'UN BUEN CHICO'. Javier Gutiérrez




CRÍTICA LITERARIA

'Un buen chico'
Autor: Javier Gutiérrez
Editorial: Mondadori
Páginas: 139
Año: 2012


SUEÑOS LISONJEROS
 
El nuevo libro de Javier Gutiérrez se instala en el territorio de lo previsible y eso en una novela con la temática que trata es un elemento demasiado peligroso para quererlo transformar en un aliado. El autor elige la segunda persona como eje narrativo y abunda la utilización de 'flash-backs' para ir desgranando acontecimientos de finales de los noventa. Esta elección es acertada, el imaginario común, tan 'contaminado'' del lenguaje audiovisual tolera sin dificultad estas armas estilísticas; el problema viene en saber qué puede aportar tal recurso a una historia tan condenada y resuelta desde las primeras páginas.

'Un buen chico' está dividida en cinco capítulos –o nombres de álbumes que han sido determinantes en la vida del protagonista, gran acierto describir los orígenes de los discos que selecciona- que intercalan pasado y presente con soltura.  Novela en la que abundan los diálogos sin que estén marcados –ni falta que hace, sino que se lo digan al ya fallecido Saramago-, pero éstos no resultan fluidos, por momentos parecen frases bonitas encorsetadas en personajes que hablan sin ser honestos, que huyen, que se encuentran, que se condenan.

El pasado como lacra –evidentemente las drogas, el alcohol, los embustes… tienen su cabida y su 'responsabilidad'- que contamina la conciencia. El regreso del personaje a lo que un día podía haber sido… un encuentro fortuito, la culpa, la música, la falta de responsabilidad, la belleza…  ¿De qué nos habla Gutiérrez? De la vergüenza de asumirse  uno mismo, de no querer caer solo, de machacar a quien nos quiere para tranquilizar una conciencia despiadada.  Todas estas premisas pueden ser acertadas, pero conviene reiterar que su modo de llevarlas a cabo va directamente contra su historia y que ésta no pase de la anécdota y más si tenemos en cuenta el poco peso de algunos personajes como el psicólogo, que parece que ha sido introducido para desahogar a esa segunda persona que por momentos se ve asfixiada y necesita escapar de la reflexión a viva voz.

Novela urbanita que intenta ahondar por medio de la música en lo que fue una parte de  Malasaña. Personajes de clase media alta con demasiado dinero para tener que pensar por sí mismos sin recurrir al delito. Las violaciones como diversión, las grabaciones como prueba, el pasarse para no ser conscientes de la rutina delictiva. El deseo por lo prohibido, la condena de lo reprochable… todos elementos disfrazados en un campo agotado por lo poco sutil que ha sido el autor a la hora de desvelar el 'misterio'. Sueños truncados e ideas impostadas en vidas resultas. Pese a la soltura de la narración de Javier Gutiérrez la novela nunca despega de la previsibilidad.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'BLACK MIRROR'. Lo que vendrá... o no


CRÍTICA DE SERIE

'Black Mirror' (VV.AA. Reino Unido, 2011)

Las series en pequeño formato son el fenómeno más inteligente para luchar contra la monotonía o el tedio que pueden traer aquellas de largas temporadas que se anclan en subtramas que poco tienen que ver con la idea original. 'Black Mirror' tiene únicamente tres capítulos, y su creador –el reputado y controvertido Charlie Brooker- tiene muy claro lo que quiere contar. Para ello desarrolla tres historias independientes ligadas por la tecnología y la obsesión por el voyeurismo de una sociedad que no difiere tanto de la que conocemos. No repite ningún actor y ninguna trama se parece a la anterior, eso es un acierto total porque permite al espectador sacar todo el jugo de cada historia sin estar atentos a esos pequeños detalles –sin sentido- que normalmente son los que resuelven las series. 'Black Mirror' es una apuesta sin ambages, no deja de ser una -desoladoras- radiografía de lo que seremos, si no lo somos yo. Quizá se esté a tiempo de evitar el derrumbe, pero la serie no da respuestas –ni falta que hace-, se limita a exponer el problema sin ocultarlo.

El primer capítulo, 'El himno nacional', se centra en la figura del primer ministro británico y lo que el morbo puede llevar a suscitar si hay una vida en juego de por medio –y más si es de una princesa- y la posible captación de votos por otro, siempre  con esa voz de fondo que nos pregunta “y tú, ¿qué harías?”. La importancia de las nuevas herramientas de comunicación (youtube o twitter) aparece plenamente justificada e integrada, golpeada por un verismo que no hace más que plantear interrogantes acerca de su ilimitado, peligroso y todavía desconocido poder. El episodio sabe dosificar la tensión y se resuelve, insignificantes baches al margen (ese acercamiento al periodismo sensacionalista tan tópico), con coherencia.

La segunda pieza, 'Quince millones de créditos', es la más ambiciosa y al mismo tiempo la menos lograda. La historia de un amor imposible en una sociedad futurista se revela insípida, falta de chispa, y ni siquiera el giro que experimenta en su tramo final logra rescatarla del tedio. Las críticas a la telerrealidad y sus formatos hace tiempo que ya no hacen tanta mella, arrinconadas ante la aparición de problemas mucho más terrenales y urgentes. Tiene la virtud este capítulo de crear en poco menos de una hora un universo propio, con sus reglas de funcionamiento y que no se aleja demasiado visualmente a lo ya expuesto brillantemente en filmes como '2001: Odisea en el espacio' o la más reciente 'Cube'.

'Black Mirror' llega al culmen en su tercer capítulo, 'Tu historia completa', que golpea mediante recuerdos que pueden revivirse continuamente accionando un mando que lo almacena todo dentro de nuestro organismo –literalmente- y que manejamos a nuestro antojo. La aparición de unos celos retrospectivos apoyados y constatados por la tecnología pueden llevar a la locura de cualquier sociedad civilizada que se precie. Los diálogos son tan veraces que hieren. No importa el año en el que transcurra la historia.
 
Lo único evidente es que no hay mejor forma de destrucción que la que se puede perpetrar desde nuestros adentros apoyados por el fenómeno de los complejos adheridos a una tecnología que nos recuerda que no somos tan especiales como creemos.

IVÁN CERDÁN / RAFAEL GONZÁLEZ

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'POLLO CON CIRUELAS'. Historias de antes


CRÍTICA DE CINE

'Pollo con ciruelas' (Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud. Francia, 2011)

La mina de Marjane Satrapi dejó huella con 'Persépolis'. La viñeta se hizo fotograma y la historia de aquella joven con el corazón dividido entre sus raíces iraníes y el exilio europeo conquistó a público, crítica y jurados por su fino equilibrio entre latigazos sociales, situaciones cómicas y amargura. En realidad, 'Persépolis' no descubría nada nuevo. Hacía de la sencillez de su propuesta y de la ingenuidad que desprendía la animación plasmada en pantalla, tan fiel a la novela gráfica, sus mejores bazas. Una vía similar recorre el segundo largometraje de Satrapi, otra vez trabajado a dúo junto al francés Vincent Paronnaud. La escritora recurre a nuevamente a material propio, en esta ocasión una obra de menor alcance que 'Persépolis', más unidimensional y sujeta por un único poste, a veces firme y en otras tan frágil, el amor. Ambas producciones se empiezan a separar desde la puesta en escena, puesto que ahora Satrapi y Parranaud se alejan de la animación -salvo algún chispazo- y prácticamente arrinconan la perspectiva social.

'Pollo con ciruelas' huele a historia de antes, a fábula contada alrededor de una hoguera en una noche estrellada. La película afronta una hiperrealista historia de amor desde la perspectiva más romántica. 'Pollo con ciruelas' grita y defiende una teoría: aunque el desfile de personas por el corazón de una persona sea un trajín, solo existe un gran amor en la vida. Ahí salen las raíces del profundo sentimiento de desolación que quema el interior del violinista de Teherán obligado a alejarse de la mujer -no es casualidad que la autora la llame Irán- a la que tanto y tan fugazmente amó.

Satrapi y Parannaud envuelven con delicadeza esta hermosa historia de amor que lleva sellado desde el principio la marca de la tragedia. Todo lleva a la melancolía más profunda, la música, los decorados, la irrupción de personajes más propios de películas de Tim Burton, la interpretación y el aire a lo 'Amelie' que carga la atmósfera de esta quebradizo filme, que se ve igual que se escucha, como un susurro, como una leyenda contada al oído. 

RAFAEL GONZÁLEZ

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'EL LEGADO DE BOURNE'. Tedio interminable



CRÍTICA DE CINE

'El legado de Bourne' (Tony Gilroy. Estados Unidos, 2012)

Que la maquina de hacer dinero tenga que continuar aunque falten ideas es un acontecimiento que ya no llama la atención. Aplicar el nombre de Bourne para intentar atrapar al mismo tipo de público que acudió a ver la saga es un truco pusilánime y cobarde, pero es lo que hay. Los guionistas se sacan del sombrero programas nuevos, prototipos, destrucciones de programas anteriores y, finalmente, la novedad más impresionante: el supuesto legado de Bourne es ahora una especie de superhéroe  con supersentidos,  capacidad de salto, reacción… lo que ocurre es que aquí no le pica ninguna araña, todo es creado en un laboratorio. Con un prólogo más propio del programa 'El último superviviente' que de una película de tales características intentan reflejar la resolutiva capacidad de un agente en situaciones extremas al que supuestamente le queda poco tiempo, dato que, evidentemente, desconoce.

Con tres referencias a diversas tramas de las películas anteriores –es más, hacen que se sitúe casi a la par que la tercera con la escena del asesinato en la estación de Waterloo en Londres- les basta para introducir al personaje y a la historia de operaciones secretas y soplos colgados en Youtube. La acción es bastante menos trepidante y los enfrentamientos cuerpo a cuerpo no son dignos de mención. A esto hay que sumarle que la historia se va desmoronando desde el principio.

La hábil dirección y las interpretaciones de Jeremy Renner y Rachel Weisz –igual de bella pero menos efectiva-  no consiguen que la historia tome impulso, ni siquiera hay una mínima tensión sexual –bochornosa la acción en la que Bourne sale del armario para salvarla-, no tienen tiempo. La aparición de Edward Norton es tan insulsa que no pinta nada, pero estas películas necesitan nombres para que se acuda a la sala y los actores engordar sus cuentas: lo comido por lo servido y encima todo pinta a que habrá una especie de secuela en la que se incluya al mismísimo Bourne.

Por encima de las reiteradas e infructuosas persecuciones, la trama real gira en torno a inocular un virus para hacer que el protagonista no siga enganchado a sus medicamentos. No hay atisbos de salvación entre tanta mediocridad. Los tiempos muertos en la película son eternos y el metraje resulta insufrible aunque puedan disfrutarse de los paisajes que muestran alrededor de medio mundo.

Cuesta creer que no hay historias más interesantes en los que invertir presupuestos tan abultados, pero es lo de siempre, quien hace la ley, hace la trampa.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'TED'. Homenajes y hostias


CRÍTICA DE CINE

'Ted' (Seth MacFarlane. Estados Unidos, 2012)

Cuando se realiza una marcianada hay que ser consecuente y llevarse todo por delante.  Eso lo hace a la maravilla Seth MacFarlane –creador de 'Padre de Familia', 'American Dad'- al trasladar una historia que es muy fiel a lo que ha venido promulgando en sus gamberras series animadas pero que ahora transforma a sus personajes  en carne y hueso –aunque esté el oso Ted-.

La historia no es ni mucho  menos lo importante. El guión no deja de basarse en una serie de tópicos acerca de la madurez y lo que tardan los hombres en dar el 'gran salto'. Lo relevante es el modo tan osado –no podía ser de otra manera- que ha elegido para llevar a cabo todo el plan de acción. La opción de tener a un 'oso nacido del milagro' es una solución que sirve para tapar cualquier fisura. ¿Qué importa si todo tiene un origen 'divino'? Evidentemente tiene su moraleja, pero no es dictatorial, es un recurso y encima válido.

La sucesión de tacos, referencias sexuales, utilización de psicotrópicos y empleo del alcohol sirven para mostrar ese lado vulnerable de cualquiera, ese aferrarse a un yo anclado en un curioso complejo de Peter Pan. Todo se encamina a dejar claro cuáles fueron los referentes de una generación –la de nacidos de 1973 a 1977 aproximadamente- que quizá no haya aprendido, ya sea por las circunstancias o por este tiempo correoso, a tomarse en serio o a poder enfrentarse a sí misma en el espejo asumiendo quiénes son y lo que se supone que 'deben de hacer'. El personaje interpretado por Mark Wahlberg es un buen ejemplo de la generación perdida en busca de ese tiempo que quizá llegue, pero que si no lo hace es porque es posible que jamás se busque.

Los homenajes son un referente que nunca es de postín. Quien se lleva la palma es Flash Gordon y el actor protagonista, Sam Jones –genial su primer encuentro de Wahlberg-, que demuestra estar a la altura de las circunstancias al autointerpretarse como un hombre anclado en ese personaje –fenomenal guiño final con imagen parada incluso-. Las referencias y los anhelos al film son continuos y repletos de garra y humor, por lo que cualquier nombre que contenga la terminación del villano de Mongo, Ming, ya sirve de óbice para mostrar la 'cólera' de Sam Jones.

El oso Ted es muy similar a Stewie -'Padre de familia'- y su mala leche, de ahí que no deje títere con cabeza y critique sin pelos en la lengua a la sociedad americana y a sus películas –las que ellos consideran mediocres- como es el caso de la nueva versión de Superman a la que destrozan –incluido  su protagonista- sin tener pudor alguno. No hay ningún cameo que sea impostado, todos se ríen de sí mismos sin hacer heridas profundas.

El metraje se tolera bien, la dirección y la incorporación de los flash-backs es completamente funcional –grandioso el de la fiesta de Ted con prostitutas-: no busca más lucimiento que el de la efectividad, y lo consigue. Se agradece que una película con estas características no busque algo que no es y sepa quedarse en la situación 'extraordinaria' que desea contar, utilizando unos parámetros válidos que escocerán en el sector más conservador que esta vez no podrá ser salvado por Flash, ¿verdad Sam?

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'BRAVE'. Pixar empequeñece


CRÍTICA DE CINE

'Brave' (Brenda Chapman, Mark Andrews, Steve Purcell. Estados Unidos, 2012)

Es un hecho incontestable que la irrupción de Pixar hace ya casi dos décadas ('Toy Story', 1995) revolucionó el universo de la animación y modificó el concepto de cine infantil que se asociaba a este género visual. Cada estreno de la factoría estadounidense ha sido desde aquel punto de inflexión un acontecimiento, una cita ineludible en la que el disfrute estaba asegurado tanto para los más jóvenes como para los adultos. Ahí se encuentra la singularidad de Pixar respecto a sus competidoras, en afianzar el entretenimiento para dos públicos tan diferentes y equilibrar sus propuestas transmitiendo dobles lecturas sin renunciar a un poético uso de la imagen y el discurso.

Cuando la productora avanzó tras 'Up' (2009) que 'Brave', la historia de una joven princesa que no quiere serlo, iba a ser su siguiente proyecto, se tambalearon los principios ya citados. En una época en la que el espectador adulto reconoce esta figura en la de Arya, la princesa de 'Juego de tronos' que sobrevive a duras penas (sin miedo a recurrir a la espada) en un entorno cruel y teñido de sangre, 'Brave' corría el riesgo de reducir 'target' y conformarse con seducir a una parte de la platea. Así ha sido, puesto que la última producción de Pixar es, indiscutiblemente, la más limpia, blanca e inofensiva de su ya larga remesa.

'Brave' luce en el interior todo lo que ha sobredimensionado a Pixar: la reproducción de una Escocia de castillos y bosques maravilla, el guión apenas tiene fisuras, hay sorprendentes usos estilísticos que elevan el tono (la conversación a dos bandas que nunca se produce entre princesa y reina), brillantes guiños humorísticos (principalmente en la figura de los trillizos) y un clímax final al que se llega con soltura, a pesar de la excesiva reiteración en el empleo de un truco narrativo. Flaquea sin embargo esta historia tan 'braveheartiana' y con ecos a 'Astérix y Obelix' al mostrarse tan correcta y pulcra, tan aseada que no se permite ni unas gotas de mala leche, ni un toque que se salga de las entendederas del público infantil, por muchas garras oseznas que luzca.

Ni siquiera se salva el mensaje presuntamente liberador y progresista que transmite su desenlace. Es fácil que lo diga una princesa. Lo complicado, o directamente imposible y hasta obsceno, es que se lo pueda plantear un vasallo, que es a fin de cuentas y en el aquí y ahora aquel que paga los ocho euros por presenciar esta producción que ha hecho que Pixar, en vez de cumplir años y echar mano de veteranía, empequeñezca.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'PROMETHEUS'. Un regreso insatisfactorio


CRÍTICA DE CINE

'Prometheus' (Ridley Scott. Estados Unidos, 2012)

Hay algo profundamente humano en el empeño de Ridley Scott por volver, media vida después, a retomar el proyecto que catapultó su carrera como director. Es una apreciación que nace de la emotividad y, rebuscando en la hemeroteca, en cierto desdén del director británico hacia las secuelas y el enfoque dado. 'Prometheus' vendría a ser en ese sentido una forma de reconducir a la criatura que amamantó, volver a llevarla a su terreno, indicarle el camino que debería haber seguido, sin necesidad de que sea hacia delante. En este caso, Scott vuelve a atrás pero no para mitificar lo que vendría después -su trabajo de 1979- sino para llevarlo a otros terrenos, alejarlo del original, crear otra carretera de la que en este caso, más allá de la ya asegurada 'Prometheus 2', no se conoce un destino ni la opción, ya descartada, de que se cruce con la saga original.

Hay dos formas de encarar 'Prometheus'. La primera parte desde la admiración al núcleo fundamental de la saga, centrado en 'Alien, el octavo pasajero'. Es cierto que el afín al canónico largometraje de 1979 hallará numerosas conexiones, muchas encubiertas o casi desapercibidas entre el a veces aparatoso engranaje visual. La relación entre ambas no se extiende mucho más allá, lo que aleja a 'Prometheus' del concepto de precuela al uso y lo aproxima más al de película independiente con ramificaciones que tocan a la precursora. Ahí está la segunda forma de afrontar su visionado, de forma única y aislada. Tras una primera media hora reflexiva y ambigua, tan al estilo de lo expresado en la nave de carga Nostromo, 'Prometheus' rompe con la contención, se desata y se convierte en un aquelarre de acción, cine de género salpicado por diálogos existencialistas de bajo perfil a la búsqueda, nunca demasiado concisa, del origen de la humanidad.

Esta opción, que puede causar sorpresas y desafectos, parte ya desde la elección del guionista principal. Damien Lindelof es uno de los cerebros de 'Perdidos', un profesional de escritura ágil, nerviosa y efectista. El guión de 'Prometheus' se nutre de esa habilidad con los giros y los volantazos, conformando una montaña rusa de cambios de ritmo y de dirección. Por lo que fuera, sus dos horas transcurren rápidas, no hay morosidad en su desarrollo. Lo que gana por ese lado se derrite en cuanto a la coherencia. Hace aguas en ese sentido 'Prometheus', generando tanta inmensidad de interrogantes, vacíos argumentales y situaciones ilógicas que ni siquiera un segundo visionado podría responder. Simplemente porque es imposible hacerlo.

El espectáculo visual es de primer orden, de principio a fin. Scott tiene la habilidad de generar una atmósfera propia, que sin renunciar a lo ya visto, sabe crear una tensión, aunque el factor sorpresa ya esté perdido de antemano. Todo da vueltas alrededor de un explicación que se masca, pospone, vuelve, se deja caer, se cierra y se abre. Un juego, en definitiva, tejido con un armazón de material de acción frenética y moldeado sin demasiada soltura por unos diálogos que se diluyen en su afán por parecer más importantes de lo que son. Al final 'Prometheus' se reduce a eso, algo demasiado ligero que deja una pose de insatisfacción parcial al seguidor de la saga, solo aliviado por determinados guiños y por la sólida interpretación del plantel interpretativo, con bazas fiables como una Noomi Rapace que va a más, un Michael Fassbender en estado de gracia y el infalible Idris Elba, al que siempre es un placer ver una manzanas más allá de las calles de Baltimore.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'EL CABALLERO OSCURO: LA LEYENDA RENACE'. Nolan cierra a lo grande



CRÍTICA DE CINE

'El caballero oscuro: la leyenda renace'
(Christopher Nolan. Estados Unidos, 2012)


No es arriesgado afirmar que el cierre de la trilogía sobre Batman es la película más completa de la saga. Eso no resultaba en absoluto sencillo, teniendo en cuenta la anterior, pero sí, los pequeños inconvenientes que podía tener 'El caballero oscuro' han sido pulidos con oficio y talento. Esta tercera parte de la saga, pese a ser una gran película, resulta muy complicada  asumirla como ente único. Esa es otra de las virtudes que ha tenido Nolan al crear un enjambre bien estructurado de tres partes que, aunque funcionan perfectamente cada una por separada, cuando se aprecian en su conjunto el visionado gana enteros. Para ello ha ayudado, y mucho, el resultado de esta última película, la más compleja y redonda.

Nolan, como buen artesano, ha sabido conjugar comercialidad con intimismo. Es posible que de todas las películas que se hayan realizado sobre superhéroes sea la que haya de tomarse más en serio. Su planteamiento es ya un avance: se centra más en la persona –Bruce Wayne- que en su alter ego. De hecho, el propio Batman no llega a salir más que en un tercio de la película. Esa apuesta es arriesgada, pero al trabajar con una historia tan sólida, funciona. En principio no juega con el espectador ni le concede pensar que habrá una cuarta entrega. La película desde su inicio se aproxima a lo que es un claro punto final, pero como en todo, las cosas no siempre terminan radicalmente.  Esperemos que el caballero don dinero no haga de las suyas y le 'obligue' a regresar con algo que, sin duda alguna, resultaría impostado.

El comienzo es nuevamente directo, combina el efectismo con alguna reminiscencia a los principios de las películas de Bond. Le bastan unos pocos minutos –formula que le funcionó perfectamente para la presentación del Joker en la anterior entrega- para mostrar a un rival que está mucho más a la altura en cuanto a nivel físico para enfrentarse con el murciélago.

Situar la historia sólo ocho años después de donde concluye 'El caballero oscuro' se antoja tiempo insuficiente para mostrar a un  Bruce Wayne tan alicaído y falto de esperanza  como de estímulo. Se ha abandonado y siente nostalgia hacia un manipulado recuerdo que le aleja de sí mismo y de la vida pública.  Evidentemente hay un pequeño guiño –uno más en la saga- a Frank Miller y al 'Regreso del señor de la noche', pero para ello hubiese resultado más efectivo situar al héroe entrado en la cincuentena, en ese caso, todos esos 'esporádicos' problemas físicos habrían encajado mejor en la historia.

La trama avanza con cautela y a la vez astucia para que no existan fisuras y no dejar elementos sueltos, como pudo suceder en las entregas anteriores. La elección de Bane como villano resulta un acierto brutal. Pese a tener el listón muy alto por el Joker, el espectador asiste a un antagonista que posee un plan y que resulta terriblemente poderoso, ya que ni el propio Batman va a ser capaz de frenarle. Infunde un terror superior al del Joker –demasiado anárquico y sin la fuerza física de Bane- y el hecho de escoger a un actor tan polifacético en sus interpretaciones y en su aspecto físico como Tom Hardy consigue que el personaje esté compuesto sin fisuras al simular a la perfección su aparente falta de humanidad. El enfrentamiento entre ambos camaleones escénicos –Hardy y Bale- es muy sugerente. En el aspecto de las peleas, Nolan ha ido evolucionando: si en 'Batman begins' eran filmadas de un modo vertiginoso, ahora no, y se recrea mucho más: un acierto nuevamente. 

La progresión de los villanos ha venido marcada por Ra's al Ghul, personaje con una fuerza brutal que Nolan no supo rescatar de un modo acertado para  la primera parte dejando fuera muchísimos matices que lo hubiesen enriquecido notablemente –fundamental ir al comic para ver los lazos tan estrechos que le unen a Wayne- . En la segunda entrega se centró en el Joker y el resultado fue un notable éxito. Lo malo es que descuidó a Dos caras, dejándolo como una especie de señuelo cuya implicación es nula. Sin embargo, su otro yo, Harvey Dent, fue mostrado como nunca nadie lo había hecho, de ahí que cojee su transformación y sus propósitos. En esta tercera parte, nuevamente Ra's al Ghul es el foco indirecto sobre el que recae la responsabilidad de la destrucción. No importa que los orígenes de Bane y  su relación con Ra's al Ghul sean diferentes, Nolan lo lleva a su terreno y sale airoso.

Bane representa una voz cercana al presente y a los momentos de crisis ¿Y si todos decidiésemos ir contra los causantes del caos que hay en la actualidad?  El planteamiento es correcto y en lo que es el primer impulso se comprende su engranaje de argumentación, pero Nolan decide poner un punto extremista para que el espectador más susceptible no lo tome demasiado en serio –digamos que se aleja del mensaje brechtiano- y lo transforma en un terrorista con restos de humanidad.

También los personajes femeninos han ido evolucionando. El maniqueísmo de la Rachel de la primera entrega ha sido sustituido por Anne Hathaway  y la siempre enigmática Marion Cotillard para no caer en insulsos estereotipos  y lo consigue. En un principio podía asustar que se introdujese en la historia a un personaje como Catwoman, pero no sobra. Nolan ha conseguido darle el matiz necesario para que encaje sin recurrir a absurdeces –como las que hizo Burton en 'Batman vuelve'- y, sin esconder su origen –nuevo guiño a Miller-, aporta algo más que un pequeño granito a la destemplanza de Wayne. También es un acontecimiento positivo el que en ningún momento de la película se haga referencia a que su nombre sea el de Catwoman y eso se agradece, porque las etiquetas en numerosas ocasiones son ridículas.  Incluir a un actor como Joseph Gordon-Levitt  -hay que estar muy atento a su debut en la dirección con 'Don Jon's Addiction'- que interpreta a un huérfano recién ascendido a inspector con no pocos lazos de unión a Wayne, aporta un elemento importante en el organigrama de Batman. Los guionistas no han querido olvidarse de nadie, y pese a que su resolución es más que previsible, lleva el personaje a un grado de verosimilitud notable: otro punto a favor  de la historia.

Nolan ha sabido reunirse de un gran equipo: el artístico es evidente y el técnico es de una proeza digna de mención. La fotografía, la música, el diseño artísitico, los efectos especiales… nada es impostado. Todo difiere notablemente de otras películas del género –aunque es difícil situar a Batman dentro de un género concreto- en las que se tiene la sensación de estar jugando a la consola más que viendo una película.

Christopher Nolan ha marcado un camino con esta trilogía y será muy difícil que lo que se cree con otro superhéroe se aproxime al universo creado por este equipo. ¿Quién recoge el guante?

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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'CARTAS DE AMOR A MINA LOY'. Arthur Cravan



CRÍTICA LITERARIA

'Cartas de amor a Mina Loy'
Autor: Arthur Cravan
Editorial: Periférica (2012)
Páginas: 71




AMOR A PUÑETAZOS

Hay quien dice que el amor, como la esperanza, no existe. Ante tal afirmación, lo más probable es que Arthur Cravan, poeta y boxeador, respondiera con un puñetazo. Tras el gesto violento dejaría encima del cuerpo caído un verso con el que reafirmaría la tesis inicial. Así es 'Cartas de amor a Mina Loy', un combate pugilístico entre la razón y el sentimiento del autor, el febril relato de un enamoramiento tan profundo como hiriente, llevado hasta lo más recóndito del abismo. Los mejores amores son así, parece proclamar el trágico desenlace de esta historia, precipitados, volcánicos, intensos, siempre demasiado cortos.

'Cartas de amor a Mina Loy' recopila las misivas que Cravan escribió a la poeta y pintora norteamericana durante el segundo semestre de 1917, un año antes de que desapareciera a bordo de un velero en el Golfo de México. En ese periódo tuvo tiempo de viajar por el este de Estados Unidos, enrolarse como marino, trabajar en una granja, pasar la frontera a Canadá vestido de mujer y llegar a México a la búsqueda de minas de plata. Las postales enviadas con metódica disciplina entre tanto movimiento muestran a un Cravan poliédrico. Están todos los estados de ánimo posibles, la pasión, los celos, el dolor, la obsesión, el delirio. el enfado y quizá el peor, el rechazo que impone el silencio, la ausencia de respuesta, aquel correo que no llega. Todo para culminar con un verso demoledor, “la vida es atroz”, punto final a una última carta estremecedora y cuya lectura nos da la imagen de un Cravan impregnado de un ideal romántico tan real entonces como irreal puede estar considerado en la actualidad.

Más allá de lo estrictamente íntimo y de la fascinación que puede producir el malditismo de un personaje como Cravan, 'Cartas de amor a Mina Loy' tiene el aliciente de observar el desarrollo de una relación epistolar, con sus picos y sus pronunciados descensos. En una época como la actual, en la que escribir a mano una carta va siendo arrinconado en beneficio del correo electrónico, este pequeño volumen, de apenas setenta páginas, adquiere un valor adicional como testimonio de un género literario ya casi en desuso.

RAFAEL GONZÁLEZ

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'UN CLAVO EN EL CORAZÓN'. Paulo José Miranda


CRÍTICA LITERARIA

'Un clavo en el corazón'
Autor: Paulo José Miranda
Editorial: Periférica
Páginas: 113




EL ESCRIBIR SE ACABA

Hay que agradecer a la editorial Periférica el dar a conocer la excelente prosa de Paulo José Miranda, escritor portugués –poeta y novelista-, muy poco conocido en  España –por no decir nada- nacido en 1965 en Aldeia de Piao. 'Un clavo en el corazón' es una carta muy extensa escrita por Tiago da Silva al gran poeta portugués Cesario Verde, con motivo de la crítica al poema de éste último titulado 'El sentimiento de un occidental'. El modo en el que Tiago da Silva redacta sus impresiones resulta terriblemente talentoso; pero el libro va mucho más allá de lo que puede suponer el excelente poema: consigue adentrarse en lo que es el sentir de una vida –no importa que esté fechada a finales del XIX, 1886- brindando una filosofía del ser a través del  arte…”El arte permite a través de  sus creaciones que nos amemos y nos odiemos mucho más que a través de nosotros mismos”.  Se adentra en la necesidad de poder dejar a un lado las costumbres de un romanticismo del que se sienten totalmente desligados.

Miranda, aunque ha elegido como modo de expresarse la misiva de una sola persona, expone con virtuosismo ambas personalidades.  Muestra  el entramado y la conexión existente entre las personas, sus sentimientos, sus miedos y como no, la muerte, que aquí cobra una presencia muy notable por el fallecimiento del poeta seis años después del momento en el que está fechada la carta, debido a una tuberculosis que ya se enuncia claramente en sus líneas. Tiago da Silva, fervoto seguidor de Verde –y casi cuñado- le arenga a que continúe con la creación poética –para que no haga como él- y que reste tiempo al sentir porque “el amor se acaba…” porque se da cuenta de lo fácil que es dejarse llevar por el fervor sentimental y con ello perder el norte de su vida. No se queda en la superficialidad de lo que plantea, sino que se adentra en los propios modos de sentir: “Llega un momento en la vida en el que ya no soportamos perder cosas o personas, esto se vuelve más importante que añadir otras a las que ya tenemos".

El agradecimiento para el lector es así doble, para Miranda y para Periférica, que además ha prometido la publicación de las dos novelas posteriores del autor. Y lo que se promete, se cumple.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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