. Pero Enke recayó. Las últimas páginas de 'Una vida demasiado corta' son estremecedoras. Reng recuerda esos momentos dejando que hablen los que estuvieron cerca. Esa oscuridad en la que se sumergió la mente del guardameta se traslada a las páginas. Y en esta ocasión Enke no se reestableció, pese a que hasta el final no dejó de defender la portería del Hannover 96, esa puerta al infierno de la que habló Armas Marcelo.
 
Escrito con pulso (traducción de Carmen Villalba), atento al detalle, respetuoso y equilibrado a la hora de retratar al protagonista, 'Una vida demasiado corta' dignifica un género, el de las biografías deportivas, del que en España, a diferencia de los países anglosajones, apenas se tiene noticias. Aquí se confunde con otra forma de escribir diferente, la reverencial. Y para probarlo solo hace falta darse una vuelta por la sección deportiva de cualquier librería, con resultados desoladores. 'Una vida demasiado corta' se erige como un libro deportivo que sabe trascender este ámbito y situarse en un plano profundamente enriquecedor para todo aquel que afronte su lectura. 
 
RAFAEL GONZÁLEZ 

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'EL HOBBIT'. Los hobbits pueden con todo



CRÍTICA DE CINE

'El hobitt. Un viaje inesperado' (Peter Jackson. Estados Unidos, 2012. 169 minutos)

El imaginario de Tolkien era tan portentoso que, aún a día de hoy, la tecnología no consigue recrear con absoluta veracidad los personajes ideados por el escritor inglés. Peter Jackson consiguió con la trilogía de ‘El señor de los anillos’ el reconocimiento de los seguidores de la saga y cada película tuvo el respaldo de la taquilla y de la venta de todo el 'merchandising' que idearon.

‘El hobbit' carece de la profundidad que podían tener diversos momentos de la trilogía. Es más bien un producto para niños salpicado de cierta violencia para no dejar de lado a un determinado sector adulto. Jackson y sus productores han decidido retransformar una película en tres, han añadido apéndices de ‘El señor de los anillos’ y diversas maniobras argumentativas para que el texto de Tolkien no tenga ninguna fisura. El resultado es, al igual que el ritmo que posee la película, desigual. La dirección de Peter Jackson -¿volverá a hacer una película como ‘Criaturas celestiales’?- se vuelve más funcional y menos efectiva que en la saga de los anillos. Hay un continuo abuso del plano aéreo, más como recurso paisajístico que como información a la historia.

La desigualdad de ritmo se hace notar y efectivamente, se agradece su deseo de ser fiel a Tolkien, pero el cine y la literatura son dos lenguajes complementarios, sí, pero diferentes. Aspectos que pueden tener más calado en lo relatado por Tolkien, en imagen carecen de identidad para conformar un producto unitario, aunque por otro lado sumen minutos.

La elección como hobbit recae en Martin Freeman y, sin duda alguna, es el mayor acierto de la película. Freeman es un actor en estado de gracia, su aporte al personaje posee destreza, ayudando –y mucho- a que el resultado sea más compacto. Sus reflexiones, gestos, tonos, miradas… todassus acciones siempre son consecuentes. De igual modo, el equipo interpretativo es sobresaliente. Los actores que repiten –como Ian Mackellen-, lo hacen respetando su trabajo anterior y vuelven a conseguir que sus roles sean creíbles y nunca estén por encima de la historia.  Es de agradecer que Jackson no haya escatimado en tener un gran reparto.

Los efectos especiales no logran despegar del todo y el 3D quizá sólo ayude a que el producto global impacte algo más, pero la sensación de formar parte de un juego de consola más que de un viaje inesperado es constante. ‘El hobbit’ es una película sin más ambición que la de pasar algún rato agradable con unas palomitas y con la certeza de que si se acude al servicio en mitad de la proyección nadie se perderá algo transcendental. 
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'OPERACIÓN E'. Tosar el campesino


CRÍTICA DE CINE

'Operación E' (Miguel Courtois. España, 2012. 108 minutos)

Miguel Courtois no se desvía apenas en 'Operación E' del cauce ya recorrido anteriormente. Si acaso, hay dos apuntes que diferencian a la nueva producción del director hispano-francés de sus antecesoras, 'Lobo' y 'GAL'. El tono político baja en intensidad (la productora de El Mundo ya no financia este filme) en beneficio de la vertiente sentimental y, fundamentalmente, hay un protagonista que coloca el listón muy por encima de lo restante. Luis Tosar hace suyo de principio a fin el personaje de un pobre campesino  dedicado al cultivo de la coca y atrapado por la sinrazón del conflicto entre el estado colombiano y las FARC. Vuela tan alto un Tosar que no sale de plano que el resto de personajes son meros comparsas, diluidos ante el poderoso viaje emocional que afronta.
 
'Operación E' no es en exclusiva, pese a todo, un vehículo para su lucimiento. Hay un intento de contar algo más, de no quedarse en la superficie. Como ya demostrara en 'Lobo', complejo proyecto del que salió airoso, Courtois se maneja con soltura en esa doble dimensión. Hay oficio en esa puesta en escena que conjuga emoción, denuncia y un poco de acción. En la labor de traducir una historia real a la pantalla opta por un camino directo, sin sutilezas. Pierde en profundidad y verosimilitud -todo sucede demasiado deprisa para relatar un conflicto tan complejo que incluso afectó a las relaciones bilaterales con Venezuela- pero gana como producto fílmico de entretenimiento y tibia aunque visible denuncia social y política. Estos detalles, junto a la presencia de Tosar y una emocionante secuencia de apertura, separan a 'Operación E' de la peligrosa etiqueta de telefilme de sobremesa. A veces la bordea, aunque finalmente escapa de ella consolidándose como una propuesta de interés.
 
RAFAEL GONZÁLEZ
 

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'EL RULETISTA'. Mircea Cartarescu




CRÍTICA LITERARIA

'El ruletista'
Autor: Mircea Cartarescu
Editorial: Impedimenta (2010)
Páginas: 64



NADA O NADA

Inadvertida lejos de los foros académicos, la literatura rumana actual, al igual que el cine, goza de un prestigio -siempre relativo, hay que precisar- que se fraguó en la recta final del siglo XX. Superada la grisura del comunismo, diferentes autores abanderaron la renovación de un lenguaje literario demasiado estático durante mucho tiempo. Mircea Cartarescu (1956) funciona como bisagra entre aquellos y los actuales, entre los que sufrieron la dictadura de Ceaucescu y los que hoy ya no sienten ese gélido aliento encima. Impedimenta publicó a finales de 2010 'El ruletista' (cuidada edición, elevado precio), un relato largo extraído del volumen 'Nostalgia' (de 1989 y que acaba de aparecer en España), esclarecedor y definitorio acerca del estilo del autor de Bucarest. De hecho, ya se indica desde el inicio que forcejeó con la censura.
 
El lector sabe ya de principio que se cita con un texto que tendrá un alto componente simbólico, de densidad y que no ahorra apuntes autobiográficos. Aunque encierre dobles lecturas que puedan parecer lejanas al aquí y ahora, 'El ruletista' fluye y se conecta sin dificultades con cuentistas como Kafka en su versión más tenebrosa. Este largo relato encierra, ante todo, un profundo sentido simbólico. La vía de escape del protagonista, un escritor fracasado, son sus sueños, solo que en esta ocasión no funcionan como huida de la grisácea realidad, sino como prolongación de la misma. La descripción que este personaje hace del ruletista no es más que su reflejo, el de un hombre que quiere pero no puede. Se sirve de esta figura, un hallazgo afluente de películas como 'El cazador' o 'Intacto', para multiplicar el efecto de su para él indigno andar por la vida y para retratar unos alrededores pigmentados de un atmósfera indefinible que lleva la huella de una inminente autodestrucción.
 
Es llamativo que se tildara en su momento de explícito el contenido de esta obra ante el arrollador desfile de mensajes cuidadosamente tapados que esconde. Más allá de ese contexto social y político que recorre el texto, queda una prosa elegante -traducción de Marian Ochoa- y la altura y profundidad que coge ese ruletista empeñado en desafiar a la lógica y demostrar, una y otra vez, que en la vida no todo es cuestión de trabajo, talento o suerte, sino de un algo aleatorio, caprichoso y tantas veces malévolo.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'UNA PISTOLA EN CADA MANO'. Amigos desconocidos e inmaduros



CRÍTICA DE CINE

'Una pistola en cada mano' (Cesc Gay. España 2012. 95 minutos)

Las películas de Cesc Gay atraviesan siempre varias fases dentro de un aparente intimismo camuflado en historias cotidianas en las que los sentimientos corretean por abismos reconocibles. Tras la olvidable ‘V.O.S.’ ha querido regresar a una historia coral con Barcelona y ‘En la ciudad’ como telones de fondo. No es justo hablar de historia coral, lo acertado es decir: multiplicidad de cortos, cada uno con su principio y su desenlace que se unen de cualquier modo al final para que estos simulen estar encadenados.

'Una pistola en cada mano’ arranca con fuerza. Eduard Fernández demuestra una nueva vez más que tiene un talento desbordante. Su encuentro con aquel amigo de la facultad al que lleva diez años sin ver supone el contraste del triunfador y el derrotado. Su personaje está repleto de detalles y no hace concesiones a la galería. Sus dos intervenciones son tan sobresalientes que sólo por verle a él ya merece la pena el visionado global. Algo similar ocurre con la segunda historia, protagonizada por Javier Cámara y Clara Segura. Ambos llevan una situación de rencuentro de una pareja -al dejar el hijo de ambos en casa de la madre-, en la que el miedo y la cobardía del hombre –característica que une a los personajes masculinos de la película- salen a relucir en forma de regreso al hogar por no querer estar solo. Nada es dramático o sí, pero se suaviza con un sentido del humor cargado de ironía y realidad.

A partir de aquí, las historias se tambalean peligrosamente y la previsibilidad es un hecho que acompaña a cada corto. Intenta otorgar un rol diferente a Eduardo Noriega y eso no deja de ser un extraño truco para intentar demostrar que él es algo más que un rostro bonito –de ahí que se le pinte un tanto anodino y curiosamente derrotado por una mujer, una estupenda Candela Peña-. Tampoco funciona Alberto San Juan que recurre a sus tics con tanta frecuencia que no se es consciente de si interpreta al mismo personaje que en sus recientes montajes teatrales, ‘El montaplatos’ o ‘Traición´. Todo en él resulta bastante impostado.

La reunión final en la que todos se juntan no es más que un aviso al espectador/voayeur para recordarle que él ha sido testigo de las intimidades de cada uno de ellos, por lo que remarca que sus relaciones son puramente vacías y desconocidas. La desconfianza entre ellos es un hecho que se reitera demasiado. No es necesaria tanta explicación ni tanta redundancia. Todo se desinfla y trabajos como los de Luis Tosar, Ricardo Darín, Candela Peña o Cayetana Guillén caen en saco roto. 

Cesc Gay está muy lejos del que dirigió ‘Ficción’, quizá no regrese nunca, porque en su caso, es evidente que el que tuvo no retuvo… pero que al menos cuente con Javier Cámara y Eduard Fernández en lo siguiente que ruede.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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`MORTALIDAD`. Christopher Hitchens




CRÍTICA LITERARIA

'Mortalidad'
Autor: Christopher Hitchens
Editorial: Debate
Año: 2012. 121 páginas



TESTAMENTO DE UN GRANDE

Tras la gira de su monumental autobiografía, 'Hitch 22', cuando el reconocimiento era algo más que un mero acontecimiento, el cáncer de esófago llamó a la puerta de Christopher Hitchens.  'Mortalidad'' refleja ese “vivir muriéndose” que dejó a modo de testamento póstumo un autor tan brillante como certero.
 
No hay ninguna concesión a la autolamentación. La enfermedad avanza y con ella los nuevos tratamientos a los que Hitchens es sometido. No deja de existir cierta esperanza en muchas de esas palabras, pero la realidad condenatoria es la que nunca se escapa. Hitchens no pretende esperar esos últimos instantes postrado sin hacer nada. Escribe, no evita las polémicas religiosas, sus ensayos, sus teorías, sus miedos, sus angustias, sus añoranzas, se asume y con ello viaja sin esperar retorno.
 
Con estas reflexiones, que fueron publicándose en Vanity Fair, Hitchens se explaya y se desnuda con la destreza de una mente lúcida. Asumir la incapacidad de ciertas funciones, porque simplemente siguen el transcurso del adiós a una vida, es una realidad cruel e inhóspita. Aún así, pelea por no decaer, quizá un poco al estilo de Bach cuando luchó y suplicó por no perder la alegría tras el fallecimiento de su mujer y uno de sus hijos.
 
No hay condescendencia alguna. Su mordacidad sigue presente en cada línea, al igual que un dolor que no tiene calma posible. El tiempo como condena, la realidad de un cuerpo que va descomponiéndose en una lucha que tiene perdida.  El consuelo no existe.  Bromea con  su 'Villa tumor' y todos sus habitantes y sus leyes…  la consciencia de no tener un cuerpo, sino serlo.
 
Continua con la destreza en sus recomendaciones literarias –seguirlas al pie de la letra es un acierto-. Su habitación de hospital –como reconoce su segunda mujer en un certero epílogo- se transformó en un despacho. El aliento de la creación como armadura para no caer en la desidia. Todo queda reflejado en cada capítulo. No hay adornos que maquillen nada, pero a su vez no se recrea en el dolor. El momento de perder la voz es tan amargo que no puede edulcorar su desaliento y más aún cuando teme que lo siguiente sea la pérdida de la capacidad de escribir. Hitchens fue generoso con un lector que asiste a su adiós como si fuera ese compañero de hospital que sentado contempla la descomposición de un ser querido.

La pérdida es muy grande. El dolor que despiertan sus palabras y la aceptación de un destino cada más inminente consiguen que 'Mortalidad' sea una de las aproximaciones más certeras acerca de afrontar la muerte.
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'FIN'. Naufragio apocalíptico


CRÍTICA DE CINE

'Fin' (Jorge Torregrossa. España, 2012. 90 minutos)
 
Los extraños designios editoriales dieron con 'Fin', novela de David Monteagudo, y consiguieron que se transformase en un best seller.   Es más que posible que no sea la mejor historia de su autor, pero al menos consiguió que se dedicase de pleno a la literatura. El fenómeno editorial atrajo a los productores en busca de carne fresca, ya caduca. Con el final del mundo programado por el calendario maya, una adaptación de la obra de Monteagudo podía ser un reclamo sin posibilidad de error –por la proximidad de la supuesta fecha- y apostaron por ella: dinero fácil en tiempos convulsos.

Si ya la novela es muy floja, la película es un contrasentido absurdo. Con un presupuesto notable, todo transcurre entre la inconsistencia de una historia que da bandazos por un territorio tan manido como poco sugerente. Jorge Torregrossa realiza una dirección plana y recurre a planos aéreos como medida de salvación, pero lo único que demuestran –al igual que los efectos especiales, tan previsibles como poco efectivos- es que no hay forma de evitar la catástrofe.  

Los personajes juegan entre la vacuidad y la carencia de objetivos. Carmen Ruiz –aunque su personaje sea tópico, como todos- pelea por defender una naturalidad que ningún otro intérprete aporta a la historia. Es lo único rescatable de una película que desde su agotado planteamiento sólo se desea que llegue su fin. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'HABLAR SOLOS'. Andrés Neuman




CRÍTICA LITERARIA

'Hablar solos'
Autor: Andrés Neuman
Editorial: Alfaguara
Año: 2012. 192 páginas



RELATO ALARGADO

Neuman es un escritor muy interesante. La habilidad que posee para alternar géneros es brillante y normalmente goza de destreza en todos los envites narrativos a los que se enfrenta –relato, novela, poesía o aforismos- . Su nueva novela, ´Hablar solos´ se ha quedado en un extraño punto intermedio que no ha conseguido que pase de ser un producto irregular.

Todo está basado en una desigualdad narrativa que afecta a las tres partes de la familia que son a su vez  las tres voces que hablan solas: Lito, hijo de corta edad, y sus padres, Mario y Elena. La trama está envuelta bajo la apariencia de 'road movie', un viaje final de padre e hijo bajo la atenta mirada de la madre que les espera en casa. La enfermedad de Mario es el nexo que une los parlamentos –salvo los de Lito-. El dolor y el miedo a la perdida forman el grueso de las reflexiones.

Hay un intento por parte de Neuman de dotar de voz propia a cada miembro de la familia, pero esto sólo tiene consistencia en el personaje de Elena. En no pocas ocasiones, Lito emplea un lenguaje impropio de su edad y más cuando se nos muestran los mensajes que escribe por el móvil. Tampoco aporta nada diferente Mario, excepto en su primera intervención, en la que parece que Neuman si va a llevar lejos su planteamiento. No es así, finalmente decace.

Muy diferentes son las reflexiones de Elena y sus encrucijadas morales y sexuales. Su culpa, la ausencia de la misma, el rencor, el amor, la pasión, el morbo, el miedo… todo tiene un tempo muy correcto y acertado. Sus parlamentos son los más largos y los que poseen más fuerza. En contraste, parece que Mario y Lito son un relleno a las reflexiones de Elena. Hay un descuido en Neuman al abandonar a esos dos personajes a merced de un destino tambaleante.

Lo que pudo haber sido un gran relato se difuminó hasta convertirse en una novela bien escrita pero con poca lucidez argumental.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'GOLPE DE EFECTO'. 'Eastwoodlandia'


CRÍTICA DE CINE

'Golpe de efecto' (Robert Lorenz. Estados Unidos, 2012. 111 minutos)

Para Mitx

Sólo hay un factor que al espectador le indique que la película de Robert  Lorenz no ha sido dirigida por el propio Clint Eastwood: no hay planos desde helicópteros. Todo lo demás es un claro producto de la fábrica Eastwood, que vuelve a ahondar en los mismos elementos que ya ha venido trabajando en los últimos años: viejo gruñón, talentoso, con algún problema y distanciado de su hija, un gran amigo que le guarda las espaldas, un problema, una solución instantánea… y taquillazo.

´Golpe de efecto´ no deja de ser un divertimento que saca la multiplicidad de gestos de un Eastwood que en esta ocasión encarna a un prestigioso ojeador –aunque viva en una aparente indigencia- que parece que, al igual que su vista, se agota, o eso creen sus superiores.

El mundo del beisbol es tratado con gracia y bajo un guión tan edulcorado como poco efectivo, los guiños al pasado son un reclamo que gana enteros por el dúo interpretado por Amy Adams y el propio 'sargento de hierro'. La previsibilidad en cada secuencia no impide disfrutar de ese viejo gruñón talentoso. Justin Timberlake se acopla sin dificultad a la pareja protagonista y encarna –al igual que todos los personajes- el rol prototípico de antiguo jugador retirado por una lesión pero que aún guarda sueños por objetivos vitales –ser comentarista-.

No hay termino medio, los buenos son los mejores y los malos los peores –feos, rellenos, hirientes-. La dirección se preocupa por sacar bien a su productor –Eastwood-  y esa misión la cumple con creces. Otra cosa es el guionista, pero es lo que es: un producto edulcorado del planeta Eastwood, y eso conlleva un peaje. En alguna ocasión juega con un acontecimiento que atormenta al viejo ojeador en sus sueños, pero es sólo un atisbo que no entraña nada más que un dato curioso e injustificable.

'Golpe de efecto'se ajusta exclusivamente a aquellos a los que les guste que todo esté muy bien atado y que se resuelva en tres minutos y por azar –o por no alargar más la película-.
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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