'MÁTALOS SUAVEMENTE' De partidas y asesinos


CRÍTICA DE CINE

'Mátalos suavemente' (Andrew Dominik. Estados Unidos, 2012. 97 minutos)
 
¡Con el plantel de actores que posee esta película se puede hacer desde una astracanada a un musical pasando por la animación o el porno! Hay que estar muy convencido de la historia que se tiene entre las manos para arrojarse al vacío y realizar una película basada fundamentalmente en diálogos cara a cara: ya sean en un coche –la mayoría- en un hotel o en un bar. Dominik convence –tras la aclamada ´El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford´- en todo su planteamiento y no juega a hacerse notar de un modo excesivo, controla sus piezas y como él muy bien explica, “el público no dejará de mirar mientras le interese” llegando hasta el último extremo. Este arrojo sólo se ve ligeramente edulcorado al emplear  efectos –a cámara lenta- que combinan con la brutalidad de ciertas escenas, pero en ningún caso estos resultan fuera de lugar.

En una película coral como ´Mátalos suavemente´ hay que ser precisos como Dominik en su elección y los actores son conscientes de que  cada escena que interpretan es casi una propia película en sí misma. Si se extrapolan las secuencias son como los cuadros teatrales. No importa el lugar en el que se desarrollen, porque se trabaja con la verdad y el espectador se aisla del lugar al sentirse dentro y parte de esas conversaciones. Pitt vuelve a maravillar en otro registro –aunque por momentos resuenan ecos de su personaje de la saga de los Oceans, siempre lo tiene todo controlado- al igual que Scott Mcnairy, Ben Mendelsohn, James Galdofini… ¡todos!

La historia se acerca a ser una radiografía de la crisis pero en el marco de  las timbas y de los asesinatos. Siempre alguien busca a otro. Hay que tomar medidas drásticas para volver a la situación anterior. Los asesinos rebajan sus precios para estar en el mercado, en el caso contrario siempre hay alguien que lo hará por un precio más bajo. El tono elegido por Dominik es acertado y nada es demasiado grave, se opta por giros cómicos que hacen llevadera la gravedad de ciertas situaciones. La acción se enmarca en plena campaña electoral entre Obama y McCain, que insertan sus discursos en diferentes momentos. ¿Están tan lejos unos de otros? Jackie –Brad Pitt- lo resuelve a la perfección: “Es mentira. Estados Unidos no está unido. Todos están solos. Estados Unidos es un negocio”. Suena demasiado a este presente asfixiante.

La fotografía está repleta de matices. Capta ese color falto de esperanza que parece llevar consigo Nueva Orleans; la luz que agota la vida de una última cerveza, de una última conversación, no imposta atmósferas, la historia ya las radiografía todas.

La violencia es descarnada por momentos –brutal la paliza a Ray Liotta- en los que no disimula los golpes y los sonidos de estos –bravo a la dirección de sonido-. Los errores y las trampas no se olvidan. Para salir adelante alguien ha de pagar para que todo continúe. No importa si es culpable o no, se necesita una cabeza para instaurar el orden.

El empleo de la música es otro acierto. Juega a mezclar optimismo en momentos trágicos o clásicos en situaciones tópicas. Todo encaja en el puzle para que no haya ningún elemento que cojee en el engranaje. La precisión es un arma que se suma al resultado global.

Andrew Dominik ha sabido realizar una película muy buena sin contar nada extraordinario. Su acierto siempre está en el cómo, y con ´Mátalos suavemente´, ha vuelto a dar en el clavo.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ  

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'SALVAJES'. Divertimento bien filmado


CRÍTICA DE CINE

'Salvajes' (Oliver Stone. Estados Unidos, 2012. 131 minutos)
 
El siempre controvertido, extravagante e interesante Oliver Stone no ha escogido la mejor de las historias de Don Winslow para adaptarla a la gran pantalla –de momento se lleva la palma ´El poder del perro´- pero ha conseguido recrear las imágenes de la novela trasladándola a un terreno en el que el director se siente muy cómodo. Lo primero que hay que elogiar es la brillantez con la que dirige Stone y la soltura que muestra al combinar una multitud de planos –en muchos casos indescriptibles- dotándolos de un sentido que guían sin ofrecer confusión alguna al espectador.

Todo lo realiza en función de una historia –es una ventaja que el propio Winslow forme parte del guión- que comienza de un modo ágil en la que la introducción de los personajes junto con una música apropiada y un montaje a la vez que efectivo y funcional consiguen que el ritmo de la película sea ya vertiginoso desde el arranque. Nada dura demasiado en esta historia que se podría considerar prototípica pero que funciona mucho mejor que otras que basan sus argumentos en secuestros, narcotráfico, tríos, venganzas, corrupción…  En la guerra no hay reglas. Winslow se maneja extraordinariamente bien en todo ese enjambre fronterizo con México  y si tiene de lugarteniente a Oliver, consiguen transformar  ´Salvajes´ en lo que podría ser el comienzo de una relación fructífera. 

El artificio y la destreza que emplean Stone y su elenco divierten a lo largo de más de dos horas. El trío protagonista, liderado por una sensual Blake Lively funciona sin fisuras, porque entre tanto secuestro, drogas, sexo y añoranzas, no hay que olvidar que todo se desencadena por una peculiar historia de amor. La violencia empleada no es ni mucho menos parecida a la que pudo ofrecer en ´Asesinos natos´, pero la capta con un ritmo que no desconcierta ni tampoco llega al exceso. Stone confía en los actores y les da responsabilidades: el elenco rezuma talento y la aparición de Benicio del Toro, Travolta y la ´gran jefa´ Salma Hayek, consigue que la película suba un escalafón más y nada suene a impostado porque sus personajes muestran sus objetivos y son consecuentes en sus evoluciones sin mostrar carencias –aunque la historia las tenga-.

La infidelidad de Stone a la novela llega fundamentalmente en los últimos minutos. El inesperado giro final apoyado en una voz en off algo tramposa que acompaña desde la secuencia inicial, consiguen afirmar una vez más que pese a no ser una gran película, Oliver Stone es sin duda uno de los cinco directores más interesantes, provocativos y eclécticos que existen en la gran industria y que rara vez se traiciona. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ  

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'A ROMA CON AMOR'. Sin alma pero con chispa


CRÍTICA DE CINE

'A Roma con amor' (Woody Allen. Estados Unidos, 2012. 102 minutos)

Desde 1997, tras la muy prescindible ´Todos dicen I love you´, Woody Allen ha ido alternando resultados muy flojos con cine de alta calidad como ´Match point´, hasta llegar a su ya penúltima y casi olvidable creación ´A Roma con amor´. El ritmo frenético de casi película por año no ha dejado que ni las críticas feroces ni los grandes elogios hayan hecho mella en su necesidad de crear y mostrar. Siempre resulta agradable ver algo del director neoyorkino porque por poco que parezca que ofrece –´Vicky, Cristina, Barcelona´-, siempre transmite instantes, y eso ya es un logro que no todos consiguen.

Con su aventura romana no esconde sus cartas y nuevamente plantea una sucesión de historias cortas que, aunque son terriblemente desiguales, algunas ofrecen un amplio mosaico de Allen en estado puro. Al contrario que hiciese con ´Todo lo usted siempre quiso saber sobre el sexo…´ en la que cada historia funcionaba independientemente y sin entrelazarse, en ´A Roma con amor´, aunque cada narración mantiene su independencia, todas pretenden estar unidas bajo la luz de la ciudad. Allen vuela de un 'relato' a otro con desconcierto y sin prestar demasiada atención a los desbarajustes que andan sueltos ni a los tiempos que transcurren.

Dos son las historias que poseen un potencial digno de Allen: una de ellas, en la que sale él -¡por fin regresó!- y que tiene ese punto cómico e imprevisible de aquellas situaciones en las que se maneja tan bien en su función de hipocondriaco, alarmista y creador, ayudado por esos momentos brillantes en los que combina su renuncia a la forzada jubilación con su afán por descubrir talentos –con pequeñas reminiscencias a aquel 'Broadway Danny Rose'-. Aquí se producen los momentos más interesantes en los que se retrata a la mujer italiana, a la familia, a la ópera, a la muerte… en fin, al mundo alleniano –acompañado por la siempre brillante Judy Davis-. En la parte protagonizada por Alec Baldwin –grandísimo, no es de extrañar que le haya dado el protagonista en su aventura en San Francisco- ahonda en el campo de las parejas. Lo realiza con ingenio y homenajea a Borges al enfrentar al arquitecto ya reconocido con él mismo de joven y un episodio sentimental que no ha podido olvidar.
 
Allen no inventa y se versiona sin pudor regresando a aspectos ya tratados en ´Todo lo demás´ o a la heroína femenina –de nuevo genial Ellen Page- con tantos rasgos parecidos al personaje de Nola Rice interpretado por Scarlett Johanssonn en su primera aventura londinense o a la Amanda de Cristina Ricci en ´Todo lo demás´. No importa, lo hace con gusto y su previsibilidad no impide que encaje.

El corto -¿acaso no es una muestra de pequeños cortos toda la película?- liderado por Benigni es ramplón y pese a tratar con lo efímero de la popularidad –la fama sin ser nada-, todo es tedioso. Los muchos aspavientos del italiano sólo consiguen distanciar aún más al espectador. Con más gracia aunque sin llegar a la carcajada, se sitúa la historia de Penélope Cruz, en la que una especie de “Allen italiano” lucha por entrar en la alta sociedad romana y por una extraña casualidad se ve envuelto con una prostituta –Penélope Cruz- en un juego de engaño y confusión mezclado con aparente puritanismo, algo de sexo y una familia a la que es mejor no tener cerca.

Cada historia posee su iluminación pero ésta carece de notoriedad. Al contrario de lo que sucedía con ´Midnight in Paris´ las texturas creadas para cada situación están carentes de la suficiente integridad para que posean algo más que buenos encuadres. Son únicamente instantes –fundamentalmente en la historia de Baldwin- en los que se aprecian ciertos matices que combinan con lo aséptico de los momentos de Benigni.

Tampoco la música en esta ocasión -salvo momentos puntuales- ha salvado la papeleta a un producto que caerá en el olvido y aunque se rescaten instantes, estos no perdurarán –las expresiones de Allen, sí- más allá de lo que dure el visionado.

Pese a ser un resultado menor, siempre hay que ver lo que hace Allen. Sus fogonazos creativos, sus referencias a Strindberg, su admiración a la 'femme fatale' y sus autohomenajes le han convertido en un creador especial. Sólo necesita descargar lo que lleva consigo sin entrar a valorar nada más que su necesidad. Ahora ya queda menos para su nueva película… porque ahora toca volver a realizar una grande ¿verdad Woody?

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
 

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'THE SWELL SEASON'. El amor dura una gira


CRÍTICA DE CINE

'The Swell Season' (Nick August-Perna, Chris Dapkins, Carlo Mirabella Davis. Estados Unidos, 2011)

Los analistas del ramo se basan en estudios y teorías químicas para asegurar que el amor de pareja no se extiende más allá de los tres años. Los protagonistas de 'Once' ni se acercaron a la cifra: lo suyo duró una gira. 'The Swell Season' opera como el reverso grisáceo de aquella fábula blanquecina que se tituló 'Once' (2006). Aquella película llegó a la cúspide desde la nada, abanderada por la hermosa 'Falling slowly', una canción que pasó de 'hit' del tarareo a ganar el Oscar. La sinceridad de esa propuesta acunada en las aceras de Dublin redobló dulzores en cuanto saltó la noticia fuera del plató. Sus dos protagonistas, aquel músico callejero pelirrojo y la muchacha checa que vendía flores en la calle y le miraba de reojo, iniciaron un idilio más allá de lo profesional. Ni el mejor de los cuentos de hadas escuchados en la infancia.
 
'The Swell Season' mira a lo que vino tras 'Once' y la estatuilla. Son los inicios de la fama, la fotografía con el fan, los viajes por carretera, los auditorios a rebosar, los autógrafos no importa dónde, la ardua tarea de mantener un amor que se encendió de una forma poco convencional. El documental se revela como una pequeña pieza que, de inicio, no manifiesta excesivas ambiciones argumentales. El día a día de una larga gira por Estados Unidos y las relaciones que se tejen entre los componentes del proyecto no es algo demasiado novedoso en el género. El material apuntaba para consumo de seguidores de Glen Hansard y Markéta Irglová. Las grabaciones engordan con la incorporación de la banda sonora. Suena a lo largo del metraje el largo cancionero de ambos artistas, buenas piezas, melancólicas la mayoría, que añaden pizcas de tristeza a unas imágenes que probablemente no las necesitasen.
 
Entre recitales, cervezas, alguna sonora bronca, muchas sonrisas, furgonetas y canciones los protagonistas se van abriendo, casi sin darse cuenta. Por esos agujeros se cuelan casi imperceptiblemente las diferencias que les separan. A un lado se sitúa Hansard, músico curtido en bares y de suerte esquiva hasta 'Once', inquieto, de tortuosa infancia e intentando aprovechar cada resquicio de la nueva situación que le toca afrontar. Peor lo lleva Irglová, retraída, con miedo a fallarse a sí misma, a perder lo que le mantiene a salvo, su propia personalidad.Mediante fogonazos de una cámara que se inmiscuye dentro de estas vidas sin hacerse notar en exceso, se ve cómo la distancia entre ambos, pese a permanecer juntos en cada fotograma, se va agrandando.
 
'The Swell Season' desemboca en una conversación en una cafetería de una ciudad de la República Checa. Es el cúlmen, la catarsis. La escena dura apenas un par de minutos, pero dice más que muchísimas horas de metraje dedicadas a evocar qué es una ruptura, qué supone y qué secuelas deja al instante. Con ese sabor agridulce se despide esta pieza de apenas setenta minutos de duración que inesperadamente se eleva por encima del posible interés y simpatías que puedan despertar los protagonistas. Porque de lo que habla, aunque no fuese el objetivo inicial, es de algo que fluye por otras latitudes, lejos del escenario. Y pocas veces se ve con tanta nitidez en una pantalla.
 
RAFAEL GONZÁLEZ

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'EL AMIGO DE MI HERMANA'. Veinte minutos no bastan


CRÍTICA DE CINE

'El amigo de mi hermana' (Lynn Shelton. Estados Unidos, 2012)

Es evidente que la idea que da origen a 'El amigo de mi hermana' es muy atrayente y posee fuerza, y más, en momentos en los que resulta muy complicado encontrar a alguna persona que tenga claro qué hacer con su vida. La secuencia inicial desborda talento, ingenio, tensión, aspereza, complicidad y miedo. Tantos elementos en tan poco tiempo y sin que éstos se intuyan enrevesados son demasiadas virtudes que raramente se aprecian, especialmente si se trata de una escena de aniversario –reunión de amigos que beben-  por la muerte del hermano del protagonista. Su mejor amigo habla de la gran persona que era y todos ven fotos y brindan porque le echan de menos. Cuando le toca el turno al hermano del fallecido da una vuelta de tuerca a la situación y nada de lo que ellos creen es lo que en realidad era el homenajeado. A partir de ese momento él toca fondo, o casi, y decide aceptar el consejo de su mejor amiga e irse una semana solo a la casa del padre de ella para intentar encontrarse. Allí, no está solo, la hermana lesbiana de su mejor amiga se refugia en la cabaña tras un fracaso sentimental y se encuentran con tequila de por medio…  El diálogo que se produce  en esa secuencia es vertiginoso y repleto de ingenio y sinceridad. Las idas y venidas que provoca son brillantes, sortean los tópicos saliendo airosos y la cámara los acompaña con un juego de contraplanos eficaz y honesto.

Hasta aquí, todo encaja, pero tras la llegada de la eyaculación precoz el nivel comienza a descender. La visita de la mejor amiga, las conversaciones del pasado, los sentimientos ocultos, los secretos, las vergüenzas, los chantajes, los condones agujereados, los abrazos, los enfados… ya forman parte del tópico y del vacío. Toda la frescura que había anunciado se transforma en calor que sofoca aunque sin llegar a extremos. Los personajes no dejan de ser niños egoístas que juegan a creer que se entregan por cocinar buenos platos o a pensar que lo que sienten les convierte en especiales.

El guión carece de consistencia pero es un experimento curioso dado que los diálogos se fueron trabajando a lo largo del rodaje. Eso puede aplaudirse porque al menos intenta luchar por encontrar un nuevo camino, pero la inconsistencia se instala y los giros difuminan los buenos planteamientos. El trío protagonista es correcto –es de aplaudir que Emily Blunt haga películas de este tipo y no sólo grandes producciones- , sus interpretaciones son de calidad. La fotografía y los planos ingeniados por Lynn Shelton funcionan; sobre todo si se tiene en cuenta el enclave en el que sitúa la historia; pero ya está. Los primeros veinte minutos sirven para propiciar grandes esperanzas que se diluyen hasta el acertado interrogante final.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'HOOKOR'. Sol Montoya




CRÍTICA LITERARIA

'Hookor'
Autora: Sol Montoya
Editorial: Huerga y Fierro
Páginas: 120



PASADIZOS INTERIORES
 
Entre los muchos libros que salen a la luz cada año, la Feria del libro nos ha deparado la aparición de uno realmente singular: 'Hookor', de Sol Montoya. Es, por mucho que pueda sorprender, el libro maduro de una escritora primeriza; dicho así, puede parecer una afirmación excesiva; pero es un hecho constatable ya desde las primeras páginas y aplicable tanto al contenido como a los aspectos técnicos. En efecto, este libro es la crónica de un largo y por momentos doloroso viaje por las regiones del alma a lomos de un ave mitológica, majestuosa y protectora, aspecto este que puede inducir a pensar al lector de entrada que se trata –nada más lejos de la verdad- de una fábula o una historia para niños (sería, en todo caso, un libro para niños-adultos). Visto desde otra perspectiva, la obra contiene la narración de un proceso de desprendimiento de realidades que lastran la existencia de la protagonista y no la dejan elevarse; es la historia, en suma, de un cambio de piel, del despertar a otra vida.

En líneas generales, se trata de un libro marcado, desde sus mismos comienzos, por la presencia de sueños y visiones, lo que convierte a Hookor en el vehículo de un proceso de autorrevelación progresiva con ocho encuentros, que representan para la protagonista la redención personal a través del conocimiento. El recurso del camino a lo largo del cual el protagonista es sometido a una serie de dificultades que ponen a prueba su temple está presente ya en la novela antigua y sus máximos representantes en esa época son sin duda 'El asno de oro', de Apuleyo y 'Las confesiones agustinianas'.

Mimetizando viejos usos -que recuerdan la clásica invocación de los bardos a los dioses o a las musas- el texto arranca con una referencia al poder de la palabra y a la necesidad de contar con su ayuda para alcanzar la expresión justa. Se trata, en suma, de superar la impotencia que provocan en la narradora las insuficiencias del lenguaje porque le impiden expresar todo lo que lleva dentro. Como se dice al comienzo, “Qué impotencia del poeta, las letras se juntan a su antojo, según sopla el viento”. Finalizado el recorrido textual, aparece de nuevo la alusión a las dificultades para expresar lo inefable:”En el auténtico corazón de la tristeza hallé el Amor… algún día me iré a cantar… Algún día, algún día, cuando sepa hablar mejor de Amor, del camino más allá de los conceptos, de la sabiduría que se conoce a sí misma”.

Tres son los términos que permiten, a mi juicio, definir la naturaleza esta obra: fragmentarismo, mestizaje y lirismo. En efecto, vista como novela –así se autodenomina en el prólogo- lo primera impresión del lector es la de enfrentarse a una historia troceada, cuando no a una colección de cuentos y elementos verdaderamente dispares que vagan a la deriva como islotes en medio del océano textual. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: por debajo de la epidermis del texto se aprecia la existencia de un hilo muy fino –una voz, una subjetividad- que conecta sutilmente las diversas partes y mantiene a flote una historia con unos perfiles muy nítidos. Ese es, en mi opinión, uno de los grandes logros de la obra, aunque la fragmentación también pueda verse como un tributo a los dioses posmodernos (de los que Sol Montoya no parece ser precisamente una devota).

La mezcla es, en segundo lugar, un rasgo que afecta a todos los ámbitos, referencias y niveles de un texto, en cuyo interior conviven pacíficamente Oriente y Occidente, verso y prosa, narraciones y poemas, cartas y diarios, microcuentos, efusión lírica y argumentación, textos en forma de SMS, sueños, relatos en formato de correo electrónico, visiones, la confesión, escritura e imagen, mitos y referencias a la cultura clásica, Dante y la Virgen María al lado de Buda, etc.: un verdadero mosaico de géneros, lenguajes y motivos. Esta diversidad no solo acentúa la polifonía y el hibridismo del texto sino que lo enriquece aunque a costa de someter al lector a una constante ducha escocesa por esas continuas interrupciones de lo narrativo para incorporar elementos –poemas y cuentos simbólicos,  principalmente- que nada tienen que ver aparentemente con ella. El lector de 'Hookor' es inevitablemente un lector activo, que ha de trabajar a destajo para extraer el rico mineral que el texto porta en su interior.

Con todo, es el lirismo lo que constituye, a mi juicio, la envolvente y el rasgo que marca el tono general de libro; más aun, yo creo que Sol Montoya es, sobre todas las cosas, una gran poetisa en prosa, una prosa narrativa de gran intensidad emotiva. En cualquier caso, me parece muy acertada la autodefinición del texto como novela lírica y no cabe duda de que aquí Sol Montoya se mueve como pez en el agua.

Como podrán comprobar los lectores, dentro de la estructura global de la historia, las cartas –en especial, las dirigidas al padre, a la hija que no llegó a ser y la del marido que renuncia a seguir- adquieren –al lado del duro alegato contra la madre en el marco de esa narración en forma de diario que es 'Concierto nº 2: muerte en el blanco'- una relevancia muy especial y constituyen el espinazo de la obra de cara al sentido último del texto. Representan de alguna manera un descenso a los infiernos y un calculado ajuste de cuentas con el pasado: un conflicto familiar con los ingredientes y personajes de una tragedia clásica: Agamenón, Clitemnestra, Egisto, Electra, Orestes. En cualquier caso, lo que se deduce de ellas es la imperiosa necesidad de tocar fondo para empezar a remontar y esto es lo hace la protagonista antes de finalizar su periplo en el Tibet. Descenso y ascenso como en Dante y tantos otros relatos clásicos –'Odisea' y 'Eneida', entre otros- en los que se narra un viaje a los infiernos.

Sobresaliente es sin duda la habilidad en el manejo de los seres ficticios encargados de narrar la historia. Me parece que la autora ha resuelto muy bien la espinosa cuestión de elegir el narrador y el punto de vista adecuados para cada relato, decisión en la que naufragan no pocas narraciones. Siguiendo muy de cerca a los grandes novelistas del XX –entre ellos, al recientemente fallecido Carlos Fuentes- en 'Hookor' se cuenta desde cualquiera de las tres personas e incluso, lo que es más llamativo, se  mezclan dentro de la misma narración. Así ocurre, por ejemplo, en la titulada 'Nonna' –un relato autobiográfico en tercera persona, que alterna con la segunda para designar al destinatario de la narración, la abuela-, 'Rompes el cascarón' –desde la primera-, la primera y la tercera en 'Primeras amistades' (para marcar la transición entre los dos niveles narrativos que conforman el relato), la primera, la segunda y la tercera en 'El monje-Águila' y podríamos continuar con una larga serie. Rasgos destacados de la narración son también el tono coloquial y una gran destreza para el corte narrativo con vistas a facilitar la transición momentánea o definitiva a otra historia o reanudar la ya comenzada y, sobre todo, la inteligencia demostrada en el ensamblaje de un material tan heterogéneo.

En un texto tan decantado por la evocación lírica y la memoria por fuerza han de asumir un gran protagonismo tanto el espacio como el tiempo, pero muy en especial, el primero. Los escritores saben muy bien que el tiempo –específicamente, el pasado- descansa plácidamente sobre el espacio, agazapado como una especie de humo dormido, mientras alguien no lo activa a través de la memoria. Lo que quiero decir es que el espacio siempre remite al tiempo, a los hechos o experiencias vinculados a él y esto es lo que ocurre en un libro muy conectado, por otra parte, a toda una tradición novelesca fundamentada en la recuperación del pasado a través del recuerdo. Los espacios fundamentales de 'Hookor' son espacios interiorizados, filtrados a través del sentimiento y cargados generalmente de simbolismo. Así ocurre con la casa materna -tan marcada por la presencia de un padre castrador y una madre reprimida y represora (víctima también ella del sistema)-, el apartamento “en forma de media luna” al que se muda cuando se separa de su marido -simboliza la ruptura con un tipo de vida-, el monasterio tibetano -destino final del viaje y fase fundamental en el proceso espiritual que se materializa, en términos narrativos, en el viaje a la India y, desde allí al Tíbet-, etc. Es aquí donde se produce el ascenso a otro tipo de vida que, en el fondo, no es más que la recuperación o reencuentro con una vida anterior (superada, como dice textualmente la narradora, “la grotesca tiranía del ego”). No es casual en este sentido que la última sección del libro se titule 'Volar hacia el sol'.

Para ir rematando, quiero referirme muy por encima a los abundantes símbolos -animales y colores-que jalonan el texto de principio a fin y están cargados de simbolismo. Entre los animales aparecen el águila (el agua, encarna el espíritu, la valentía y la visión clara), el león (el fuego, representación del principio masculino), el cisne (muerte y resurrección, encarnación del deseo y síntesis de la masculino y lo femenino), el lobo (animal de poder), el gato (la independencia), el caracol, el perro, las cigüeñas, la mariposa o seres fabulosos como la esfinge (mezcla de ser humano, águila, león y otros): animales todos ellos cargados de simbolismo (en especial, la esfinge, clave fundamental para una adecuado entendimiento el libro). Su presencia resulta muy significativa en una obra situada en la mejor tradición del hermetismo, una tradición en la que, en última instancia, se debaten el bien y el mal y es continuo el contraste entre la luz y las tinieblas, el blanco y el negro (en este caso, los dos monjes), lo masculino y lo femenino, lo real y lo ideal. Como puede verse fácilmente, el simbolismo es algo muy presente en el libro y se ve notablemente reforzado por la importancia que en él adquiere lo onírico (sueños o ensoñaciones).

Hay, en suma, motivos más que suficientes para hincarle el diente a un texto tan rico, tan diverso y lleno de estímulos como este, un libro que nada a contracorriente de lo que se estila en la actualidad y alude a valores de los que todos estamos, de un modo u otro, muy necesitados. Es de esperar, por ello, que esta obra llegue a mucha gente porque es un trabajo bien hecho, inteligente, interesante y muy luminoso, fruto sin duda de una gran valentía y de muchas horas de trabajo y sufrimiento. Con un libro tan exquisito Sol Montoya se ha puesto el listón está muy alto y eso la compromete en el futuro a mucho. Estoy seguro de que no nos defraudará.

ANTONIO GARRIDO DOMÍNGUEZ
 

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'HOLMES & WATSON. MADRID DAYS'. Holmes añora a Holmes


CRÍTICA DE CINE

'Holmes & Watson. Madrid Days' (José Luis Garci. España, 2012)

No hay duda de que el personaje creado por Conan Doyle está viviendo una época dorada. Poco importa que las películas dirigidas por Guy Ritchie se parezcan muy poco al original para que ambas hayan sido muy taquilleras y del agrado del público.  También la espléndida serie 'Sherlock', que sí es un reflejo fiel –sólo que trasladado al presente y sin las drogas- del Holmes de Doyle, ha calado en crítica y público. Es evidente que el personaje es un gancho de incalculable valor y como dulce a la vista es gozoso, pero ojo, puede llevar al empacho.

José Luis Garci ha querido jugar a ser Billy Wilder creando una historia basada en el detective y el doctor y el resultado ha quedado muy lejos de lo que fue 'La vida secreta de Sherlock Holmes'. Resulta un tanto alarmante que un admirador del personaje como es Garci se acerque a él de un modo tan distante, dado que hay muy pocas coincidencias con el original creado por Doyle. A esto hay que añadir que el ritmo resulta excesivamente lento y condena al producto final a habitar en un terreno más cercano a su película 'Tiovivo 1950' que al protagonista de 'El signo de los cuatro'. ¿Qué han querido hacer realmente? ¿Qué aportan Holmes y Watson a la historia? Nada. Todo suena ya demasiado a un producto encorsetado en un tiempo pasado que es ya tedioso en su recreación.  En vez de aproximarse a otras historias suyas –como 'El crack', aunque el final tenga alguna semejanza-  el resultado queda más cerca de ser una mezcla entre la serie 'Amar en tiempos revueltos' y al primer 'Estudio Uno' . La fotografía no consigue captar atmósferas, los personajes no están en ninguna división y las apariciones de personalidades como Galdós son más un guiño al gusto del director que elementos que hagan que la trama se enriquezca. ¿Importa algo que sea Jack el destripador? No, nada y ese es otro problema que resulta aún más incomprensible, aunque no tanto como la intervención de Gallardón, sin duda alguna, para conseguir subvenciones, porque si no, no tiene ningún sentido que forme parte del elenco.

Gary Piquer en el papel de Holmes y Jose Luis García Pérez en el de Watson luchan con sus personajes, pero no son ellos, son diferentes. Es más, el propio Holmes tiene una especie de amante a la que frecuenta en diferentes lugares, y eso resulta algo más que sospechoso. La labor actoral, por  lo general, es muy floja, más que por los actores, por la escasez de sustancia en cada uno de los papeles y la previsibilidad de las acciones –no digamos el caso de Berna-.  Tampoco aporta nada ni el personaje ni la interpretación de Leticia Dolera, que no consigue levantar unas frases repletas de tópicos. Es un caso similar al de Manuela Velasco, donde la artificiosidad de las acciones no componen ningún cuadro creíble. Víctor Clavijo salva la papeleta, al igual que Jorge Roelas, y eso que no era tarea sencilla.

No hay nada que huela a Holmes, las transiciones resultan bastante insulsas, hay un abuso masivo de fundidos y encadenados que a la historia tampoco ayudan. El empleo de láminas pintadas para reflejar París o Londres, o el viaje en barco son demasiado pobres para ser considerados algo.

La idea de trabajar con Holmes siempre es apasionante, pero para ello hay que respetarle porque si no, no funciona. Elemental querido Garci. 
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'MANOLETE'. Maldita, mutilada y mediocre


CRÍTICA DE CINE

'Manolete' (Menno Meyjes. España, 2006)
 
El sustraerse de la oleada de comentarios previos suscitada por 'Manolete' antes de su visionado es directamente imposible. Revolotea en todo momento ese estatus de producción maldita alcanzado tras los casi seis años que pasó en el congelador a la espera de ser estrenada. 'Manolete' reunía desde aquel 2006 los condicionantes precisos para alcanzar esa categoría. El rodaje se hizo casi en absoluto secreto. El hermetismo no impidió que se filtraran las profundas desavenencias entre productor y director, agravadas posteriormente por una serie de denuncias por impagos por parte del equipo y sazonadas por el presunto romance surgido entre los protagonistas, Adrien Brody y Penélope Cruz.

¿Y la película? Quedaba oculta entre el espesor de la polémica, aunque por las grietas asomaba la insensatez de otorgarle el papel principal a Brody, por mucho parecido físico que guardara con el diestro, y de darle las riendas de un filme pretendidamente taurino a un desconocido cineasta holandés. El resultado de este torbellino profesional y emocional deja cicatrices en la película, finalmente no tan nefasta como se ha dado a entender. 'Manolete' es una producción cara y eso se percibe en su buen acabado formal, la exquisitez de la banda sonora y los intrascendentes aunque meritorios detalles que introducen al espectador -menos de lo esperado- dentro de los rituales de la tauromaquia. Si el balance no es superior es por la mutilación sufrida por la película en el proceso de montaje, un trabajo de poda que le quita al guión lo poco de sensatez que tenía. Por culpa del desquiciante montaje no se entiende qué pintan ciertos personajes (Enrique de Ahumada es el mejor ejemplo), hay tramos inexplicables (la visita a Córdoba) y se acelera hasta lo ilógico lo que debería ser el lento y cruel  camino recorrido por Manolete del enamoramiento a los celos obsesivos. El corta y pega provoca un uso abusivo de los 'flash-blacks' que termina por desquiciar más que desconcertar. A todo esto se suma un sonrojante epílogo en el centro médico, mal interpretado, peor rodado y ausente de emoción.

'Manolete' no molesta como habría que esperar, aunque a lo largo de la pasión entre el torero y Lupe Sino afloren tópicos de toda raigambre y se apunte hacia cuestiones morbosas sin razón alguna (el consumo de cocaína por parte del protagonista y la presunta bisexualidad de Lupe). Lo peor de todo es que una vez concluido el filme uno se queda con la sensación de no saber apenas nada nuevo de aquel singular diestro que se ganó un hueco en el corazón de un país en horas bajas y necesitado de ídolos con los que cubrir el vacío existencial al que le abocaba la historia.
 
RAFAEL GONZÁLEZ

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'EL CONGRESO DE LITERATURA'. César Aira




CRÍTICA LITERARIA

'El congreso de literatura'
Autor: César Aira
Editorial: Mondadori
Páginas: 116
Año: 2012


AIRA Y SU GRAN IMAGINARIO

Lo primero que puede llamar la atención es que esta novela no haya sido publicada en España cuando se terminó -1997- y haya llegado tan tarde. Lástima que esta pregunta pueda responderse atendiendo al hecho de que no es un acontecimiento aislado. Menos mal que estaba escrita en la misma lengua. En caso contrario, posiblemente jamás nos hubiese llegado como tantas otras obras, pero eso es ya otra historia sin final feliz.

Lo importante es que Mondadori ha decidido sacarse de la chistera esta novela para hacer aún más grande si cabe el imaginario de César Aira. 'El congreso de literatura' está divida en dos partes que el autor utiliza muy bien a su conveniencia. La lectura es envolvente. Aira posee una destreza hipnótica para transformar algo que puede resultarnos desconocido –al menos a los neófitos en materia de ciencia- en un hecho palpable. Se acepta sin cautela el pacto que propone el autor.

Ya en una primera parte introductoria consigue captar el interés de un lector que se pregunta por el acontecer que prosigue a la enigmática introducción. Es en la segunda parte cuando se nos presenta a ese científico encubierto en autor literario cuyo nombre es César. No faltan los tópicos de los escritores, las sentencias emocionales, el embrujo de la belleza a muchos kilómetros de casa, el recuerdo de dos amores efímeros pero latentes… todo tiene cabida en el universo que plantea Aira, incluidos gusanos gigantes azulados creados de una corbata de seda de Carlos Fuentes que descienden por laderas…

La imaginación del escritor argentino no tiene límites y es además un narrador muy solvente. No es nada sencillo urdir una trama como la que ha ingeniado y salir más que airoso. Sí, de acuerdo, es un divertimento, pero muy serio y con mucho talento.
 
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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